Translate

sábado, 1 de marzo de 2014

LAS VOCES DEL SILENCIO. Por Juan Brian Doyle

1.
El silencio llegó de manera inesperada.
Aquella noche me encontraba caminando por el borde de Parque Saavedra para aprovechar un poco de la fresca brisa que se dignó a visitar Buenos Aires después de tres días de calor infernal. No había sido una decisión original. Sobre el césped, familias enteras se tomaban un respiro mientras, sobre una lona o un mantel, desplegaban termos, botellas con agua, jugo o bebidas carbonadas, sándwiches de milanesa, de jamón y queso, salame y queso, mortadela y queso o de salchichón primavera y fiambrín en pan francés, lacteado, figaza, de centeno, de salvado o con semillas. Cada uno con su gusto y variedad. También estaban las parejitas que tomaban helado comprado en la heladería nueva de Pinto y García del Río, o los que sólo disfrutaban del aire fresco. Algunos lo hacían tirados sobre la hierba, sin preocuparse por las hormigas, los mosquitos o los bichos colorados. Algunos aprovechaban el regazo de su pareja para usarlo de almohada, otros se enredaban en juegos amorosos, indiferentes de los que estaban tan indiferentes a ellos a su alrededor.
Pese a que la doceava campanada estaba pronta a tocar, podía escucharse entre las copas de los árboles el trino de cientos de aves que, quizá, también festejaban la llegada del aire fresco. Palomas, mirlos, zorzales, gorriones y verdes cotorras chillonas se disputaban el aire. Por su parte los lapachos, jacarandás, eucaliptos, tipas, pinos, palmeras, moreras, ceibos, aromos y sauces habían organizado un concurso de danza de hojas en el que no parecía haber un seguro ganador. En el cielo, las estrellas hacían de jurado con la conducción de una luna que se había puesto sus galas de plenilunio. Las nubes parecían ser las únicas que no habían sido invitadas a la reunión espontánea que se estaba llevando a cabo en cada parque y espacio verde de Buenos Aires.
Ya había dado dos vueltas por el sendero exterior cuando la sed me hizo acercarme a un hombre que se paseaba con una heladerita de plástico colgada del hombro con una correa dando aviso a voces de las ofertas del día.
– ¿Qué le queda? –le pregunté.
–Gaseosas queda algo, tengo agua mineral y de las aguas saborizadas me quedan de pera y de mandarina.
– ¿Mandarina? No sabía que hacían de ese sabor. ¿Cuánto?
–Diez pesitos.
Saqué el billete de a diez y se lo entregué. El hombre sacó una botella de plástico de 600 ml y me la entregó. La abrí y me apuré un buen trago.
–Rica –dije después de tomar aire.
–La verdá –dijo el hombre –no la probé. Odio las mandarinas. De chico teníamos un árbol y me hacían comer mandarina para todo. “¿Qué hay de postre?” preguntaba yo y mi vieja respondía “mandarina”. No las puedo ni ver.
–A mi me pasa lo mismo con la manzana –le dije –, aunque nunca tuve un manzano en casa. Pero mi viejo era de Río Negro y amaba las manzanas. Ni la sidra me banco.
–Ahhh, si hicieran un licor con las mandarinas…
–Lo hacen. Es parecido al lemoncello.
– ¿En serio? No sabía. 
–Sí, hay lemoncello, narancello, uno de pomelo y otro de mandarina. Pero a esos les dicen licor de pomelo y de mandarina, porque en mandarincello y el pomelcello no son nombres muy marquetineros.
–Qué lo parió –dijo mientras se colgaba la heladera al hombro nuevamente. Sin despedirse, retomó su marcha al grito de “gaseosa fresca, bebidas” y yo aproveché para tomarme otro trago que dejó medio llena mi botella de agua saborizada.
Me interné en el parque y busqué un lugar tranquilo donde sentarme. Si hubiera sido de día, hubiera tenido que esquivar a los grupos de futboleros que jugaban en sus canchas imaginarias con arcos marcados por bolsos o remeras, hubiera tenido que huir del rayo del sol y refugiarme bajo la sombra de alguno de los árboles frondosos que allí moran, pero siendo la última hora del día, no había energúmenos persiguiendo pelotas ni rayos de sol salvajes de los cuales huir, así que me puse en un parche de hierba verde en el que abundaban los tréboles.
Con las nalgas en el suelo y las rodillas levantadas, observé a la gente a mí alrededor. Había dos mujeres con tres críos que hablaban a los gritos. No discutían ni peleaban, pero gritaban. Una parecía ser la madre de la otra y las dos parecían haber nacido con un megáfono en la garganta. Los tres críos, que tendrían entre ocho y doce años, corrían de un lado al otro sin alejarse de ellas más de quince pasos. Rodaban por el pasto y se reían, y las dos mujeres encontraban oportuno reprenderlos a todo momento por divertirse.
Giré la cabeza al otro lado y pude ver a una mujer con un perro. Era un bicho hermoso, con pelaje oscuro y con unos ojos intensos. Su propietaria tenía cabello castaño rojizo muy corto, casi afeitado a los costados. Tenía un piercing en la ceja y fumaba mucho. Cuando ella me notó, bebí un sorbo de mi bebida. Ella volvió a su cigarrillo y decidió ignorarme. Aproveché ese momento en que ella miraba hacia el otro lado para concentrarme en su físico. Vientre plano, pechos pequeños, piernas largas y bien marcadas por el gimnasio. Sus brazos eran delgados y largos, pero no esqueléticos. Me llevé la botella a la boca y decidí enfocar la vista hacia otro lado. Seguramente no tendría oportunidad con ella.
Un perro labrador dorado pasó corriendo a mi lado y me sobresaltó. Volví la vista hacia la mujer del perro y vi que se reía. Era ahora o nunca. Me levanté, sacudí el pasto de mis nalgas y me acerqué a ella. Ella no corrió la cara esta vez. No más de siete pasos nos separaban, un espacio demasiado corto para pensar en algo inteligente que decir. Cuando llegué a su lado, me limité a señalar el pasto a su lado y preguntar:
– ¿Puedo?
–Si no te asusta mi perro… –respondió ella.
–En general no me asustan los perros, ese me tomó por sorpresa.
–A tu riesgo, entonces, no respondo por Goliat.
Goliat era un Terranova hermoso, con su pelaje negro brillante y unas fauces capaces de quebrar un fémur con un mordisco. Antes de sentarme, el can giró la cabeza para registrarme y, de cierto modo, me sentí intimidado. Sin embargo, la actitud de la dueña me decía que no corría peligro así que me senté.
– ¿Qué tomás? –me preguntó al ver mi botella.
–Agua saborizada de mandarina.
– ¿En serio? No sabía que hacían de mandarina.
–Yo tampoco, la acabo de probar.
– ¿Y qué tal es?
Qué hacer, responder la pregunta u ofrecerle la botella para que juzgue por sí misma. Un dilema que podía significar mi continuidad en el partido que comenzaba a jugarse.
–A mí me gustó, ¿querés probar?
Le tendí la botella y esperé. Ella no titubeó. Extendió su mano, agarró la botella y se la llevó a los labios. Uno, dos, tres segundos duró el sorbo, el que tomó con la cabeza inclinada hacia atrás, dejando al desnudo un perfil magnífico de su rostro. Sólo unas facciones como esas podían llevar bien una cabeza medio afeitada. Rostro con forma de diamante, con pómulos altos y una nariz delgada y recta. Sus ojos eran de un color amatista muy llamativo.
–Rica –dijo a la vez que me regresaba la botella –, gracias.
–De nada. Soy Darío.
–Matilde y, como ya dije, este es Goliat.
El sabueso giró la cabeza nuevamente y tras jadear un instante, volvió su atención al frente.
–Un gusto.
Como seguir. Hacer un comentario obvio sobre el clima, decir algo sobre su perro, tirarle un piropo o comienzo un interrogatorio. O, alternativa nunca usada, no digo nada y espero a que ella me dé un indicio respecto de cómo quiero seguir, arriesgándome a quedar como un boludo. 
–Es un Terranova, ¿no?
Ella se sorprendió. –Sí, muy bien. Se ve que sabés de perros.
–Un poco. Soy veterinario.
– ¿En serio?
–Sí, pero no ejerzo, Al menos, no de la manera convencional. Si bien soy veterinario, me especialicé en patología. Eso hago, soy patólogo.
– ¿Y qué hace un patólogo?
–Básicamente estudio las muestras de tejido que me envían otros veterinarios y las analizo para ayudar a determinar que patología las afecta.
–Wow. Así que sos un bicho de laboratorio.
–Más o menos. Sí.
– ¿Y eso te gusta?
–Sí, prefiero eso a ser el médico de los animales. Poco antes de terminar la carrera se me murió mi perro y no pude soportarlo. Pensé que tratar con perritos que se pueden morir iba a ser demasiado doloroso, así que opté por mi especialización. Las muestras de tejido no te hacen ojitos cuando se sienten mal.
–Este estuvo enfermo hace unos meses. No puedo explicar cuánto me angustié.
Se hizo un silencio. Entre nosotros, porque las dos mujeres seguían gritando y las aves seguían trinando. Pero ese silencio fue lo que necesitaba para salirme del tema y preguntar.
– ¿Y vos? ¿Qué haces?
–Estudio. Y trabajo.
– ¿Se puede saber qué?
– ¿Qué estudio o de qué trabajo?
–Qué estudias. La otra pregunta la dejamos para después.
–Estudio diseño gráfico y trabajo en una imprenta.
– ¿En una imprenta? ¿De las que hacen papelería comercial, participaciones y todo eso?
–De las que hacen cajas para tintura de cabello, cajas de arroz, cajas de cereales, de sobrecitos para hacer jugos. Los sobrecitos de los jugos. De ese tipo de imprenta.
–Mirá que bien. ¿Y etiquetas para botellas?
–No las de esa marca.
–Pero sí otras.
–Sí, hacemos para una embotelladora de México.
– ¿Te gusta el cine?
Se sorprendió con la pregunta. –Sí, claro, me gusta ir al cine.
–Me gustaría invitarte a ver una película uno de estos días. Vos elegís el título, yo veo cualquier cosa.
– ¿Cualquier cosa?
–Sí, amo el cine y veo todo lo que puedo. Comedias románticas, dramas, pelis de tiros, de vampiros. Vi las cuatro de Crepúsculo y vi las cinco de Duro de Matar. Hasta las películas iraníes he ido a ver.
–Un fanático.
–No, fanático no.
–Sí, me gustaría ir al cine con vos.
Entonces, se hizo un silencio grave entre nosotros. Pero no éramos sólo nosotros. Las dos mujeres no gritaban, los árboles no susurraban y las aves no trinaban. Todos en el parque se quedaron inmóviles. Personas, perros, aves, insectos. Hasta el aire se detuvo. Entonces, el cielo se encendió con un relámpago y todo volvió a la normalidad. Fue como si alguien hubiera apretado el botón de pausa en nuestras vidas.
Goliat se levantó y comenzó a moverse inquieto. Matilde me miró a los ojos. Estaba asustada. Se puso de pie y miró al cielo. Yo hice lo propio. Goliat comenzó a ladrar. Entonces me encontré con los ojos de Matilde nuevamente y, desconcertada, ella preguntó.
– ¿Qué pasó?
2.
¿Qué pasó? La pregunta que Matilde escupió con miedo resonaba en mi cabeza. Ese silencio. Esa inmovilidad involuntaria. Esa explosión de luz. Me hubiera gustado preguntar primero, así no hubiera estado obligado a darle una respuesta.
–No sé. Fue raro, ¿no?
–Sí…
Observamos a la gente a nuestro alrededor. Allí estaban las dos mujeres con los tres críos. Sus conversación a gritos parecía no haberse interesado en los eventos de hace unos instantes. Los chicos parecían más interesados en correr y revolcarse sin preocuparse por las amenazas de las dos mujeres que en el relámpago que había vuelto día la noche por un segundo. Los perros corrían, los ciclistas rodaban sobre sus bicicletas y las familias comían sus sándwiches bajo la luz de la luna.
– ¿Somos los únicos que nos dimos cuenta? –pregunté de pronto, apurado por no tener que admitir mi ignorancia una vez más.
–No sé… Aunque parece que nadie más…
–Sí…
–Mierda.
Volvimos a sentarnos. Goliat se fue sobre su dueña, buscando refugio entre los brazos de Matilde. Estaba nervioso, asustado. No me atreví a tocarlo, aunque estaba seguro de que el perro no rechazaría mis caricias.
–Mejor me lo llevo a casa –dijo Matilde.
–Te acompaño. Si querés…
Me dedicó una sonrisa tibia. –Sí, quiero.
–Lástima que no estabas frente al altar.
Se rió. Chiste arriesgado el mío. Todos saben que los chistes disfrazan una verdad escondida. No era la primera vez que lo hacía, aunque sí era la primera vez que daba resultado.
Caminamos hacia el suroeste, hacia la esquina de Roque Pérez y García del Río, sin apuro, ya que no queríamos llamar la atención. Aunque nada que hiciéramos podría alterar las mentes de los que nos rodeaban. Todos parecían sumergidos en un estado de indiferencia a lo que los rodeaba que a mí me resultaba inexplicable. Yo siempre estoy atento a todo. Al hombre que va trotando por el borde del parque y a la mujer que duerme sobre la reposera detrás de sus lentes oscuros. A los adolescentes que comparten los auriculares de un mismo MP3 y a la señora que se queja con su marido de que los calores de Buenos Aires ya no son como los de antes.
Lo que nos sorprendía más era que, en las conversaciones que escuchábamos al pasar, nadie mencionaba ese silencio que nos había capturado ni ese resplandor que había llenado el cielo por un instante.
Al detenernos sobre el cordón de la vereda en la intersección de García del Río con Roque Pérez pude ver a una pareja que abandonaba la mesa del café que funcionaba en la esquina de enfrente. Al no venir autos por la calle, me apuré a cruzarla y me coloqué junto a una de las sillas vacías para reclamarla como propia. Entonces busqué la mirada de Matilde y la invité a sentarse.
–Es tarde…
–Mañana es feriado.
–Es cierto.
–Necesito que te sientes y tomes algo conmigo.
– ¿Necesito?
–Te juro que no te voy a pedir que me limpies mi cabeza.
– ¿Ni que cocine guisos de madre, postres de abuela y torres de caramelo?
–Lo juro.
–Porque no puedo cocinar guisos, a lo sumo te hago un postre vigilante y si querés una torre de caramelo, tendrás que conformarte con un montoncito de sugus.
–Si dejás afuera los de menta, vamos con los sugus.
Con una sonrisa hermosa en los labios, Matilde ocupó su silla con una elegancia que me dejó incapacitado por unos segundos para ejercer cualquier función vital. Corazón detenido, pulmones vacíos, solo la inercia hacía que mi sangre circulara por los canales convencionales. Antes de perder el conocimiento, tanto pulmones como corazón acataron la conciliación obligatoria dispuesta por el sistema nervioso central, que a esas alturas estaba perdiendo la calma, y retornaron a sus tareas habituales.
– ¿No te sentás?
–Sí, sí. Sólo estaba viendo dónde se ponía Goliat.
El Terranova me lanzó una promesa de dolor con su mirada y se echó junto a los pies de su dueña. Entonces ocupé la silla vacía a mi lado y comencé a pensar en cómo manejar la situación.
Durante los últimos nueve años había estado en pareja con una mujer que me había abandonado por las promesas de amor y fortuna que su jefe, un alto directivo de la aseguradora en la que trabajaban ambos, le había hecho. Ella era una secretaria que soñaba con codearse con lo mejor de la sociedad. Algo que nunca queda demasiado claro dónde está. Según el criterio aplicado, puede variar de manera abismal el puesto que a uno le otorgan en el ranking social.
Nunca voy a ser rico. Lo sé. Un patólogo veterinario no va a ganar el Premio Nobel, ni desarrollará ningún producto revolucionario que lo convierta en un capitán de la industria. Tampoco voy a ganarme la Lotería. No por mi mala suerte, sino porque nunca juego. Tampoco quiero ser rico. Gano bien, vivo bien y no me interesa tener más.
Yo creí que mi ex era como yo, pero el desarrollo de los hechos me llevó a deducir que había ciertas necesidades insatisfechas en ella que sólo alguien con mayores ingresos –y cuando digo mayor, me refiero a la diferencia entre un neonato y un geronte –podía satisfacer.
La cuestión es que, durante los últimos nueve años, mis armas de seducción habían estado guardadas en un viejo galpón que tenía goteras por todos lados. Cuando fui a buscarlas, descubrí que estaban arruinadas por la humedad y el desuso. Por eso, tenía miedo. Miedo a meter la pata, a decir algo inoportuno, a espantar a Matilde para siempre.
Aunque en el fondo, estaba seguro de que ella no era de las que se espantan con cualquier cosa.
Sentados en un bar después de menos de media hora de conocernos, no sabía bien cómo actuar. No sabía nada de ella. Ni sus gustos –salvo que le gustaban los perros y el agua mineral con sabor a mandarina –ni sus costumbres me eran familiares. Entonces, lo mejor era dejar que ella me guiara por ese gran parque temático que era ella. Su vida, sus gustos, sus sueños y anhelos. Un parque al que, en ese momento, estaba dispuesto a entregar hasta mi vida para que me dejen entrar.
La mesera se acercó a nosotros con cara de cansancio y con una carpetita de plástico que hacía las veces de carta. Amagó con dejarla e irse, algo que no debe permitirse nunca, pero yo la atajé antes de que pudiera darse vuelta.
–Yo quiero una cerveza –dije sin pensarlo –, ¿vos?
Matilde pensó dos segundos y dijo. –Trae una grande y dos vasos.
– ¿Alguna en especial?
Vi en una mesa contigua una de las marcas que vendían y opté por ella. La moza se retiró y yo me acomodé en la silla.
–Me estás llevando por el mal camino –dijo Matilde con mucha seriedad.
–Primero el alcohol, vaya a saber qué después.
–Tenemos clarísimo qué. Los hombres sólo quieren una cosa.
–A veces queremos dos.
Matilde se rió. –Sí, a dos llegan, pero si vas por el tercero ya empiezan a poner reparos.
–Los años no vienen solos.
– ¿Cuántos?
–Qué.
–Años.
–Como dirían en tiempos pasados, llevo 36 inviernos en mi haber.
–No primaveras.
–La primavera la sobrevive cualquiera. Lo complicado es el invierno.
–Así que no es una cuestión de gusto.
–No, más bien de supervivencia. ¿Y vos?
–Yo no sobrevivo, vivo.
–Ah, que profundo. ¿Y hace cuánto?
–A una dama no se le pregunta.
–Perdóneme el atrevimiento, Mi Señora.
–Pero como yo no soy una dama, te lo puedo decir.
Ella hizo la pausa. Estoy seguro que esperaba algún comentario de mi parte antes de que ella soltara prenda, pero antes llegó la camarera con la botella de cerveza y dos copas enfriadas. Esta apoyó las copas sobre la superficie de madera de la mesa, destapó la botella y sirvió. Luego dejó la botella sobre la mesa y se fue.
–Podes decirlo, pero no vas a decirlo –dije al fin.
–Démosle al suspenso una oportunidad.
–De acuerdo –. Alcé mi vaso e hice el inequívoco gesto del brindis. Ella hizo lo propio con el suyo y los cristales chocaron por un segundo. La vibración en ambas copas nos transportó al silencio que habíamos vivido hacía unos instantes. Mis ojos quedaron nublados por el resplandor pasado.  
–Darío –de pronto escuché. Era Matilde. Se veía preocupada –. ¿Estás bien?
Es una pregunta a la que se le suele dar una respuesta apurada. Yo no estaba preparado para hacerlo. Me llevé mi copa a los labios y bebí la mitad de su contenido. Al apoyarla sobre la mesa me metí dentro de los ojos de Matilde, tan bellos y profundos, y pude serenarme.
– ¿Estás bien? –insistió ella. Lo mejor era ser honesto.
–No lo sé.
3
Después de pagar la cerveza acompañé a Matilde hasta su casa, un PH en la calle Jaramillo entre Roque Pérez y Melián. Caminamos despacio, sin decir mucho, precedidos por Goliat, que olisqueaba cada árbol, cada puerta, cada piedra levantada sobre la vereda.
A medida que nos acercábamos a destino, la tensión fue aumentando entre nosotros. A esa altura, ya intuía que un poco le gustaba. Nunca fui demasiado avispado para las cosas del corazón. Ni para las de la bragueta. La cautela que me caracterizaba había sido una adquisición necesaria después de una cadena de rebotes vergonzantes en mi juventud, cuando no había entendido que si una chica sólo me pregunta por uno de mis amigos, iba a ser difícil que quisiera bailar conmigo. Errores comunes de un adolescente caliente.
Esos errores te marcan para toda la vida.
Al llegar a pocos pasos de la puerta de la casa de Matilde, ella la señaló y, con timidez, dijo,
–Ahí vivo.
–Linda cuadra.
–Una cuadra de barrio. ¿Vos vivís cerca?
–No vivo lejos de aquí, Núñez entre Zapiola y Cramer.
– ¿En la cuadra del Colegio la Asunción?
–Justo enfrente. Aunque ya no se llama así.
–Mi papá fue a ese colegio, fue una pena que lo cerraran.
–Sí, siempre es una pena cuando una escuela se cierra.
–No te invito a pasar porque están mis viejos durmiendo. Tenemos un acuerdo…
–Me imagino.
Me acerqué a besarla. Fue un acercamiento incierto, sin apuntar a ningún lugar específico. Ella de inmediato decidió salir a buscarme con sus labios. Fue un beso pequeño, pero promisorio. Ella me despidió con una sonrisa. Y cuando cerró la puerta, me di cuenta que no le había pedido el teléfono. Sus padres dormían, no podía tocar el timbre. Me quedé mirando la puerta durante medio minuto hasta decidir que no había nada que hacer salvo devolverme a mi casa para pasar la noche. Di la vuelta y comencé a bajar por Jaramillo.  No había dado tres pasos que escuché la puerta que se abría.
–Darío.
Tratar de no poner cara de boludo en ciertas situaciones es imposible. Giré sobre mi eje y me encontré con los ojos de amatista de Matilde asomándose a la vereda.
–Sí.
Me tendió un papel. –Mi teléfono.
No terminó de decir “mi” que ya estaba quitándole el papel de la mano. –Ah, sí, que boludo, no te lo pedí.
–Mandame un mensajito así agendo el tuyo. Mañana, ahora me voy a dormir.
No pude reprimir el impulso y volví a besarla. Esta vez fue un beso sostenido, que incluyó una caricia sobre su rostro. Cuando me separé de ella estaba sin aire. –No iba a poder dormir sin eso.
–Yo no sé si voy a poder dormir ahora –dijo ella con tanta dulzura que pensé que me iba a convertir en la primera persona en morir por combustión espontanea –. No te olvides del mensajito, mañana.
La puerta se cerró y yo comencé a transpirar como una bestia. Prácticamente corrí hasta mi casa. Al llegar, lo primero que hice fue quitarme la ropa y darme una ducha fresca para quitarme el perfume que los litros de sudor vertido me habían regalado. Después busqué una lata de cerveza de la heladera y me fui al balcón a beberla. Allí estaba cuando pude ver, hacia el noreste, una nube que parecía albergar su tormenta eléctrica privada. La actividad lumínica era impresionante. Un poco asustado, me metí dentro del departamento y arrojé la lata vacía al tacho de basura.
En esa nube había algo más, pero en ese momento yo estaba demasiado cansado para tratar de averiguarlo.
4.
Al día siguiente me levanté tarde. No tenía que llegar al laboratorio hasta después del mediodía y había pasado una mala noche. Después de salir a correr un rato me duché, desayuné un café con leche con tostadas y una banana. Encendí la computadora y revisé mi cuenta de correo. Seis correos que me ofrecían ofertas turísticas, para comprar otro automóvil, para agrandar el tamaño de mi músculo más preciado y para conocer a la mujer de mis sueños. Ninguno de ellos resultó ser de interés. Había dos correos de clientes y otro de una universidad de Perú que me invitaba a participar de un simposio en Lima.
Después de borrar los correos no deseados y contestar los de mis clientes, escribí una poco inspirada nota de agradecimiento a la universidad que declinaba con cierta cortesía la invitación enviada. Poco satisfecho con mi capacidad literaria, me levanté del escritorio y encendí el televisor para enterarme de la temperatura y el pronóstico para el día. Al sintonizar el canal de noticias, pude ver a una cronista en un móvil que se había instalado en las inmediaciones del centro comercial DOT. Al pie de pantalla, con letras de considerable tamaño, el titular de la nota rezaba: “Edificio desaparece en Saavedra.”
–Así es Débora. Esta mañana, los trabajadores del edificio de la calle Arias al 3700 llegaron como cada lunes a trabajar para encontrarse que el edificio donde lo hacen había desaparecido. Como podés ver, la reja que lo rodea y las garitas están intactas, sólo falta el edificio. No se derrumbó, no fue demolido. Sólo desapareció.
– ¿Cómo por arte de magia? –preguntó la presentadora desde el estudio.
–O como si se hubiera abierto un portal entre dos mundos. Pude hablar con varios vecinos de la zona que cuentan que anoche, después de la medianoche, pudieron ver que el edificio quedó envuelto por una nube oscura en la cual se desarrollaba una actividad eléctrica que alarmó a muchos. Muchos decidieron refugiarse en sus casas, por miedo a que los fulminara un rayo. Otros decidieron alejarse. Lo cierto es que después de varias horas, la nube se disipó y, con ella, el edificio.
Cambié de canal. Y luego otra vez. Puse la CNN y luego un canal de Chile. En todos hablaban del edificio que se había esfumado. Apagué el televisor. Desde mi balcón había sido testigo de esa extraña actividad eléctrica. Nadie hablaba del silencio. Ni del resplandor que cruzó el cielo mientras estaba en la plaza. Claro, frente a la desaparición de semejante mole de concreto, acero y cristal, lo que habíamos experimentado con Matilde en Parque Saavedra no parecía algo relevante.
Matilde. Decidí llamarla. Ya pasaban las once, seguro que estaba despierta.
El teléfono repicó tres veces. Entonces escuché su voz. –¿Hola?
–Hola, soy Darío.
–Hola, pensé que me ibas a mandar un mensajito.
–Sí, pero me pareció que me resultaría más placentero escuchar tu voz.
–Siempre con un poco de miel en los labios vos.
–Así soy. ¿Viste el noticiero?
–No, no veo tele.
– ¿De verdad?
–De verdad, de hecho, no tenemos tele en casa.
–Bueno, cómo explicarte. Desapareció el edificio que está atrás del DOT.
–¿Cómo?
–Como lo oís. No está, se fue, se lo llevaron. No sé cómo pasó, pero ayer antes de irme a dormir vi una nube con mucha actividad eléctrica para ese lado. Parece ser que esa nube se tragó el edificio.
–Me estás jodiendo.
– ¿Te parece que es manera de conquistar a una dama? ¿Joderla con un tema así? Lo que seguro me ganaría es una patada en el culo. ¿Internet tenés?
–Sí, claro. No somos menonitas.
–Conectate y vas a ver.
–Ahora te llamo.
Me cortó. Diez minutos más tarde, recibí su llamada.
–Es de no creer.
–Sí, ¿viste? Pero no dicen nada de lo que pasó antes.
–La verdad es que la desaparición de un edificio entero le gana a lo que experimentamos en la plaza.
–Sí, así son las noticias, prevalece la más importante. Pero la pregunta subyace. ¿Qué hacemos al respecto?
– ¿De todo esto? No sé, el patólogo y la diseñadora no parecen el equipo adecuado para hacer nada al respecto.
–En serio, ¿qué hacemos?
– ¿Querés cenar esta noche? Podríamos ir al DOT a comer algo.
– ¿Te paso a buscar a las ocho y media?
–A las nueve, así tengo tiempo para ponerme linda.
–A las nueve entonces. Beso.
–Beso…

5.
El día no pasaba más. Fue otro día veraniego pesado y caluroso, de esos a los que Buenos Aires no nos termina de acostumbrar nunca. Fui a trabajar, hice una docena de informes, leí un artículo que pensé que me podría interesar, traté de trabajar en uno que hacía meses que había comenzado y nunca encontraba el tiempo para terminar. Almorcé, me tomé dos tazas de café y miré la hora en el celular unas setecientas cincuenta y tres veces.
A las 19 salí del laboratorio, me subí a mi auto, bajé las ventanillas y me dirigí a mi casa. Ducha, desodorante, perfume y a elegir el vestuario. A las 20.30 estaba listo para salir. Volví a subir a mi auto, esta vez con las ventanillas cerradas y el aire acondicionado puesto para generar un ambiente que nos aislara del calor insoportable que hacía afuera, y me dirigí a la casa de Matilde por el camino más corto, vía Crisólogo Larralde hasta Melián para luego doblar por Jaramillo.
Detuve el auto frente a la puerta del PH dónde había despedido a Matilde la noche anterior y miré la hora en el celular. Eran las 8.45. Podía esperar hasta las 9 y bajar a tocar el timbre, lo que quizá me pondría en la posición de tener que saludar a sus padres, o podía mandarle un mensaje de texto avisándole que podía salir cuando quisiera, que yo estaba afuera esperándola.
El miedo patológico a conocer a los padres de una chica era una parte de mí. No necesitaba a un profesional que me lo dijera. Había estado de novio con muchas mujeres y de ninguna manera había aceptado conocer a sus padres, incluso después de varios meses de relación. La verdad es que nunca me analicé, al menos no con un profesional, pero me doy cuenta de que no soy de aquellos que tienen la necesidad de agradar a los demás. Sólo a las personas que me agradan.
Eso me lleva a no conocer a mucha gente, porque si no me agradan, tengo la necesidad de hacérselos saber de alguna manera.
Por eso, mi ocupación es ideal. No trato con personas casi nunca, salvo por correo electrónico. Tengo una secretaria que me ayudan en mi trabajo. Ella es mi antítesis. Habla con cualquiera de cualquier cosa y es difícil encontrarla callada en actitud reflexiva. Se ocupa de mis clientes, de la cobranza y de atender al contador, a los inspectores del Ministerio y a cualquier otra persona que quiera, por algún motivo, comunicarse conmigo.
La verdad es que, ahora que lo pienso, no sé como hice para comunicarme con Matilde aquél domingo en el parque. La única explicación que encuentro es que realmente me gusta mucho.
Escribí en mi teléfono. “Aquí me tienes, de guardia ante tu puerta, esperando a que salgas a opacar al mundo con tu belleza.”
Lo leí antes de mandarlo y pensé que era demasiado cursi.
Lo borré.
Entonces escribí. “Estoy afuera, en un Honda Fit rojo.” Más impersonal. Quizá demasiado.
Lo borré.
“Hola mi amor…”
Lo borré. Primera cita y ya le digo mi amor. No va.
“Hola. Cuando quieras salí, que estoy estacionado frente a tu puerta. Beso.”
El perfecto equilibrio entre lo cursi y lo impersonal. Lo envié después de leerlo dos veces. Un minuto más tarde, ella respondió con un “OK”. Ni un “ya salgo”, ni un “aguántame que me estoy poniendo linda para vos.” Sólo “OK”. Me sentí decepcionado. Se notaba que no le había dado mucho pensamiento al mensaje. Sólo lo escribió y lo envió. Mientras que yo había redactado cuatro veces. O tres y media, ya que el “Hola mi amor” no podía considerarse un mensaje completo. 
¿Qué importaba eso? Le había informado que estaba allí y ella me hacía saber que la información había llegado a destino. ¿Qué más necesitaba? A veces soy más jodido.
La puerta se abrió y ella se asomó al mundo. Lo primero que vi fueron sus ojos de amatista. Y sus labios, cubiertos por un brillante rojo que destacaba sus facciones más sensuales. Vestía un top negro y un short blanco que contrastaba con su piel dorada. Se había calzado unas sandalias negras de tiritas que se entrecruzaban por su pantorrilla para terminar en un nudo debajo de su rodilla.
Me bajé del auto al instante y fui a su encuentro. La besé en los labios y fui a abrirle la puerta del lado del acompañante. Cuando hubo subido, cerré la puerta y corrí a ocupar mi lugar en el vehículo.
–Qué bien que se está acá –dijo de inmediato.
–No suelo usar mucho el aire, pero hoy lo amerita.
Puse el auto en marcha, di la vuelta por Roque Pérez hasta Larralde para retomar Melián. Pocas cuadras después, entrábamos al DOT. Nos sorprendió el vacío que el edificio desaparecido había dejado en el lugar. Había muchas personas, incluyendo media docena de equipos televisivos que estaban de guardia para ver si el edificio se dignaba a regresar, como si fuera un marido que había abandonado el hogar.
Dejé el auto en el segundo nivel del estacionamiento y nos fuimos por el ascensor al patio de comidas. Fuimos a un lugar en el que vendían ensaladas y sushi y pedimos una caja con doce piezas y un ceviche con hierbas para compartir. Nos ubicamos en una de las mesas y comenzamos a charlas un poco de nuestras vidas.
Matilde me dijo que había estado de novia siete años con un muchacho al que había conocido en el secundario. Hacía seis meses él le confesó que era gay y se fue a vivir a Miami con un señor treinta años mayor y con mucho dinero. Ella, desde que rompió con su novio, estaba sola.
– ¿Siete años con vos y era gay?
–Sí, yo lo sabía, pero lo quería. De hecho, todavía lo quiero.
– ¿Lo supiste siempre?
–No, siempre no. Al principio ni él lo sabía. Pero ya hacía un par de años que yo lo sabía. Al final éramos más amigos que novios.
– ¿Y no tenía problemas para…? Ya sabes.
–A los 23 años los pibes viven con una erección permanente. Gay o no gay, ese no era el problema. El tema es que cuando estaba conmigo fantaseaba que en realidad estaba con alguien del sexo opuesto. El tema fue cuando me propuso algo que no… como decirlo… Que no me iba.
– ¿Qué?
Se ruborizó un poco. –No, no te lo puedo decir ahora.
–Me vas a dejar con la intriga.
–La cuestión es que charlamos y decidimos que lo nuestro no iba más. Cortamos, el empezó a ir a boliches gay y tres meses más tarde se fue a Miami.
– ¿Seguís en contacto?
–Sí, claro. Somos amigos.
–Qué bueno que lo hayas tomado así.
–Lo que tiene que ser, será. Y lo que no, no. No hay gran secreto en ello.
–El tema es saber qué será y qué no.
–Todo un tema. ¿Vos?
–Yo nunca tuve un noviazgo tan largo.
– ¿Por qué?
–Porque ninguna era como vos.
–Zalamero.
–No, sincero, Siempre salí con chicas muy estructuradas. Ordenadas, prolijas y con un plan de vida al cual ceñirse.
– ¿Y qué te dice que no soy así?
–Nada. Mi corazón.
–Upa.
– ¿Qué?
–No sé. “Mi corazón”. Es fuerte.
– ¿”Mi instinto” te gusta más?
–No, me gusta más “mi corazón”. No deja de ser fuerte. Pero desde ayer que nada deja de ser fuerte.
–Upa.
Ella rió. –No me robes frases.
–Lejos de mí robarte frases. Si quisiera robarte algo, sería un beso, o una sonrisa. Pero estas me las estás regalando tan seguido que creo que ya no necesito robarlas.
Suspiró. – ¿Vamos al cine? Tengo ganas de estar encerrada en un lugar oscuro con vos.
– ¿No sería mejor un hotel?
–Sí, pero no estoy lista para eso.
–Una película entonces. ¿Importa cuál?
–En realidad, no.
Nos levantamos de la mesa, dejando cuatro piezas de sushi y medio ceviche sin comer. No nos habíamos alejado dos pasos cuando las luces del centro comercial se apagaron y el cielo se iluminó con un resplandor tan violento que nos dejó ciegos por unos instantes. Pese a lo sucedido, nadie gritó. O, al menos, no escuché que nadie gritara. De hecho, no escuché nada.
Ese silencio intenso se había apoderado de todo. No escuché la bandeja que cayó a seis pasos delante de mí, ni a la nena que lloraba a los gritos. Las voces del silencio ahogaron todo sonido. Y en ese silencio, pude escucharlas.

6.
Para cuando regresó la luz, el patio de comidas del centro comercial era un desastre. Mesas volteadas, sillas tiradas, bandejas desparramadas. Había gente tirada en el suelo, había chicos que lloraban porque no veían a sus padres. Nosotros tuvimos la suerte de estar junto a una columna en el momento de que todo sucedió y nos acurrucamos junto a ella para evitar que la estampida nos aplastara.
Una mujer, junto al balcón del tercer piso, comenzó a gritar el nombre de un hombre. Leandro, Leandro, gritaba como loca mientras miraba hacia abajo. No quise acercarme a ver, ya que imaginaba la escena y me ya repugnaba. Pero mientras miraba hacia la mujer enloquecida por el dolor, pude ver en segundo plano un cielo azul en plena noche. Había estrellas, una luna luminosa como nunca y nubes blancas que reflejaban una luz fantasmal. Y sobre ellas, flotando sobre la nada, estaba el edificio que días atrás se levantaba en la calle Arias al 3700.
–Matilde… –alcancé a decir. Sólo pude señalar las nubes y esperar que ella percibiera lo que mis ojos no podían dejar de mirar.
El edificio parecía vivo, aunque era transparente. Luces destellaban detrás de diferentes ventanas de manera aleatoria, primero una abajo a la derecha, seguida por otra arriba y luego por otra en el centro. Detrás de su transparencia, nubes negras se aglutinaban amenazadoras, con el inquietante brillo de mil relámpagos que se aprestaban para desencadenar la próxima tormenta.
–Mierda… –dijo Matilde. Nos pusimos de pie y corrimos hacia la parte de atrás del patio de comidas, donde un par de escaleras mecánicas movían sus escalones en bucles infinitos que unían el segundo nivel con el tercero. Descendimos por la de la derecha y escuchamos una explosión detrás de nosotros. Al instante, nos metimos en el primer local a nuestra derecha para evitar la lluvia de cristales que llegaba desde el frente.
El local era una casa de ropa juvenil atendido por jóvenes de aspecto poco convencional. No tenía vidriera. Uno podía acceder por todo el frente del local y había muebles con ropa, patinetas, trajes de neopreno para usar en el mar, tablas de surf, patinetas y accesorios deportivos. Fuimos rápido hasta el fondo y buscamos refugio en la zona de probadores mientras los sorprendidos vendedores observaban lo que sucedía afuera con el maxilar inferior colgando del superior.
– ¿Qué está pasando? –preguntó Matilde apenas estuvimos en un lugar que considerábamos seguro. Sacudí mi cabeza sin saber que decir cuando una nueva explosión sacudió al centro comercial. Los vidrios de los laterales explotaron esta vez, propagando una lluvia de metralla cristalina de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Escuchamos los gritos de los vendedores dentro del local mientras eran lacerados por los vidrios. Luego los escuchamos retorcerse de dolor.
Entonces no pudimos escuchar nada más, sólo el silencio. Y el silencio hablaba.
“La hora está cerca” dijo antes de que todo se volviera oscuro.

7
La oscuridad era de una densidad tal que se hacía difícil respirar. Ni hablar de intentar pronunciar palabra. Me sentía sumergido en una ciénaga de alquitrán, ya que hasta el más mínimo movimiento denotaba un esfuerzo sobrehumano.
El silencio era dolorosamente violento. Era como si mis oídos hubieran sido llenados con cera caliente y ésta se hubiera enfriado de golpe, dejándome aislado del mundo sonoro. Ni siquiera las voces del silencio me resultaban audibles.
Sabía que Matilde estaba allí, muy cerca de mí, pero no podía percibirla. Estaba seguro que, al igual que yo, estaba angustiada, con miedo. Quizá estaba deseando no haberme conocido. De otro modo, jamás hubiera estado en el Dot conmigo cuando todo comenzó. Aunque no había garantía de que esto no estuviera sucediendo en todo el barrio, o en todo el planeta.
Traté de calmar mi mente. Podía respirar, pero con dificultad. La misma dificultad que tenía para mover un dedo o para parpadear. Entonces llegué a la conclusión que mis dificultades respiratorias no se debían a la falta de aire sino al esfuerzo de mover mi pecho y mi abdomen para inhalar y respirar.
Con los ojos cerrados, comencé a aletargar mis inspiraciones y espiraciones, con lo que logré cierta regularidad en el trabajo de mantener los pulmones activos. Mi corazón comenzó a aquietarse y, de a poco, sentí que comenzaba a retomar el control de mi existencia.
–No lo fuerces –dijo una voz desconocida –, dejate llevar y será más fácil.
El silencio comenzó a disolverse con la primera gota de luz que se filtró entre la negrura que me rodeaba. Era apenas un punto que brillaba con un fulgor apenas perceptible, pero dotado de una tibieza que traspasaba todo hasta llegar a mi corazón.
–Matilde… –llamé. Mi voz parecía no querer escapar de mis labios. Lo hizo con timidez, recorriendo el espacio que ya dejaba de ser tan negro para revelar las formas que antes habíamos conocido.
De a poco la gota de luz se volvía mar, cubriendo todo con su calidez. Allí, a medio metro de donde estaba yo pude ver a Matilde recostada sobre el suelo. Su rostro, con los ojos cerrados y los labios apenas abiertos, transmitía paz. Junto a ella, una silueta brillante la contemplaba. Resultaba difícil definir la forma de esta silueta, ya que no parecía tener límites definidos. En su centro, lo que podría llamarse su corazón latía a una velocidad de miles de pulsaciones por segundo y la fuerza de esos latidos se expandía hacia el exterior en ondas de colores que iban desde un rosa pálido al índigo para regresar al centro a su color original. Todo en milésimas de segundos cada vez.
La silueta cambio de forma para transformarse en una suerte de sirena que acariciaba la cabeza dormida de Matilde con suavidad. No tenía rostro, al menos no uno que yo pudiera distinguir. Pero podía escuchar como arrullaba a Matilde con una melodía dulce.
–Aquí hay amor –escuché decir a una voz. Entonces cientos de figuras luminosas se hicieron visibles. Algunas brillaban en gamas de verdes y amarillos, otras en gamas de rojos y naranjas, de violetas y azules, de verdes y azules, de amarillos y naranjas. Algunos pasaban de una gama de color a otra indistintamente, sin un patrón determinada.
–Sí, ella lo ama –dijo otra voz. Mis oídos estaban cerrados a todo otro sonido.
–Si hay amor, hay esperanza –dijo una tercera voz.
Entonces, las figuras se fundieron en una sola y una luz blanca muy intensa comenzó a brillar con fuerza cegadora. Mi corazón pareció detenerse mientras que frente a mis ojos una película comenzó a correr en reversa a toda velocidad. Allí estaba el rostro de Matilde, lleno de miedo mientras escuchábamos los vidrios que estallaban. Y estábamos corriendo hacia atrás por las escaleras mecánicas, volvíamos a la mesa y devolvíamos la comida que habíamos comprado. Bajábamos a mi vehículo y viajábamos en reversa hasta la casa de los padres de Matilde. Y la película se hizo tan veloz que no pude más que distinguir alguna imagen perdida. Hasta que, de pronto, la luz se apagó y me encontré sentado en el parque con una botella de agua saborizada de mandarina en la mano y las estrellas contemplándome desde lo alto. Sobre los árboles, los gorriones discutían con las cotorras sobre algún tema que no me incumbía. A un costado, dos mujeres charlaban a los gritos mientras amonestaban a los críos que tenían a su cuidado. Del otro lado, una joven hermosa con un gigantesco perro terranova me miraba. Me levanté y me acerqué.
–Hola –le dije.
–Hola –respondió ella con una sonrisa.
– ¿Puedo?
–Si no te asusta el perro…
–En general no me asustan los perros.
–A tu riesgo, entonces, no respondo por Goliat.
Me llené de la belleza de sus ojos amatista y sonreí, seguro de que había encontrado al amor de mi vida.


FIN.

jueves, 14 de noviembre de 2013

LA VIDA GRIS

Cada tanto ocurre, no es nada por lo cual alarmarse. Cada tanto, un mal libro captura la fascinación del público y lo convierte en un éxito editorial. "50 Sombras de Grey", que en realidad debería haber sido traducido "50 Matices de Grey", es un fenómeno mundial. Como lo fue "El Código Da Vinci". Y como ocurrió cuando el libro del Sr, Brown se convirtió en sensación, miles de autores se han lanzado a escribir novelas cuasipornográficas en las que nada sucede. Como en los filmes del género.

Al menos el Sr. Brown nos brindaba algo de entretenimiento. La historia del Sr. Gris es vacía de contenido y, por qué no decirlo, aburrida. No entiendo la fascinación del público femenino que llega a afirmar que un señor que dedica sus esfuerzos en aplicar todo su sadismo a una mujer puede convertirse en modelo de hombre. En verdad es algo retorcido. 

El gran problema es el contagio. Si con la historia del Sr. Gris alguien se convirtió en millonario, ¿por qué no intentarlo nosotros? Yo, ni pienso. Prefiero emular a Tolkien, que nos regaló el universo de la Tierra Media, o a Martin, de cuya imaginación febril nació Westeros. O a mi mismo, por qué no.

Porque la vida debe tener color, no me conformo con lo que el Sr. Gris nos ofrece. Por eso, cuando paso por una librería y veo la pila de libros de la saga, elijo seguir de largo.

Desde Buenos Aires, los abrazo

lunes, 21 de octubre de 2013

AMANTES DE LA CIENCIA FICCIÓN, DE PARABIENES.

Ayer vi la película Elysium, la última película del director Neill Blomkamp, protagonizada por Matt Damon, Jodie Foster, el mexicano Diego Luna y el sudafricano Sharito Copley, el protagonista de Sector 9, de la cual Blomkamp también fue director y guionista. La verdad que quedé complacido por lo que vi.

Una historia que es una metáfora de hoy. Los ricos viven en un mundo ideal en órbita sobre el planeta Tierra y los pobres, la gran mayoría de la humanidad, sobrevive como puede en el planeta. Los de arriba tienen todo para tener una buena vida, los de abajo se contentan con vivir el día.

Mucha acción, buenos efectos especiales y una buena historia hacen de la película un entretenimiento garantizado.

Desde hace un tiempo que los amantes de la ciencia ficción, que nos sentíamos ignorados por el cine, podemos estar un poco más felices. Películas como Sector 9 -o Distrito 9 en algunos lugares -, Upside Down, Another Earth, Elysium, Los Agentes del Destino y otras han llegado para crear un espacio que no parece que se cierre pronto.

Claro, eso significa que tendremos que aguantarnos más películas como Thor, Linterna Verde, Iron Man y otras franquicias que no llegan a cumplir con la expectativa de un fanático de la Ciencia Ficción.

Por suerte, Lucas no hizo más series de la Guerra de las Galaxias. Ya fue suficiente con eso. Lo que no está nada mal es el nuevo curso que le está dando Hollywood a una franquicia con tanto peso como Star Treck.

Yo estoy feliz con lo que está sucediendo. No me canso de comer pochoclos.

Desde Buenos Aires, los abrazo

jueves, 19 de septiembre de 2013

ORGULLO DE PADRE.

A menudo los hijos, se nos parecen y así nos dan la primera satisfacción...

Así arranca la canción de Serrat, esos locos bajitos. Y aunque no se nos parezcan, las satisfacciones llegan de todos modos. 

Ayer fue un día especial en mi vida. Tan especial como el día en el que tuve en mis manos el primer ejemplar de Rubber Soul, tan especial como el día en el que me llamaron para decirme que había ganado el Concurso de Cuentos del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal o cuando vi por internet que "La Trampa del Diablo" había sido elegida para ser finalista del LX Premio Planeta de Novela.

Miento. Ayer fue más especial. Fue como cuando sostuve a mi hija por primera vez. 

Quince años pasaron desde esa fecha. Hace menos de un mes bailé con ella el vals de los quince y ayer, a las dos de la tarde en la Sala 1 del Centro Cultural General San Martín, se apagaron las luces y pude ver a mi hija en la pantalla grande por primera vez.

Desde que comenzó a hablar que quiso ser actriz. Desde que comenzó a caminar quiso expresarse con todo su ser. Desde que tuvo conciencia de quién era ella, supo lo que quería para su futuro.

Actuar.

Ayer vi el estreno universal del documental "EQUIPO VERDE, ENTRENAMIENTO ADOLESCENTE PARA UN DOCUMENTAL" dirigido por la cineasta argentina Alejandra Almirón. El documental aborda el tema de la identidad, de ser parte de una generación complicada, una generación de chicos que convivieron con el golpe de estado, la guerrilla, la guerra y el retorno a la democracia. Y la visión de tres mujeres que relatan desde sus vivencias lo que era la educación en la argentina en los años 70.

Pero para mí fue mucho más. Fue ver como el sueño de mi hija comenzó a hacerse realidad. Y fue poder hinchar mi pecho con orgullo mientras se me piantaba un lagrimón.

El documental, encima, es muy bueno.

Desde Buenos Aires, los abrazo.


sábado, 3 de agosto de 2013

BUSCANDO EL FANTASMA DE UN AMOR. Episodios 1 a 4.

1.


Ayer me desperté muy temprano. Llovía con fuerza. Podía escuchar el agua que golpeaba contra la persiana de la ventana de mi dormitorio. Miré el reloj despertador, marcaba las 3.15. Salí de la cama, levanté la persiana y me acerqué al vidrio para ver la calle. Desde mi cuarto piso me era imposible verla, perdida debajo de las copas de los árboles. Pero podía escuchar el rumor del agua que se había juntado. No sé por qué, en ese momento, pensé en Camila. Mi Rosaura, ese amor de verano que me dejó una herida que aún no cierra. Qué será de ella.
Me acosté después de volver a bajar la persiana y me quedé con los ojos clavados sobre el techo de sombras hasta que la alarma me dijo que era hora de levantarme. Ayer era dos de abril. Otro aniversario más de Malvinas. No sé por qué festejamos. Será porque ellos no estuvieron allí. Ellos no perdieron amigos. Ellos no tuvieron que matar a sus semejantes. Porque esos enemigos se parecían bastante a nosotros.
Malvinas se quedó con Tomás y con Carlitos. Y con Enzo, que volvió a casa, sin volver. Malvinas lo mató. No ese tiro que se pegó en la cabeza mientras hablaba conmigo por teléfono. Nada de eso importa. Ayer fue feriado, como lo fue también el lunes. Todo sea para que el turismo tenga su momento. 
Después de desayunar encendí la compu. Al hacerlo, noté que algunas de las luces de mi modem estaban apagadas. Entonces llamé al proveedor de cable para quejarme y un contestador automático me informó que mi domicilio estaba en área de corte de señal. Prendí el televisor y comprobé que tampoco tenía el servicio de cable. Entonces encendí la radio. Puse una estación que pasaba música, no tenía ganas de escuchar malas noticias. Pero no pude abstraerme del mundo. La lluvia había sido tremenda. Trescientos milímetros en pocas horas. Miles de evacuados, miles más sin luz. Me di cuenta que era afortunado. Apenas estaba sin tele, algo que algunos pueden considerar saludable.
Quise viajar en subte a la radio, pero estaban interrumpidos. Entonces me tomé un taxi. No me gustan los taxis, pero no podía llegar tarde en un día feriado. No era justo para mis compañeros de radio. En el camino, la imagen de Camila me acompañó todo el tiempo. Hacía tiempo que me había convencido de que ella había desaparecido para siempre después de que nos separamos. San Bernardo había sido el escenario de nuestro adiós. Ella se fue al sur y nunca más supe de ella. 
Hasta ayer.

2.


Desde mi regreso a Argentina en el 2002 pasaron muchas cosas. Después de la renuncia de De La Rúa el 21 de diciembre de 2001 le sucedieron cuatro presidentes en dos semanas. Ramón Puerta duró dos días en el cargo, Adolfo Rodríguez Saa una semana y Eduardo Camaño tres días. El 2 de enero de 2002 asumió Eduardo Duhalde, quién finalmente tomó el timón del país para lograr estabilizarlo. Dicen que él fue el que inició el problema, movilizando a su gente para generar el clima de conmoción interior. Dicen que él controlaba la droga que entraba al país y muchas cosas más. Yo nunca vi pruebas concretas de nada. De hecho, nunca fue procesado por la Justicia. Eso no quita sospechas sobre el hombre, porque en un país como el nuestro, la justicia es muy relativa.
Durante un año y medio permaneció en el cargo presidencial. Asumió dos compromisos, convocar a elecciones para que un presidente electo asumiera el cargo el 25 de mayo de 2003 y no presentarse como candidato presidencial a las mismas.
Candidatos no faltaron. Menem quiso resucitar y no le fue mal. En primera vuelta salió primero, algo que muchos se olvidan. Pero el caudal de votos que obtuvo no alcanzó para tener un tercer mandato. Tuvo que competir en segunda vuelta con Néstor Kirchner, pero antes de realizarse los comicios entre estos dos candidatos, Menem decidió renunciar a su candidatura, motivo por el cual Kirchner resultó electo Presidente de la Nación con apenas un 22% de los votos. Lo curioso es que entre los dos, en la primera vuelta, no llegaban al 50% de los sufragios emitidos.
Duhalde le entregó a su sucesor un país con problemas pero bastante más ordenado. El país comenzó a crecer a partir de una economía que recibía millones de dólares gracias a un mercado internacional favorable para la producción agropecuaria. Kirchner retuvo a Roberto Lavagna, Ministro de Economía de su antecesor, en su cargo y todo parecía que iba a mejorar.
Entonces, el 30 de diciembre de 2004 ocurrió una gran tragedia Nacional. Esa noche me tocaba trabajar en la radio. Estaba haciendo mi programa cuando llega la noticia. Un local llamado República de Cromagnón se había incendiado. Las escenas que recuerdo haber visto en un primer momento eran de corridas, de gente cubierta de hollín, con la cara tapada con remeras para protegerse las vías respiratorias. Sirenas de ambulancias aullando sin parar, médicos desesperados por atender a todos los que se presentaban, los hospitales que colapsaban.
–Rescátense un poco porque se prende fuego el lugar –dijo el presentador antes de anunciar a Callejeros, la banda que iba a tocar esa noche. El local estaba habilitado para poco más de mil personas, pero se habían vendido tres mil quinientas entradas. Dicen que otras mil, la capacidad del local, habían ingresado sin entradas.
– ¿Se van a portar bien? –preguntó el cantante de la banda antes de empezar a tocar la primera canción. Lo preguntó dos veces y en ambas oportunidades la multitud contestó que sí. A partir de ese último sí, transcurrieron apenas dos minutos y medio antes de que se desate el infierno.
Desde el estudio de radio observaba el monitor sintonizado en un canal de noticias sin poder decir palabra. No podía creer que algo así pudiera estar ocurriendo. Se hablaba de un centenar de muertos. De cientos de heridos. Todo fue poco. Ciento noventa y cuatro víctimas fatales y mil quinientos heridos, muchos de ellos con secuelas que los acompañarán toda la vida. Mil quinientos heridos en un local en el que debería haber mil habla de la corrupción de un sistema que permitía a los empresarios hacer lo que quisieran.
Mucho ocurrió después de Cromagnon. Aníbal Ibarra fue destituido en su cargo de Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Bomberos, empresarios e, incluso, los directivos del servicio del Servicio de Asistencia Médica de Emergencia de la Ciudad fueron procesados. Algunos obtuvieron condenas.
Lo que siguió fue una campaña de clausuras e intimaciones de mejoras que alcanzó a escuelas, comercios de todo tipo. Pintura ignífuga, materiales prohibidos y muchas medidas más tendientes a evitar nuevas tragedias. No es que me queje por ello, el problema es que tuvieron que morir 194 personas para que esto ocurriera.
Sin embargo, esta tragedia no fue la primera de su tipo. Diez años antes, una disco llamada Kheyvis se incendió dejando un saldo de 17 muertos y 24 heridos. Se ve que la magnitud de este incendio no alcanzó para que se activen las medidas del día después. Porque nunca se toman medidas antes en este país, siempre son para que no se repita la desgracia.
Hoy, el foco está puesto en la ciudad de La Plata. Cincuenta muertos por lluvia. Parece increíble, pero es así. Porque todo esto ocurrió porque llovió demasiado.
Cuando volví a mi país lo hice con la esperanza de encontrar mi rumbo. Lo busqué en España y en los Estados Unidos, sin embargo, en cada lugar que viví fuera de Argentina no me hallaba a mí mismo. Aquí me siento en casa, con mis recuerdos, con mi historia, con mi herencia espiritual.
Creo que esta en mí ser un disconforme. No puedo evitarlo. Pero tampoco me la hacen fácil para que sea de otro modo. Cromagnon me dejó una marca indeleble. Como me la dejó Malvinas y la muerte de Enzo. Como me la dejó mi vieja, con su dolor por no saber qué había ocurrido con Gabriel, mi hermano, después de que un día decidió irse a luchar con los montoneros. Cromagnon fue un hito que cambió muchas cosas en esta ciudad, que cambió a mucha gente y durante mucho tiempo no pude pensar en otra cosa que en la gente que había muerto en lo que, para ellos, debía ser una fiesta. Jóvenes con sueños de amor, familias con niños, padres, madres, hijos. Todos envueltos en un infierno de humo y fuego.
Cada tanto paso por la calle Bartolomé Mitre, donde hoy un monumento hecho por la gente recuerda a los caídos del Rock. Siempre leo los nombres inscriptos en el muro. Es una forma de rendirles tributo, una forma de orar por sus almas. Cada nombre es una plegaria. Y un deseo para que estas tragedias no se repitan.
Ayer pasé por allí, a la salida de la radio. Recorrí el lugar, leí los nombres en voz baja y enfilé hacia Rivadavia para tomarme el 151 que me llevaría de vuelta a casa. Mientras me acercaba a la parada, vi una figura que esperaba en el colectivo. La luz difusa de la noche no permitía verla con detalle, pero al acercarme sus rasgos se me hicieron familiares. Ella se subió a un colectivo antes de que pudiera llegar a ver su rostro con claridad. Yo me subí al 151 que venía detrás. Me senté en el asiento del fondo y traté de reconstruir su rostro. Pero no podía. Las imágenes del pasado se superponían con aquella foto endeble que mis ojos habían registrado minutos antes.
Quizá mi deseo me haga ver visiones. Quizá ella haya sido ese fantasma que me ha perseguido durante tanto tiempo. Quizá sea ella. Mi Camila. Mi Rosaura. Aquella que me robó el corazón una noche de verano. Quizá sea hora de que me lo devuelva.

3.

Si naciste un 29 de marzo, como yo, seguramente tu cumpleaños caerá en Pascuas cada tres o cuatro años. Este año, mi cumpleaños cayó en Viernes Santo.
Nunca tuvimos una fuerte tradición religiosa en nuestra familia, pero las Pascuas son fechas en las cuales nos acordamos que alguna vez fuimos bautizados en la fe católica. Lo cierto es que esto es más fuerte en el caso de mis tías Lidia y Susana, las que, quizá porque ya están entradas en años –Lidia tiene 74 y Susana 68 –, se han acostumbrado a cumplir con los ritos religiosos con mayor puntualidad. Van a la misa de las 10 todos los domingos en la parroquia de Jesús en el Huerto de los Olivos y se confiesan puntualmente cada dos viernes. Incluso han tratado de convencerme de que las acompañe cada domingo. Gabriel pone la excusa de que tiene que atender el negocio, pero Nancy, su mujer, las acompaña junto con mis sobrinos.
Gabriel se casó en el 2005. Cuando me lo dijo, un año antes, no podía creerlo. En ese momento él tenía 47 años y me presentó a Nancy, una joven contadora de 29 años que trabajaba en el estudio contable que llevaba los libros de los negocios. Primero pensé mal, que Nancy era una viva que había visto la billetera gorda de mi hermano y que había decidido hacerla suya. Pero apenas la conocí me di cuenta de que no era así. Gabriel había tenido la suerte de que una bella mujer se había enamorado de él vaya a saber por qué. No tuve duda de que su amor por mi hermano era sincero y de que iban a ser felices.
No pasaron seis meses desde la gran boda antes de que la noticia del primer embarazo llegara y al cabo de un año del parto de mi sobrino Elías quedó nuevamente embarazada, esta vez de una niña a la pusieron Marcia.
La presencia de mis sobrinos hizo que me habituara a ir a almorzar todos los domingos a comer a la casa de mi hermano con mi familia. Nancy cedía el control de su cocina a mis tías, las que se encargaban de preparar abundantes platos de pastas mientras ella se ocupaba de atendernos, lo que significaba abrir una botella de vino, cortar queso Mar del Plata en dados, salamín picado fino en rodajas y aceitunas endiabladas. A veces, Gabriel tomaba el toro por las astas y prendía el fuego en la parrilla para preparar unas tiras de asado, vacío o matambrito de cerdo. Pese a que teníamos el restaurante junto a la panadería, nunca comíamos allí los domingos, porque la casa de mi hermano nos daba una intimidad que en un lugar público era imposible tener.
El Viernes Santo del año 2013 fue mi cumpleaños cincuenta. Medio siglo sobre esta tierra no eran, según mis tías, motivo para desdeñar las prácticas de ayuno y abstinencia que la fiesta religiosa mandaba, pero mi hermano y su mujer las convencieron de que, al menos, nos juntáramos a tomar un té y compartir una torta en mi honor.
Entre los temas de conversación no pudo faltar la homilía dada por el Papa Francisco más temprano ese día. La noticia de que un Cardenal argentino había sido electo Papa había sacudido a la Argentina. Reacciones de todo tipo aparecieron de inmediato en las redes sociales. Desde una fría carta de la Presidente de la Nación a muestras de alegría que, en un punto, parecían exageradas. Tampoco faltaron las acusaciones de los grupos más extremos que obligaron a personalidades como Adolfo Pérez Esquivel a salir en su defensa. Yo era muy chico cuando todo eso pasó y no puedo dar testimonio de lo que sucedió. Sin embargo, sé muy bien que de la misma manera que había sacerdotes que tuvieron una cuota de complicidad con los militares que nos gobernaron entre 1976 y 1983, también sé que hubo muchos que arriesgaron el cuello por aquellos que fueron objeto de persecución por la dictadura militar, lo que a muchos les costó la vida. En Argentina siempre se tiende a parcializar las cosas para peor. Un sacerdote comete abuso sexual de menores y la Iglesia es un club de pedófilos. Yo no tengo simpatía por los curas en general, como tampoco la tengo por los políticos. Tengo simpatía por personas concretas a las que conozco y de la que puedo dar testimonio de su obra. Como aquél sacerdote que vive en las villas y lucha contra el narcotráfico o el otro que trabaja en el Hospital Tornú dando alivio a los enfermos que están solos, ayudando a conseguir alojamiento a sus familiares de pocos recursos para que puedan acompañarlos en su dolor.
Volviendo al tema, el viernes finalmente nos reunimos en la casa de mi hermano a las cinco de la tarde. Tomamos té con facturas y soplé las velitas que ardían sobre una torta de chocolate con crema. En realidad lo hizo Marcia con ayuda de Elías, ya que a ellos les entusiasma más la idea del cumpleaños que a mí. Mi hermano me regaló algo que nunca quise tener, un teléfono celular y cargado en él estaba el número de una amiga de Nancy a la que debía llamar. Nancy fue muy insistente en este punto.
Elías se apoderó del aparato apenas lo encendí y comenzó a darme clases sobre cómo utilizarlo mientras que Marcia, colgada de mi espalda, no dejaba de preguntarme qué jueguitos tenía el teléfono. Me sorprende la habilidad de los pequeños para aprender cosas a las que uno parece rehusarse. A mis ocho años, allá por 1971, apenas si sabía encender el televisor y darle vuelta al dial para cambiar de canal. Sólo había cinco canales en aquella época, pero se veían tres. El dos, hoy Amércia, se emitía desde La Plata, así que a Olivos no llegaba, y el nueve tenía señal si no soplaba mucho el viento. Así que estábamos relegados a ver canal siete, que luego fue ATC para volver a convertirse años más tarde en canal siete, canal once, hoy TELEFE, y el trece. Tampoco era que había mucho para ver. Prefería más salir con mis amigos a andar en bici por el barrio o a patear la pelota en algún potrero. Elías jamás ha estado solo con sus amigos en la calle. Si quiere andar en bicicleta, va con su familia a la costanera de Olivos, a la cual llegan en auto. Juega al fútbol en la escuelita en la que lo inscriben cada año. O en la consola de videojuegos que le regaló Papá Noel en las últimas Navidades.
A las siete y media de la tarde mis tías le pidieron a Gabriel que las acerque a la parroquia porque a las ocho era el Vía Crucis, y no querían llegar tarde. Pese a que Susana se la pasa todo el día en la panadería y Lidia en el restaurante controlando que todo funcione bien, no pueden caminar las siete cuadras que separan a la parroquia de la casa de Gabriel. Yo aproveché para despedirme también y me fui caminando despacio por Pelliza hasta Maipú, donde pensaba tomarme el 152 hacia la Capital.
Mientras viajaba a casa, saqué el regalo del bolsillo de mi saco y lo examiné. Había una docena de números cargados. Los celulares de Gabriel y de Nancy, el de su casa, el de la casa de mis tías, dos de la panadería y uno del restaurante. Bomberos, policía, emergencias médicas y correo de voz y un número más.
El de Diana Falco.
Me quedé contemplando la combinación numérica que mostraba la pantalla. La suma de ellos daba un número par. Pareja es una palabra que tiene como raíz la palabra par. Igual o semejante. Liso y llano. Compañero o compañera en los bailes. Conjunto de dos personas o animales que tienen entre sí alguna correlación o semejanza. Cada una de estas personas o animales en relación a la otra. El diccionario puede ser muy útil para confundirlo a uno.
¿Qué correlación o semejanza podía tener con una mujer que no había visto jamás? Imposible saberlo. Al menos, mientras no la conociera.
Miraba el número mientras pensaba en una excusa para no llamarla. Pero sabía que iba a ser algo inevitable. Nancy tuvo la gentileza de mostrarme una foto suya en el Facebook y no podía argumentar que no era lo suficientemente bella. Abogada, 31 años, nacida en el mes de julio de 1981 en Rosario. Hincha de Rosario Central, le gustan los perros y sale a correr todas las mañanas. Lo cierto es que yo sabía que si no la llamaba, Nancy me iba a castigar con su cháchara hasta que lo hiciera. Esto es como ir al dentista, va a ser una tortura, ¿para qué entonces aguantarse el dolor de muelas durante un mes? Así que apreté el botón llamar y me puse el artefacto en la oreja izquierda.
– ¿Hola? –dijo una voz dulce después de tres repiques.
– ¿Hablo con Diana?
–Sí, ¿quién habla?
–Soy Matías Robledo…
–El cuñado de Nancy.
–Sí, soy yo.
–Nancy me dijo que podías llamar.
–Sí, seguro te dijo que te iba a llamar, porque ya sabemos cómo es Nancy.
–No sé muy bien a qué te referís.
–Nada, no suelo hacer esto.
– ¿Hablar por teléfono?
–Llamar a mujeres que no conozco.
–Ah, ¿entonces?
–Si querés, mañana podemos tomar un café.
–Podríamos.
– ¿Por qué barrio vivís?
–Por Palermo, cerca de Plaza Serrano.
–Cerca de ahí está Sullivan’s, en Borges y El Salvador.
–Sí, lo conozco. Después te mando un texto con mi dirección y me pasás a buscar. ¿Te parece a las seis?
–A las seis me parece bien.
–Bueno, te mando un beso. Nos vemos.
–Chau –dije antes de cortar. Levanté los ojos y vi que el colectivo estaba en Congreso y Cabildo. Guardé el teléfono y me levanté del asiento para tocar el timbre y bajar en la siguiente parada. De pronto, me di cuenta de que estaba nervioso por tener una cita.
Qué boludo.

4.

Las expectativas que una cita generan pueden ser insospechadas. Uno debería aprender a preocuparse por lo importante y no hacer un mundo de aquello que por naturaleza es insignificante. ¿Qué importa si a la camisa que elegí le falta uno de los botones del puño? Arremángala y nadie notará la ausencia. ¿Qué importa que el jean no esté planchado? Te queda justo, con lo que nadie notará la arruga. Pero no. Busco aguja e hilo y coso el botón, enchufo la plancha y dejo el jean prolijo y sin raya.
Cuando terminé miré la hora en mi viejo reloj de pulsera y comprobé que eran las dos de la tarde. Revisé el celular otra vez para ver si estaba encendido y si había llegado el mensaje de Diana, pero nada. Entonces decidí que lo mejor que podía hacer era salir a dar una vuelta. El clima era agradable, el cielo estaba despejado y una caminata me iba a ayudar a calmar mis ansiedades.
Salí de casa y enfilé mis pasos hacia Avenida Cabildo. Caminé hacia el sur por la Avenida hasta llegar a Juramento y decidí meterme en la librería que estaba en la esquina. Allí me puse a revisar los volúmenes que había a disposición del público. La última de Pérez Reverte, una antología de Asimov, las 50 sombras de Gris. Nada parecía atraerme lo suficiente. Entonces, entre las pilas de libros inmensos, encontré un ejemplar perdido de “El lápiz del Carpintero”, un libro que me habían prestado hace menos de una década y más que un lustro. Pequeño y compacto, pero bien jugoso, como esas uvas rojas que se comen al final del verano. Era un libro que tenía varios años de circulación, pero que yo nunca había visto. Fue un amigo Gastón Terrero, que había regresado de Roma con una deliciosa botella de Chianti que me trajo de contrabando en su equipaje de mano, quién me lo prestó. Lo leí en una tarde de domingo lluvioso en la que simplemente no tenía ganas de mojarme para tomar el colectivo hacia Olivos. Lo leí sentado en mi sillón de lectura, con la botella de Chianti abierta sobre la mesa y la copa siempre llena. Al menos, mientras hubo cómo reponer lo que me tomaba. Al terminarlo, estaba más ebrio por la lectura que por la bebida y me dije que tenía que comprarme un ejemplar para mí. Fui a la librería el lunes, pero no lo tenían en existencia. Entonces, intenté quedarme con la copia de Gastón, pero él es muy quisquilloso respecto de sus libros. Dicen que sólo los boludos prestan libros, pero los más boludos los que los devuelven. No tengo dudas de que yo soy un gran boludo. La vida me compensó un poco por mi boludez ese Sábado de Gloria. Tenía una cita con una mujer hermosa y un ejemplar nuevo de “El Lápiz del Carpintero” para nutrir mi biblioteca.
Al salir de la librería, mi celular sonó. Lo saqué de mi bolsillo y vi que tenía un mensaje de texto de Diana.
No pases por casa, te encuentro directo en el bar. Pasame tu face, así te puedo reconocer.”
Con gran torpeza por mi inexperiencia, le escribí un mensaje declarándome culpable de un gran pecado.
Perdón, pero no tengo cuenta en facebook. Me vas a reconocer porque estoy con un jean celeste, una camisa fondo blanco cuadriculada con rayas finitas verdes y en mis manos tengo un ejemplar de el lápiz del carpintero.
Antes de enviarlo, me di cuenta que el mensaje era demasiado largo. Además, si bien era difícil, no era imposible que en ese bar hubiera otro hombre vestido como yo. Al fin y al cabo, era un pub irlandés y ellos tienen fascinación por el verde. Así que lo borré y redacté otro más breve.
Yo voy a llegar temprano. Llamame en cuanto entres al pub.”
El teléfono me decía que eran las tres y media de la tarde. Con el apuro por estar presentable, me había olvidado de almorzar y el estómago me estaba pasando factura. Me sumergí en las fauces de la red subterránea de la ciudad y abordé una formación que transitaba hacia el centro. Cinco estaciones más tarde, bajé del tren y subí por las escaleras mecánicas hasta la calle donde escruté la situación bajo la atenta mirada de Giuseppe Garibaldi, que sobre su caballo de bronce controla todo lo que ocurre en Plaza Italia. Doblé por Borges hacia abajo y caminé derecho hasta Sullivan’s, donde ocupé una mesa del interior junto a una ventana.
Nunca elijo las mesas de la vereda. Palermo está lleno de boliches que tienen más mesas en la vereda que dentro del local mismo. Es curioso, al menos para mí, ver como no hay espacio libre en las mesas de afuera mientras que el interior está desierto. Ello pese a que las de afuera están separadas por un cabello de ángel con anorexia y, muchas veces, en desnivel por el estado calamitoso de las baldosas sobre las que se apoyan las mesas. Y pese a que la superficie útil de las mesas exteriores pierde por robo contra la de las interiores.
Pero la gente, en general, no es como yo. Yo me rijo por la comodidad. La gente, por lo que es cool. Es mucho más cool tener una conversación sentado en una mesa a la vista –y a los oídos –de cualquiera que pase por la calle que hacerlo con la reserva que da el vidrio de por medio. Es mucho más cool fumarse los vahídos de los escapes de los coches que pasan por la calle que estar en un salón bien ventilado y con aire acondicionado. Es mucho más cool comer bajo el rayo del sol, con la triste protección de una sombrilla que se ha declarado incapacitada para cumplir con su labor que disfrutar de la sombra que un techo ofrece. Sin hablar del riesgo que se corre de que la lluvia convierta tu ensalada en sopa de verduras.
Yo no soy un tipo cool. Lo confieso. Y a mis años, soy bastante hinchapelotas. No pierdo el decoro en afirmarlo, ni me avergüenzo por expresar mis opiniones, como cualquiera que haya escuchado mi programa de radio puede atestiguar.
“El Ocaso de los Dioses” nació al poco tiempo que regresé a Buenos Aires. Yo hacía un programa para Barcelona por internet, el mismo que hice durante el tiempo que estuve viviendo en Estados Unidos. Al regresar a Argentina en el 2002, seguí trabajando para la emisora española, pero la distancia me hizo perder un poco la conexión con el público catlán. Por ese entonces, Sergio Zelaya, el propietario de una radio de Palermo, me contactó y me ofreció un espacio en la FM que manejaba. Me dio el horario de 22 a 24 de lunes a viernes y como era el final del día y los días les deben sus nombres a los dioses romanos, decidí que el nombre era apropiado. Sergio me dio el visto bueno y salimos al aire por primera vez en diciembre de 2002.
El programa es un poco un tributo al Rock. Hago entrevistas, paso la música que me gusta y doy mi opinión sobre lo que sea. Tengo una locutora que me asiste y que, con el tiempo, se ha convertido en una segunda conductora del programa. Por mi estudio, ya sea en persona o por teléfono, ha pasado casi todo aquél que ha sido parte del Rock nacional y que aún sigue con vida. Charly, Nito Mestre, Lito Nebbia, Raúl Porcheto, Baglietto, Marilina Ross, Calamaro, León Gieco, David Lebón, Pedro Aznar. El flaco Spinetta, que en paz descanse. Todos pasaron por mi micrófono y de todos me llevé recuerdos increíbles. Recuerdo cuando, entrevistando a David Lebón, le confesé que el disco Serú Girán había sido el primer disco de rock que había escuchado en mi vida. Le propuse que escucháramos Seminare, pero David hizo lo inesperado. Pidió una guitarra y la tocó en vivo.
Pero el rock no es el único que ha estado presente en mi programa. He tenido largas charlas con personajes a los que, por respeto, les converso desde mi silencio. Como ha sido el caso de la vez en que Enrique Pinti aceptó mi invitación al programa. No hablamos de política. Ni de actualidad. Hablamos de lo que era hacer teatro en una época donde te cagaban a palos o desaparecías por dar la opinión que nadie quería escuchar. Que nadie no, que los poderosos no querían escuchar. Había muchos oídos ávidos de opiniones libres. Muchas mentes deseosas de ideas nuevas. Mucha sangre que hervía por hacer del mundo un mundo mejor.
Ese día era sábado y no iba a hacer mi programa. Me iba a encontrar, sándwich tostado de jamón y queso en pan de centeno bajado con un café con leche de por medio, con una hermosa mujer que tenía voz dulce y un futuro incierto en mi vida.
Mientras esperaba, Manuel Rivas y su lápiz rojo me hizo compañía. La mesera se acercó a mí en dos ocasiones, la primera le dije que no necesitaba nada y en la segunda le dije que me trajera una cerveza. Miré mi reloj y noté que las seis estaban a la vuelta de un cuarto de giro, con lo cual la lectura se hizo imposible.
Cómo parecer calmo cuando la ansiedad te corroe es algo para lo cual deben haber escrito varios libros. Lo cierto es que yo no he leído ninguno de ellos. Llamé a la mesera, le pedí que retirara la botella de cerveza vacía y que me trajera una botella de agua mineral. Pero enseguida reculé y cambié mi pedido por otra cerveza y unas bandejitas para picar. Quería ir al baño, pero no quería dejar la mesa vacía ni quería arriesgar a que alguien se llevara mi libro. Iluso de mí. Quién iba a llevarse mi libro.
Me levanté, hice una visita relámpago a los sanitarios y salí con las manos oliendo al jabón líquido que había a disposición de la clientela. Entonces, el teléfono comenzó a vibrar en mi bolsillo. Lo saqué de camino a mi mesa y atendí sin mirar la pantalla.
– ¿Hola?
–Hola, estoy casi ahí.
– ¿Diana?
–Sí, ¿mi número te aparece como número privado?
Entonces miré la pantalla y vi su nombre escrito en ella. –No, perdoná, no estoy acostumbrado a usar estos aparatos.
–¿En serio?
–Ayer me regalaron mi primer celular –. Escuché su risa. Era cristalina. Qué lindo es escuchar una risa cristalina –. Me senté junto a uno de los ventanales del lado de El Salvador.
–Ok. Ya entro.
Entonces ella entró. Parecía más alta en persona que en fotos, aunque tenía unos tacos que la levantaban varios centímetros del piso. Llevaba el cabello en una melena corta partida al medio de la frente y con una onda suave. Era oscuro y se veía abundante. Su físico era el ideal para mí, sin la delgadez extrema de una modelo y con la dosis adecuada de curvas en los puntos significativos. Vestía una camisa corta verde manzana con una musculosa amarilla y un pantalón blanco. Sus ojos se escondían detrás de lentes oscuros, pero apenas dio dos pasos dentro del bar se los quitó y reveló un ámbar brillante. Su rostro era bello y armónico, quizá con una cuota de maquillaje innecesario, en el que resaltaban unos labios delgados y una sonrisa que nacía en los ojos y se plasmaba en los dientes impecables. Adivinó de inmediato quién era yo y se dirigió hacia mí. Yo la esperé junto a la mesa, atento a las señales de su cuerpo para saber cómo saludarla. Ella se inclinó para darme un beso y yo me encontré con ella a mitad de camino.
–Hola –dijo –, otra vez.
–Hola –respondí –, dejame ayudarte con…
Acomodé su silla mientras ella se sentaba y luego volví a ocupar mi lugar. La mesera hizo su aparición con mi cerveza y los platitos con queso, jamón, maní y palitos salados.
– ¿Qué querés tomar? –le pregunté.
–Traeme un agua tónica –le dijo directamente a la mesera, la que se retiró sin decir nada.
–Bueno –dije por la mera necesidad de impedir que el silencio formara parte del encuentro –, acá estamos.
Ella sonrió –. Qué dulce, estás nervioso.
–El problema son las expectativas.
– ¿Cuáles?
–Las que otros han puesto sobre mí. Tu amiga Nancy, mi hermano, mis tías.
– ¿Nancy ya no es más tu cuñada?
–Algo me dice que el título de amiga, en este caso, pesa más que el parentesco.
–No, no creo. Lo que me sorprende es que te afecte tanto.
–Mi familia es muy pequeña. Siempre lo ha sido. Y la hemos pasado difícil. Yo viví muchos años afuera y lo que más necesité en mi exilio fueron ellos.
– ¿Exilio?
–Voluntario. Me fui porque quise irme, pero no me sentí inmigrante mientras estuve afuera, siempre me sentí un exiliado.
– ¿Y ahora? ¿No extrañás el afuera?
–Extraño a algunos amigos que han quedado allá, pero no extraño el lugar. No como extrañé a Buenos Aires.
–Yo viví dos años en Nueva York y fue heavy.
– ¿Por qué te fuiste?
–Fui a estudiar. Hice una maestría en Derecho Internacional Privado. La verdad es que no me arrepiento, porque me ha abierto muchas puertas, pero lo sufrí horrores.
–Yo viví en Boston, Madrid y Barcelona. En Boston estuve con un amigo, en Barcelona, solo.
– ¿Fuiste a Harvard?
–No, yo no. Yo estudié letras acá. Estuve allá haciéndole el aguante a un amigo que tenía el sueño de graduarse antes de morir.
El silencio hizo su primera aparición.
– ¿Lo logró?
–Sí, por suerte lo hizo. Después lo traje a Buenos Aires –No pude evitar la sonrisa al recordar sus últimas palabras.
– ¿Qué? –preguntó ella.
–Nada, me acabo de acordar de lo último que me dijo. Moribundo y todo, tenía un sentido del humor increíble.
– ¿Qué te dijo?
–No lo entenderías. Como dicen los ingleses, es un chiste privado. Así que sos abogada.
–Sí, trabajo en un estudio de Puerto Madero.
–Estudio paquete. ¿Te explotan mucho?
–Sí, entro todos los días a las 8 y no sé cuando salgo –dijo, y luego, como justificándose, agregó –, pero me gusta lo que hago.
–Si no fuera así, supongo que no lo harías.
–Sí –dijo –, supongo que sí.
– ¿Y qué haces cuando no estás en la oficina?
–Como, duermo, a veces me encuentro con alguien a tomar algo. Y otras cosas que no vienen al caso.
La moza llegó con la botella de agua tónica y un vaso largo, el que llenó a la mitad. O dejó medio vacío. Le agradecimos y se marchó con tanto sigilo como se había aproximado. Diana tomó un sorbo y yo hice lo mismo con mi cerveza. Luego agarré un dado de queso y me lo llevé a la boca.
–No me dejes comiendo sólo.
–Está bien, paso.
– ¿A dieta?
–Un poco.
–Yo debería ponerme a dieta, no para bajar de peso, más bien para ordenar un poco mis hábitos alimentarios.
–Se te ve bien.
–A vos muy bien y eso no te impide estar a dieta.
El piropo entró con tanta sutileza que ni se dio cuenta de que se había ruborizado. –Bueno –dijo –, es un poco de mantenimiento.
–Como los autos, un service cada 1500 kilómetros.
–Depende de qué tipo de service hablamos.
Ahí fui yo el que sintió el calor en sus mejillas. Ella se rió. La charla siguió por otras dos cervezas y una pizza que compartimos cuando dieron las ocho y ya estábamos con la mandíbula dolorida de tanto reírnos. A eso de las nueve y media pedí la cuenta y ella quiso compartir el gasto. Le dije que no había problema y, cuando la camarera llegó con el ticket le entregue mi tarjeta de crédito antes de que Diana tuviera tiempo de abrir su bolso. Ella quiso discutir y yo me disculpé.
–Lo que ocurre es que es un acto reflejo de tanto comer solo –le respondí. Firmé el cupón de la tarjeta y se lo entregué a la mesera con un billete adosado a modo de propina –. Otro acto reflejo –dije antes de que sus protestas se formalizaran.
Salimos de Sullivan’s y la acompañé a su casa. Era un coqueto edificio sobre la calle Serrano, nombre de Borges del otro lado de la plaza con forma de diamante que está en la intersección de estas dos con Honduras, dos cuadras antes de llegar a Avenida Córdoba. Entonces se produjo el momento de la definición. O me daba el besito de las buenas noches, o me invitaba a subir.
–Me gustó conocerte –dijo ella –, pero no soy de las que invitan a un hombre a su casa en una primera cita.

–Me parece justo –le respondí. Entonces, me apoyó una mano sobre el pecho mientras se ponía a distancia de un suspiro. Era media cabeza más baja que yo con esos tacos altísimos. De pronto, me pareció que crecía. Entonces, sus labios se encontraron con los míos para darle vida a nuestro primer beso.