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viernes, 26 de octubre de 2012

LA LIBERTAD DE PRENSA

El 26 de octubre de 1811 el Primer Triunvirato, conformado por Feliciano Chiclana, Manuel Sarratea y Juan José Paso, sancionaron el decreto que a continuación se transcribe.

Art. 1º  Todo hombre puede publicar sus ideas libremente y sin censura previa. Las disposiciones contrarias a esta libertad quedan sin efecto.
Art. 2º  El abuso de esta libertad es un crimen, su acusación corresponde a los interesados si ofende derechos particulares; y a todos los ciudadanos, si compromete la tranquilidad pública, la conservación de la religión católica, o la constitución del Estado. Las autoridades respectivas impondrán el castigo según las leyes.
Art. 3º  Para evitar los efectos de la arbitrariedad en la calificación, graduación de estos delitos se creará una junta de nueve individuos con el título de Protectora de la libertad de la Imprenta. Para su formación presentará el Exmo. Cabildo una lista de cincuenta ciudadanos honrados, que no estén empleados en la administración del gobierno; se hará de ellos la elección a pluralidad de votos. Serán electores natos: el prelado eclesiástico, alcalde de primer voto, síndico procurador, prior del Consulado, el fiscal de S. M., y dos vecinos de consideración, nombrados por el Ayuntamiento. El escribano del pueblo autorizará el acto, y los respectivos títulos, que se librarán a los electos sin pérdida de instantes.
Art. 8º  Las obras que tratan de religión no pueden imprimirse sin previa censura del eclesiástico. En casos de reclamación, se reverá la obra por el mismo diocesano asociado de cuatro individuos de la Junta Protectora, y la pluralidad de votos hará sentencia irrevocable.
Art. 9º  Los autores son responsables de sus obras o los impresores no haciendo constar a quien pertenecen.
Art. 10º  Subsistirá la observancia de este decreto hasta la resolución del Congreso.
Buenos Aires, 26 de octubre de 1811


La norma consagraba, aunque de un modo relativo, la llamada libertad de prensa o de imprenta.

La palabra "prensa", entendida como el conjunto de personas que dedican su vida a la actividad del periodismo, debe su nombre a la máquina que inventó Gutemberg cerca del año 1450 conocida como la imprenta de tipos móviles. 

Dicha máquina era un artefacto que podía imprimir en un folio de papel un texto que se armaba con tipos móviles que eran pintados con tínta. La prensa ejercía la presión de los tipos sobre el papel y este quedaba impreso.

A lo largo de los siguientes años, los límites a la libertad de expresión fueron cada vez más férreos. Tanto que en la época de Rosas en la práctica dejó de existir. En 1853, el derecho a publicar ideas por la prensa fue incorporado en el artículo 14 de la Constitución Nacional, lo que no impidió a gobiernos constitucionales ejercer presiones y cerrar periódicos por comulgar con ideas contrarias a las que sostenían quienes detentaban el poder.

Así, Perón expropió el diario La Prensa y se lo entregó a la CGT para que fuera vocero de la organización de los trabajadores. Perón quiso monopolizar la información mediante la expropiación sistemática de diarios y radios, aunque, al final, no le sirvió para evitar su caída del poder.

Hoy, el gobierno argentino ha construido su propio aparato de información mediante distintos grupos privados que, a fuerza de percibir fuertes sumas de dinero a cambio de publicidad oficial, se han vuelto agentes de propaganda del gobierno. Por otra parte, utiliza la ley de medios para intentar destruir supuestos monopolios de medios de comunicaciones que no le son fieles.

La lucha entre el poder y la libertad es tan antigua como la humanidad misma. Dudo que encuentre su final alguna vez. Será cuestión de mantenerse firme en nuestras ideas y no permitir que nadie nos prive de ellas.

Desde Buenos Aires, los abrazo.

jueves, 25 de octubre de 2012

ALFONSINA Y EL MAR

En la madrugada del 25 de Octubre de 1938, Alfonsina Storni salió de su cuarto de hotel y caminó hacia la playa La Perla, de Mar del Plata, para internarse en las aguas del Atlántico con el fin de terminar con su vida.

Ella había nacido en Suiza en mayo de 1892. Sus padres, inmigrantes suizos que eran dueños de una cervecería en la provincia de San Juan, habían regresado a Suiza en 1891. El regreso a la Argentina se produjo en 1896. En los primeros años del siglo XX, la familia se trasladó a la ciudad de Rosario. Allí, su padre instaló un café muy cerca de la estación Rosario Central mientras que su madre puso una escuela domiciliaria. Alfonsina comenzó a trabajar en el café de su padre, pero el trabajo de mesera le disgustaba, por lo cual lo abandonó por un trabajo como actriz que le llevó a recorrer el interior del país.

Estudió el magisterio en Coronda y en 1910 tuvo un incidente que la llevó al borde del suicidio. En 1911 llegó a Buenos Aires y pocos meses más tarde dio a luz a su hijo Alejandro. En 1913 comenzó su carrera literaria con colaboraciones en la revista Caras y Caretas. Consigue un trabajo como redactora para una firma comercial y, gracias a sus colaboraciones en la revista, comienza a relacionarse con Amado Nervo, José Ingenieros, Manuel Baldomero Ugarte, Enrique Rodó y el que sería su gran amigo, el uruguayo Horacio Quiroga, a quién le dedicó el siguiente poema al saber de su muerte, también por su propia mano.


Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria...
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías...
Allá dirán.


En 1923, Alfonsina resultó elegida por una encuesta de la revista Nosotros como una de las poetisas más respetadas del país. Fue parte de la fundación de la Sociedad Argentina de Escritores. Cuando decidió dejar este mundo, se despidió con un poema.


Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme puestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste,
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes,
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides. Gracias... Ah, un encargo,
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

Desde Buenos Aires, los abrazo.

lunes, 22 de octubre de 2012

EL CRUCE


Crucé a la otra orilla,
para ver si el mundo
Era diferente y aterrador,
como todos me decían.

Crucé a nado,
gastando en el esfuerzo todas mis energías.
Lo hice durante horas,
sin tener claro hacia dónde iba.

Encontré una playa blanca
Bañada por los dorados rayos del amanecer.
Encontré una cabaña con techo de paja
Y dentro de ella, te encontré a ti.

No conocía tu lengua, ni tu la mía,
Ello no evitó que ellas se entendieran.
No conocía tus costumbres, ni tú las mías,
Ello no evitó que se nos hiciera costumbre estar juntos.

Crucé a la otra orilla,
Para perder el miedo a la vida.
La recompensa fue buena,
Encontré el amor.

viernes, 19 de octubre de 2012

SI PUDIERA...


Si pudiera revertir el tiempo,
Cuántas cosas cambiaría
Sería menos frío para hablarte,
Sería más propenso a darte afecto.

Si pudiera volver atrás las horas
Como lo hago en mi reloj de pulsera
Quizá me preocuparía por hablar menos
Y escucharía lo que tu corazón dijera

Si pudiera reconstruir años idos
Que perdimos entre discusiones
Te amaría sin restricciones
Volcando dulzura a tus oídos

Si pudiera, es sólo un deseo,
Ante una realidad tan cruda
Hoy te has ido para siempre
Y sólo me quedan lágrimas de amargura.

jueves, 18 de octubre de 2012

LA BALLENA BLANCA CUMPLE AÑOS

Hace 161 años se publicaba por primera vez la novela Moby Dick. Su autor, Herman Melville, era un neoyorquino que nació en el año 1819 y que fallecería en 1891. Viajero y aventurero, recorrió los mares del mundo a bordo de naves comerciales y balleneros. Vivió en las islas del pacífico durante varios años e, incluso, entre una tribu de caníbales en las Islas Marquesas. Al poco de escapar de allí, estuvo preso en Papeete durante un tiempo.Cuando finalmente se asentó en Estados Unidos nuevamente, en 1844, se dedicó a la docencia hasta que contrajo matrimonio con Elizabeth Shaw en 1847.

Moby Dick, su obra más recordada, fue publicada por primera vez en los EEUU en 1851. En ella, Melville relata el viaje del ballenero Pequod, comandado por el oscuro Capitán Ahab, a través de los ojos de Ishmael, un marino bisoño que decide embarcarse para cambiar de aire su vida. El plan de Ahab es ir en pos de la ballena blanca, un cachalote mítico que le había arrebatado la pierna y del cual había jurado vengarse.

Leí esta novela hace muchos años y debo reconocer que fue un gran esfuerzo hacerlo. La leí en su lengua original, así que no puedo echarle la culpa a la mala traducción. Melville es muy detallista en todo y su experiencia de 18 meses a bordo de un ballenero de Nantucket le sirvió para ser específico en sus descripciones. 

La novela es voluminosa e interesante en muchos aspectos, pero la abundancia de terminología técnica naval hacía dificil para un lego como yo en dichos temas entender muchas de las situaciones descriptas. Incluso, por momentos, resultaba violento leer las descripciones tan puntillosas de como se efectuaba la matanza de las ballenas y su posterior destace. 

Ahab es un hombre misterioso y carismático. La finalidad de todo buque ballenero era el lucro. El fruto de la expedición se repartía entre los armadores del buque, el capitán y la tripulación de acuerdo a porcentajes que variaban de acuerdo a la experiencia y responsabilidad de cada uno. Sin embargo, el discurso apasionado de Ahab logra convencer a los marineros de la nave de que la cruzada contra la demoníaca ballena blanca estaba por encima de cualquier ganancia monetaria.

La obsesión de Ahab lo lleva a incumplir con los códigos del mar, lo que lo precipitará luego a su ruina. El océano quieto, esa especie de limbo en el que quedan sumergidos después de cruzar el estrecho de Magallanes parece una última advertencia a la tripulación para que abandonen su persecusión insensata. Hay augurios oscuros del desastre inminente y, al final, Ahab y Moby Dick quedan unidos para siempre.

Gregory Peck ha sido, a mi criterio, el que mejor ha interpretado a Ahab. En 1956 se rodó esta versión fílmica de Moby Dick con guión de Ray Bradbury, el célebre autor de Crónicas Marcianas y Farenheit 451.
Patrick Stewart, el célebre Capitán Piccard de la serie Star Trek, también encarnó bastante bien a Ahab en 1998 en una película hecha para la televisión, pero Peck se lleva los laureles.

Curiosidades:
Parece que en el año 2005, en la costa de Chile, alguien filmó a varios cachalotes albinos. 

En 1839, la revista neoyorquina Knickerbocker publicó la historia de Mocha Dick, escrita por un oficial naval de los Estados Unidos, en la cual se relata la experiencia fallida de un grupo ballenero de cazar a un cachalote albino cerca de la isla de Mocha, en Chile.

Les dejo un videito de estos magnificos animales. 

Les dejo un video 

Desde Buenos Aires, los abrazo.

miércoles, 17 de octubre de 2012

EL CREADOR DE MUNDOS MÁGICOS


Cuando tenía 14 años mi hermano regresó de un viaje de dos mese por Europa con dos libros en la valija, a saber, The Hobbit, The Silmarillion y The Lord of the Rings. Este último era una edición que traía los tres libros en uno, por lo que eran más de mil cien páginas en una letra bastante pequeña. A mis catorce años, tengo que decirlo, el grosor de ese libro en inglés me intimidó un poco, pero el dibujo de tapa, supuestamente el castillo de Sauron en Mordor, me llamaba.

Opté por leer primero  El Hobbit y en menos de una semana me lo había acabado. Era algo distinto a lo que había leído hasta el momento. Luego ataqué a El Señor de los Anillos y después de unas semanas de lectura llegué a los capítulos finales que, en esa ocasión, dejé sin leer un poco porque la tensión de la historia había caído mucho y tenía ganas de leer el tercer libro.

El autor de los libros era un tipo enigmático: JRR Tolkien. En aquella época no existía la Internet  por lo que no era tan sencillo averiguar algo más del autor. Se llamaba John Ronald Reuel y había nacido en Sudáfrica en enero de 1892. Murió en Inglaterra en septiembre de 1973, cuando yo tenía cuatro años, once años antes de que por primera vez viera uno de sus libros.

En 1896, el padre de Tolkien falleció en Sudáfrica y su madre decidió mudarse con sus hijos a Inglaterra. En 1915 se graduó con honores del Exter College de la Universidad de Oxford y se enlistó en el Ejército. Con el rango de Teniente Segundo especializado en lenguaje de signos como parte del regimiento de Fusileros de Lancashire. En 1916 fue trasladado a Francia y participó en la Batalla del Somme como oficial de comunicaciones. En noviembre de ese mismo año regresó a Inglaterra a causa de haber contraído la llamada "fiebre de las trincheras".

A raíz de esta enfermedad, que le dejó prolongados períodos de convalecencia, comenzó a despuntar el vicio de escritor. Sus primeros cuentos son de este período. Se había casado antes de ir a Francia, en 1916, y en 1917 nació su primer hijo. 

En la década de 1920 comenzó a escribir por partes la historia de Bilbo Baggins, el Hobbit. La intención de este libro fue entretener a sus hijos. Tolkien no tuvo nunca la intención de publicarlo, pero el ejemplar fue prestado sin el consentimiento del autor a una persona que trabajaba en una editorial, esta se la llevó a su jefe y, tras leerlo, decidieron publicarlo. Esto ocurrió en 1932.

Dado el éxito del libro, los editores le solicitaron que escribiera una secuela. En ese momento, Tolkien le presentó los borradores de "El Silmarillión", una suerte de Génesis de la Tierra Media aún inconcluso, pero los editores lo rechazaron porque entendieron que el público quería saber más de los hobbits.

Entonces llegó el turno de "El Señor de los Anillos". Fue escrita entre 1937 y 1949 y salió a la luz en tres volúmenes entre 1954 y 1955.

Volví a leer esta novela poco antes de que se estrenara en Buenos Aires la primera de las tres películas que hizo Peter Jackson. Muchos años antes, había visto una versión en dibujos animados que llegaba hasta la mitad de la novela completa porque se les habían acabado los fondos para hacer la otra mitad y no se había conseguido quién patrocine el proyecto.

Las películas, tanto la animada como la de Peter Jackson, no compiten con los libros. Quién se quede con los filmes, se perderá de mucho. Aunque, por otra parte, se salvará de ciertas partes tediosas como el capítulo de Tom Bombadill y algunas escenas del final.

Al igual que los hermanos Grimm en su tiempo, Tolkien reinventó la fantasía en base a los textos que había amado en su infancia y adolescencia. Beowulf y otras sagas nórdicas y germanas sirvieron de fundamento para sus creaciones. Según él mismo ha dicho, Gandalf está inspirado en Odin, pero también tiene elementos de antiguos cuentos polacos. He aquí mi humilde homenaje.

Desde Buenos Aires, los abrazo.


jueves, 11 de octubre de 2012

LA SUERTE TIENE DOS CARAS - Final


9.

Querido Hermano,
El portador de esta carta, Cayo Nemesio Berilio, está convencido que te ha entregado una letra para que le pagues diez mil denarios. Deja que lo siga creyendo mientras te cuento algo. He sido asesinado y el portador de esta nota es mi asesino. Para su desgracia, él es incapaz de leer, por lo que el destino me ha dado la oportunidad de que se haga justicia y envíe al averno a ese maldito.
Sirva esta nota también para manifestarte el afecto que siempre te he tenido.
Una última voluntad tengo, darle la libertad a un fiel esclavo que lealmente me ha servido. Fidias, mi secretario. También haré liberta a la joven Eunice, de la cual el buen Fidias está enamorado. Asegúrate que mi voluntad se cumpla. Conoces a Cornelia.
Desde Elíseo, te mando un abrazo fraternal.
Máximo Léntulo Bruto.

10.

Llegaron a Sagunto con el sol sobre sus espaldas. Era buen augurio. Fidias compró dos caballos antes de ir a visitar al banquero de Léntulo, como así también provisiones para un viaje que duraría varios días. Eunice comenzaba a disfrutar su libertad. Parecía más mujer, menos niña y, por sobre todo, más hermosa.
Después de hacerse del dinero partieron hacia el Sudoeste. Compraron una pequeña hacienda en Gades, donde explotaron un viñedo, produciendo vinos que exportaron a todas las provincias romanas. Sus vinos llegaron a ser los favoritos de Pompeyo Magno.
Tuvieron cuatro hijos y una hija. Todos se mantuvieron alejados de las turbulencias que agitaron a Roma hasta el final de la República, y les dieron nietos para disfrutar la vejez.
Fidias vivió setenta y siete años, y murió en su lecho rodeado de su familia. Eunice le sobrevivió diez años. Y durante todo ese tiempo fue feliz venerando el recuerdo de su esposo.
La suerte tiene dos caras. A algunos les sonríe, a otros los empala.

miércoles, 10 de octubre de 2012

LA SUERTE TIENE DOS CARAS - EPISODIO 8


8.

Finalmente, el barco que llevaba a Nemesio a Alejandría llegó a puerto.
Había sido un viaje de pesadilla. Estaba flaco, demacrado, harto de vomitar por la borda los alimentos que le daban. Se sentía débil, vulnerable. Su bolsa, que en Ostia estaba llena, había adelgazado tanto como él a causa de los honorarios del médico de abordo.
Al pisar tierra, una leve sensación de alivio lo invadió. Era un día caluroso, pero la brisa marina ponía el manto de frescura necesario para que fuera soportable. Pensó que sería grato ir a una taberna y sentarse a beber una copa y, quizás, comer un poco de pan recién hecho. Pero estaba muy ansioso, después de tantas penurias, por convertir en dinero el papel que le había entregado el esclavo griego de Léntulo. Primero lo primero, pensó, y fue a cobrar.
El primer problema que se le presentó fue básico, no sabía dónde estaba el banco.
Lo primero que hizo fue preguntar a unos funcionarios egipcios si conocían el banco de Léntulo, pero éstos lo miraron con cara de pocos amigos y él decidió alejarse antes de que ordenaran su arresto. Los egipcios tenían fama de ser gente pacífica, pero con costumbres muy extrañas. No quería cometer el error de pelearse con el funcionario equivocado.
Caminó por el distrito comercial de Alejandría hasta que se topó con un romano. Era un hombre joven, de cuna de oro, probablemente un noble. Se presentó cortésmente y le preguntó si sabía donde estaba el banco de Léntulo.
–Mire, no creo que haya ningún banco de Léntulo, como usted dice. ¿Qué le ha pasado hombre? ¿Acaso no se baña?
Nemesio se irritó por el comentario del noble. –Acabo de desembarcar, mi viaje no ha podido ser peor.
El noble lo miró con compasión. –Sí, los viajes en barco pueden ser bastante accidentados, por eso, aunque son más largos, prefiero viajar por tierra. El problema es que no hay garantías de nada.
El noble siguió contando una anécdota de su viaje desde Antioquia a Alejandría, de cómo no hay caminos apropiados y los delincuentes abundan.
–Estuve sin bañarme por días mientras cruzamos el desierto, fue algo espantoso.
–Disculpe, si no hay tal banco, ¿dónde podría ir a cobrar una letra de cambio librada por él?
–¿Se refiere a Máximo Bruto Léntulo?
–Al mismo.
–Hace tiempo que no lo veo, ¿cómo está él?
–La última vez que lo vi tenía un dolor en el cuello, pero seguramente era algo pasajero –respondió Nemesio, que comenzaba a impacientarse –. En cuanto a mi pregunta...
El noble se molestó. –No sea apurado hombre, que tenemos todo el tiempo del mundo a nuestra disposición. Venga, deje que le invite una copa en aquella posada y luego lo acompañaré a la casa del hermano de Máximo Bruto. No me va a decir que no le vendría bien una copa.
Nemesio lo pensó un instante. ¿Para qué enemistarse con los romanos del lugar? Alejandría parecía un lugar próspero donde instalarse. Buen clima, mujeres hermosas, dinero fácil.
–Tiene razón, le pido disculpas. Ese maldito viaje me ha hecho olvidar mis modales. Creo que no nos hemos presentado. Cayo Nemesio Berilio, a sus órdenes.
El noble hizo una leve reverencia. –Un placer. Yo soy Livio Claudio Escipión, pero llámeme Claudio. ¿Ya sabe dónde va a hospedarse?
Nemesio negó con un gesto. –Pensaba ocuparme de ello luego.
Claudio tomó a Nemesio del brazo y lo condujo hacia una taberna cercana. –Mi amigo, eso es lo primero de lo que debe ocuparse. Seguramente, siendo usted cliente de Léntulo, Marco Bruto le ofrecerá hospedarlo hasta que consiga su propia vivienda. Aunque no es seguro, ya que los Léntulo suelen apartarse del protocolo. Además, su esposa Agripina es una bruja. Me sentiré honrado si acepta ser mi huésped.
La primera impresión que Claudio había provocado en Nemesio estaba cambiando drásticamente. Evidentemente, al matar a Léntulo le había arrebatado su suerte, que parecía mostrarle el camino hacia una vida próspera y sin sobresaltos. Aceptó la invitación a condición de que no recibiera el mismo ofrecimiento del hermano de Léntulo.
Bebieron unas cuantas copas y comieron unas aves asadas con pan y sopa de vegetales. Un par de comerciantes romanos que había cerca compartieron la mesa con ellos y aprovecharon la ocasión para bombardear a Nemesio con preguntas sobre las últimas novedades de Roma. Él respondió lo que sabía y un poco inventó lo que no, tratando de no ser demasiado fantasioso.
Claudio resultó ser un tipo de muy buen humor y generoso. Pagó la comida de todos y se hizo un brindis a su salud.
–Ahora, mis amigos –dijo mientras se levantaba de su asiento –, debo llevar a nuestro recién llegado a ver a Marco Bruto Léntulo. Por suerte va a sacarle dinero a ese gordo codicioso, por lo que no hace falta desearle suerte.
Esas últimas palabras despertaron cierto temor en Nemesio, que era muy supersticioso, aunque a los demás les provocó risa. Sin  embargo, optó por reírse también de la humorada de Claudio y no decir nada.
La casa de Marco Bruto estaba a varias calles de la taberna, en la zona más elegante de la ciudad. Era una villa exquisita, mucho más lujosa que la de su hermano en Roma. Pero claro, no estaba en Roma. Claudio golpeó a la puerta y se presentó ante el secretario de Marco Bruto, informándole que traía consigo a Nemesio. Los hicieron pasar al atrio, donde se sentaron en un banco de piedra esperando a que los hicieran pasar al tablinum.
El dueño de casa salió de su despacho, donde los saludó formalmente y los hizo pasar a su estudio, donde los esperaba un refrigerio. La habitación era modesta, provista de un escritorio, varias sillas y una mesa pequeña donde había una bandeja con agua, vino, algunas copas y fruta fresca.
–Vamos, acompáñenme con un trago, tengo la garganta seca y no quisiera beber solo.
Claudio hizo una broma y aceptó por los dos. Brindaron a la salud de Roma y bebieron. Luego Marco Bruto interrogó a Nemesio sobre su hermano, sobre Roma y sobre la situación política reinante.
–Sila es un gran estadista. Ha salvado nuestra amada República más de una vez –dijo el dueño de casa. Claudio aprobó el comentario y propuso un brindis por Sila.
Nemesio se había dado de cuenta que su impaciencia no tenía lugar en esos lares y sabía que si quería que todo saliera bien debía acomodarse al paso que marcaban los demás. Se armó de paciencia y siguió el juego de sus acompañantes omitiendo hacer comentario alguno sobre la letra de cambio. Hasta que Marco Bruto le pidió que le entregara el documento. Después de echarle un vistazo les pidió a sus huéspedes que lo esperaran en el Peristilo, un hermoso patio arbolado en el que crecían plantas exóticas, mientras hacía los arreglos necesarios para cumplir con el título.
–Dígame, ¿va querer llevarse todo en efectivo? Podría abrirle una cuenta aquí mismo –le dijo, aunque en seguida declinó –. No nos apresuremos, todo a su tiempo.
Se sentaron en un banco de mármol ubicado bajo la sombra de un enorme sicómoro a disfrutar del fresco y contemplar los peces que nadaban en el estanque que ocupaba el centro del peristilo.
–Esta villa es mucho más lujosa que la de Máximo Bruto en Roma –dijo Nemesio, que estaba deslumbrado con el lujo que el dueño de casa ostentaba en su vivienda.
Claudio arrojó una piedra al agua con desinterés.
–Es que aquí es posible tener estas mansiones por el precio de una pequeña ínsula en el Subura.
Pasaron unos minutos esperando al dueño de casa hasta que un esclavo se acercó a Claudio y le susurró algo al oído. Este se levantó de su asiento y se dirigió a Nemesio.
–Si me disculpas, debo dejarte. Mi villa está al otro lado de la calle, un par de calles hacia el sur. Pregunta y te informarán.
Nemesio se puso de pie y le estrechó la mano al noble. –Gracias Claudio, lo tendré presente.
Claudio partió y, de inmediato, seis hombres armados entraron al atrio, redujeron a Nemesio y lo encadenaron. Marco Bruto apareció luego con expresión severa. Miró a Nemesio con odio y se dirigió a sus hombres.
–Llévenselo, quiero su cabeza en una pica.
Claudio regresó al escuchar el alboroto y miró a Marco Bruto. El dueño de casa le tendió el pedazo de papel y Claudio leyó. Al terminar, levantó los ojos y al encontrarse con los de Nemesio le hizo saber cuánto lo despreciaba. Eso fue lo que más le dolió, ya que minutos antes había sentido que su suerte cambiaba, que había encontrado su lugar en el mundo, rodeado de personas que lo trataban con aprecio.
Ya nada importaba, sabía que pronto moriría.

martes, 9 de octubre de 2012

LA SUERTE TIENE DOS CARAS - Episodio 7


7.

Fidias suspiró aliviado cuando comprobó que el asesino había desaparecido.
Estaba cansado. Nunca en su vida había tenido que soportar tantas presiones juntas. Sí había soportado malos tratos de sus instructores y sus amos, pero nada del otro mundo. Nunca lo habían azotado o había sido objeto de castigos corporales. En su adolescencia, había tenido un amo que lo sodomizaba recurrentemente, pero con el tiempo dejó de molestarle e, incluso, llegó a disfrutarlo. Pero nunca había sentido que su vida corría riesgo alguno.
Durante su existencia nunca faltó la seguridad del hogar, ni el tazón de comida caliente, ni un lugar seco para reposar al final de cada jornada. Al recordar la angustia que le provocó ver el rostro del hombre que acababa de matar a su amo, entendió que en su vida, pese a no ser libre, había sido feliz. Entonces, las palabras brotaron de su boca.
–Cuando estás por perderlo todo, comienzas a apreciar lo poco que tenías.
Con todo sigilo, volvió al estudio de su amo y escribió una letra de cambio a su nombre para ser cobrada en Sagunto. Luego colocó cincuenta áureos en una bolsa y fue a buscar a Eunice. La despertó con sumo cuidado, procurando que ninguna de las otras esclavas lo notara. Le indicó que lo siguiera en silencio y esta, frotándose los ojos, lo hizo sin protestar. Cuando estuvieron solos en el pasillo él rompió el silencio con un suspiro
–Nos  vamos.
Ella se mostró confundida. – ¿Cómo? ¿Adónde nos vamos?
Él sonrió. Le acarició el cabello suavemente y la besó en los labios. –A Sagunto, orden de la ama. Es importante.
Ella protestó. –Pero es de noche. ¿Por qué no esperamos a la mañana?
Él la tomó del brazo con fuerte. –Eunice, calla. ¿Quieres tu libertad?
Ella dudó. –No. ¿Para qué? Aquí estoy bien.
Fidias se fastidió. No había esperado esa reacción de la mujer.
–Vamos, no quieres que te vendan cuando el ama se quede sin dinero. ¿Cuánto crees que durará esto? Tengo dinero, podemos vivir como reyes. ¿Por qué quieres seguir siendo esclava? Podemos irnos. Ahora. Vamos.
Salieron de la casa y caminaron entre las penumbras hacia Ostia, donde buscarían la nave que los llevaría a su nueva vida. 

viernes, 5 de octubre de 2012

NOCHE DE DUELO - Estreno mundial.

Les presento este tema de cuya letra soy el autor. La música fue compuesta por mi amigo Fede Figueroa y la interpreta magistralmente el Trío Bataraz. Espero que lo disfruten. Vale la pena escucharlo después de descorchar un buen vino.


video

miércoles, 3 de octubre de 2012

BOLUDECES CONTUNDENTES.

Las boludeces pueden hacer un daño tremendo, porque siempre hay boludos que están a dispuesto a darle una entidad que no tienen. Por ello, las boludeces contundentes son causantes de serios agravios.

Hace rato que escucho por muchos lugares una frase que realmente no tiene sentido. "Si sucede, conviene." Esta frase, al parecer, se le atribuye al gurú Sri Sri Ravi Shankas, aunque, en realidad, ya en el siglo XVIII había pensadores que la habían barajado. Joseph Leibniz desarrolló las ideas que fundamentan esta idea en su libro "Teodisea". Voltaire, en su momento, escribió una obra llamada "El Optimista" o, según las traducciones, "El Cándido".


Leibniz sostenía que todo lo que sucedía, incluso las peores calamidades, sucedían por algún motivo oculto que sólo Dios conoce y que si sucedía era porque era la voluntad de Dios.


Yo creo en Dios, pero no creo que todo sea por su designio. Porque creo que Dios nos dio la libertad de elegir. El hombre elige iniciar guerras en vez de vivir en paz. No es Dios quién le dijo a los locos que estrellaron los aviones contra las torres gemelas que hicieran un curso para pilotear aviones, que los secuestraran y que los volaran directo a esos dos edificios.
Tampoco creo que Dios le haya ordenado a Hitler exterminar a millones de judíos en los campos creados al efecto ni que le haya dicho a Bush que destruya Iraq como país, que torture a cientos de inocentes.


Si el mundo está como está, es porque nosotros, los hombres, lo pusimos así. El tren que chocó en Once ocasionando la muerte de 57 personas no lo hizo por designio divino sino por la avaricia de los hombres que prefirieron robarse el dinero y no darle mantenimiento a los trenes. Los que murieron en Cromagnon no fueron víctimas de un sacrificio exigido por Dios sino víctimas de un homicidio en el cual el empresario, el grupo, el estado y la misma gente que llevó bengalas y las prendió de manera irresponsable son todos cómplices.

Pero esta no es la única de su calaña. Harto estoy de recibir correos electrónicos encadenados que te ordenan a reenviar a diez, ocho o veinte contactos so pena de castigos de proporciones bíblicas. Hace poco recibí uno que aseguraba que la Virgen María había hecho que una persona que interrumpió la cadena perdiera su trabajo y fuera abandonado por su mujer. Como si la Madre del Cielo estuviera en el negocio de cagarle la vida a la gente. 

¿Por qué este afán de aferrarse a supersticiones estúpidas? Alguna vez vi una película del actor, escritor y director de cine Albert Brooks. En ella, él y Merryl Streep llegaban a la "Ciudad del Juico" después de morir para ser sometidos a una evaluación particular. Se elegían algunos días al azar para determinar si habían evolucionado, para lo cual era necesario vencer al miedo.

El miedo es nuestro principal freno en la vida. La mayor parte de nuestras limitaciones están dadas por el miedo que nos provocan situaciones determinadas. ¿Cuántos hombres nunca hablaron con la mujer que les gustaba por miedo al rechazo? ¿Cuántos han seguido una vocación que no sentían por miedo a contrariar a la familia o la sociedad? ¿Cuántos se han quedado en un trabajo que les hace infeliz sólo por miedo a no conseguir otro trabajo? ¿Cuantos se han sometido a una esclavitud virtual o real por miedo?

El miedo llevó a Alemania a aceptar a Hitler como su líder incuestionable. Porque, con su discurso, este les hizo sentir mejor como persona y como Nación. Muchos se convencieron de todo el mensaje, otros simplemente tuvieron miedo a reaccionar.

Siempre me pregunté por qué tantos miles de judíos que sabían que iban a ser exterminados podían ser custodiados por un puñado de soldados. Si la muerte era tu destino, más vale morir peleando que hacerlo como esclavo.

Las boludeces contundentes son peligrosas. Un idiota dijo que un grupo racial era enemigo de la Nación y seis millones de judíos murieron en la segunda guerra mundial. Lo mismo ocurrió con los armenios en Turquía, con los 800.000 hutus y tutsis asesinados en Rwanda en dos meses. Y podemos seguir contando. Kurdos en Iraq, musulmanes en Bosnia, etc.

Pero para Ravi Shankar, el genocido le convino a sus victimas. Yo creo que no.

Desde Buenos Aires, los abrazo. Brian.




lunes, 1 de octubre de 2012

LA SUERTE TIENE DOS CARAS. EPISODIO 6


6.

Esa noche, Nemesio esperaba a Fidias a pocos metros de la entrada de la residencia del difunto Máximo Bruto Léntulo. Las calles de Roma estaban desiertas y los últimos visitantes ya se habían retirado. Se decía que la esposa de Léntulo, Cornelia, se había descompuesto al enterarse de la noticia de la muerte de su esposo. Todos sabían que hacía varios años que no compartían el lecho y que ella tenía predilección por dos esclavos nubios con los que cada noche compartía su recámara. Pero si algo tenía Cornelia era una gran capacidad para el drama.
Los visitantes que concurrieron a dar el pésame a la viuda debieron esperar en el vestíbulo, el que pronto se atestó. Fidias tenía orden de su ama de no dar refrigerios a nadie, básicamente porque siempre había estado en desacuerdo con la costumbre de su difunto marido de darle de comer y beber a esa corte de parásitos que lo seguía a todas partes.
–Que sufran, como yo tengo que sufrir.
Antes del ocaso, Cornelia se presentó en el Atrio junto a dos de sus esclavas favoritas con un bello vestido de seda azul, desprovista de todo ornamento y con los ojos hinchados por el efecto de las cebollas que Eunice había preparado para que su ama pudiera tener lágrimas genuinas. Recibió las condolencias de un puñado de visitantes que aún no habían tomado la decisión de huir de aquel baño turco. Cornelia se había sentado en una sencilla silla de madera que trajeron para ella de la cocina para demostrar su carácter estoico y frugal, lo que contrastaba enormemente con el despliegue de lujos que había en el atrio de la casa. Frescos de brillantes colores, bustos de mármol con detalles de oro de los ancestros de Máximo Bruto, cortinas transparentes de delicado algodón egipcio.
Prácticamente no habló. Se limitó a hacer gestos y bajar la cabeza en señal de dolor. De esta manera, en pocos minutos pudo despachar a la clientela de la familia. Agotada por el esfuerzo que la tragedia suponía, pidió que le llevaran vino a su recámara, donde sus dos esclavos nubios la esperaban desnudos, estimulándose entre sí para estar bien dispuestos al momento que ella les pidiera que le aliviaran su pesar.
Fidias esperó a que el movimiento de la casa acallara para acudir a la puerta del frente. Antes de abrirla, se aseguró de que no hubiera ojos atentos a sus movimientos. De inmediato vio a Nemesio oculto entre las sombras y le hizo una seña. Éste se movió con sigilo y entró al domus sin hacer un ruido. Juntos fueron al estudio de Léntulo, donde estaban todos los papeles de trabajo del difunto.
Nemesio estaba sobreexcitado por la idea de hacerse rico.
–Vamos esclavo, muéstrame el oro.
Fidias estaba nervioso por la respuesta que tenía que darle al asesino de su amo –. Lo siento, pero aquí no hay oro.
La noticia rompió en mil pedazos la expresión de felicidad de Nemesio y una mueca de ira tomo su lugar. – ¿Qué dices? ¿Cómo que no hay oro?
–El amo tiene mucho oro –respondió, consciente de que había comenzado a transitar un sendero demasiado peligroso –, pero no en esta casa. Aquí guardaba una cantidad modesta de dinero. Pero hay algo más valioso que el oro.
Nemesio quedó desconcertado por la respuesta –. ¿Qué dices? ¿Más valioso que el oro?
Fidias sacó un anillo del cajón de la mesa. –Esto. Su sello, su firma, su nombre. ¿Sabes cuánto vale esto?
– ¿Es de oro? No sé. ¿Veinte denarios?
–Y tú te llamas comerciante. Este anillo vale mucho más que el oro con el que fue hecho. Con él, puedo hacerte una letra de cambio para que cambies en Alejandría por diez mil denarios. Sólo tienes que presentarte en el banco en esa ciudad y llevarte el dinero.
Nemesio se exaltó. – ¡Diez mil denarios! ¿Es eso realmente posible?
Fidias supo que lo tenía en la manga. –Dime, ¿cómo te llevarás los las quinientas monedas que Léntulo guardaba en su recámara? Esto no pesa, casi no ocupa lugar y es dinero en efectivo. Nadie en Alejandría te conoce y, por ello, nadie preguntará cómo es que te has hecho tan rico tan rápido. No habrá sospechas ni preguntas incómodas. Sólo tienes que ordenarme y la haré.
– ¿Por qué tan lejos? ¿No puedes hacer lo mismo para Capua?
Fidias levantó los ojos. –Porque allí es donde está el dinero. Podría darte un documento a presentar en Capua, pero no podrías cobrarlo. El amo operaba con banqueros de Alejandría por sus lazos comerciales. Además, el brazo de Roma no llega a Alejandría.
Nemesio se rascó la cabeza. –Vale. Prepara los papeles. Y tú te largas a Cartago, no te quiero cerca de esta casa. ¿Está claro? Toma el dinero de la bolsa de la recámara.
Fidias terminó de escribir la letra de cambio, le aplicó el polvo secante, la lacró, selló y se la entregó a Nemesio. Antes de enrollar el pergamino, se lo mostró a Nemesio para que diera su aprobación. –Lee –dijo, seguro de que no podría.
–No hace falta –respondió para evadir la vergüenza –. Supongo que habrás consignado todo correctamente. Diez mil denarios a mi nombre.
Fidias sonrió al comprobar que había apostado al número ganador. –Eso dice, ¿lo ves?
Nemesio asintió y enrolló el pergamino, que fue a parar a un estuche cilíndrico de cuero. Fidias entonces acompañó al asesino a la puerta.
–Suerte esclavo –dijo Nemesio antes de desaparecer en la noche –, busca a tu hembra y ve a disfrutar de tu libertad.