Pueden visitarlo en mi página de face, acá les dejo el link.
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=643683989046092&set=a.346371342110693.79536.345813362166491&type=1&theater
He aquí mi blog. He abierto otros antes que este, pero esta es la primera vez que me institucionalizo con una de estas herramientas. Desde aquí pretendo dar noticias al mundo sobre mí, sea o no que el mundo esté interesado en leerlas. Supongo que alguien lo hará. Bienvenidos blogonautas y a comunicarse!
Translate
sábado, 7 de junio de 2014
sábado, 1 de marzo de 2014
LAS VOCES DEL SILENCIO. Por Juan Brian Doyle
1.
El silencio
llegó de manera inesperada.
Aquella noche
me encontraba caminando por el borde de Parque Saavedra para aprovechar un poco
de la fresca brisa que se dignó a visitar Buenos Aires después de tres días de
calor infernal. No había sido una decisión original. Sobre el césped, familias
enteras se tomaban un respiro mientras, sobre una lona o un mantel, desplegaban
termos, botellas con agua, jugo o bebidas carbonadas, sándwiches de milanesa,
de jamón y queso, salame y queso, mortadela y queso o de salchichón primavera y
fiambrín en pan francés, lacteado, figaza, de centeno, de salvado o con
semillas. Cada uno con su gusto y variedad. También estaban las parejitas que
tomaban helado comprado en la heladería nueva de Pinto y García del Río, o los que
sólo disfrutaban del aire fresco. Algunos lo hacían tirados sobre la hierba,
sin preocuparse por las hormigas, los mosquitos o los bichos colorados. Algunos
aprovechaban el regazo de su pareja para usarlo de almohada, otros se enredaban
en juegos amorosos, indiferentes de los que estaban tan indiferentes a ellos a
su alrededor.
Pese a que la
doceava campanada estaba pronta a tocar, podía escucharse entre las copas de
los árboles el trino de cientos de aves que, quizá, también festejaban la
llegada del aire fresco. Palomas, mirlos, zorzales, gorriones y verdes cotorras
chillonas se disputaban el aire. Por su parte los lapachos, jacarandás,
eucaliptos, tipas, pinos, palmeras, moreras, ceibos, aromos y sauces habían
organizado un concurso de danza de hojas en el que no parecía haber un seguro
ganador. En el cielo, las estrellas hacían de jurado con la conducción de una
luna que se había puesto sus galas de plenilunio. Las nubes parecían ser las
únicas que no habían sido invitadas a la reunión espontánea que se estaba
llevando a cabo en cada parque y espacio verde de Buenos Aires.
Ya había dado
dos vueltas por el sendero exterior cuando la sed me hizo acercarme a un hombre
que se paseaba con una heladerita de plástico colgada del hombro con una correa
dando aviso a voces de las ofertas del día.
– ¿Qué le
queda? –le pregunté.
–Gaseosas queda
algo, tengo agua mineral y de las aguas saborizadas me quedan de pera y de
mandarina.
– ¿Mandarina?
No sabía que hacían de ese sabor. ¿Cuánto?
–Diez pesitos.
Saqué el billete
de a diez y se lo entregué. El hombre sacó una botella de plástico de 600 ml y
me la entregó. La abrí y me apuré un buen trago.
–Rica –dije
después de tomar aire.
–La verdá –dijo
el hombre –no la probé. Odio las mandarinas. De chico teníamos un árbol y me
hacían comer mandarina para todo. “¿Qué hay de postre?” preguntaba yo y mi
vieja respondía “mandarina”. No las puedo ni ver.
–A mi me pasa
lo mismo con la manzana –le dije –, aunque nunca tuve un manzano en casa. Pero
mi viejo era de Río Negro y amaba las manzanas. Ni la sidra me banco.
–Ahhh, si
hicieran un licor con las mandarinas…
–Lo hacen. Es
parecido al lemoncello.
– ¿En serio? No
sabía.
–Sí, hay
lemoncello, narancello, uno de pomelo y otro de mandarina. Pero a esos les
dicen licor de pomelo y de mandarina, porque en mandarincello y el pomelcello
no son nombres muy marquetineros.
–Qué lo parió
–dijo mientras se colgaba la heladera al hombro nuevamente. Sin despedirse,
retomó su marcha al grito de “gaseosa fresca, bebidas” y yo aproveché para
tomarme otro trago que dejó medio llena mi botella de agua saborizada.
Me interné en
el parque y busqué un lugar tranquilo donde sentarme. Si hubiera sido de día,
hubiera tenido que esquivar a los grupos de futboleros que jugaban en sus
canchas imaginarias con arcos marcados por bolsos o remeras, hubiera tenido que
huir del rayo del sol y refugiarme bajo la sombra de alguno de los árboles
frondosos que allí moran, pero siendo la última hora del día, no había
energúmenos persiguiendo pelotas ni rayos de sol salvajes de los cuales huir,
así que me puse en un parche de hierba verde en el que abundaban los tréboles.
Con las nalgas
en el suelo y las rodillas levantadas, observé a la gente a mí alrededor. Había
dos mujeres con tres críos que hablaban a los gritos. No discutían ni peleaban,
pero gritaban. Una parecía ser la madre de la otra y las dos parecían haber
nacido con un megáfono en la garganta. Los tres críos, que tendrían entre ocho
y doce años, corrían de un lado al otro sin alejarse de ellas más de quince pasos.
Rodaban por el pasto y se reían, y las dos mujeres encontraban oportuno
reprenderlos a todo momento por divertirse.
Giré la cabeza
al otro lado y pude ver a una mujer con un perro. Era un bicho hermoso, con
pelaje oscuro y con unos ojos intensos. Su propietaria tenía cabello castaño
rojizo muy corto, casi afeitado a los costados. Tenía un piercing en la ceja y
fumaba mucho. Cuando ella me notó, bebí un sorbo de mi bebida. Ella volvió a su
cigarrillo y decidió ignorarme. Aproveché ese momento en que ella miraba hacia
el otro lado para concentrarme en su físico. Vientre plano, pechos pequeños,
piernas largas y bien marcadas por el gimnasio. Sus brazos eran delgados y
largos, pero no esqueléticos. Me llevé la botella a la boca y decidí enfocar la
vista hacia otro lado. Seguramente no tendría oportunidad con ella.
Un perro
labrador dorado pasó corriendo a mi lado y me sobresaltó. Volví la vista hacia
la mujer del perro y vi que se reía. Era ahora o nunca. Me levanté, sacudí el
pasto de mis nalgas y me acerqué a ella. Ella no corrió la cara esta vez. No
más de siete pasos nos separaban, un espacio demasiado corto para pensar en
algo inteligente que decir. Cuando llegué a su lado, me limité a señalar el
pasto a su lado y preguntar:
– ¿Puedo?
–Si no te
asusta mi perro… –respondió ella.
–En general no
me asustan los perros, ese me tomó por sorpresa.
–A tu riesgo,
entonces, no respondo por Goliat.
Goliat era un
Terranova hermoso, con su pelaje negro brillante y unas fauces capaces de
quebrar un fémur con un mordisco. Antes de sentarme, el can giró la cabeza para
registrarme y, de cierto modo, me sentí intimidado. Sin embargo, la actitud de
la dueña me decía que no corría peligro así que me senté.
– ¿Qué tomás?
–me preguntó al ver mi botella.
–Agua
saborizada de mandarina.
– ¿En serio? No
sabía que hacían de mandarina.
–Yo tampoco, la
acabo de probar.
– ¿Y qué tal
es?
Qué hacer,
responder la pregunta u ofrecerle la botella para que juzgue por sí misma. Un
dilema que podía significar mi continuidad en el partido que comenzaba a
jugarse.
–A mí me gustó,
¿querés probar?
Le tendí la
botella y esperé. Ella no titubeó. Extendió su mano, agarró la botella y se la
llevó a los labios. Uno, dos, tres segundos duró el sorbo, el que tomó con la
cabeza inclinada hacia atrás, dejando al desnudo un perfil magnífico de su
rostro. Sólo unas facciones como esas podían llevar bien una cabeza medio
afeitada. Rostro con forma de diamante, con pómulos altos y una nariz delgada y
recta. Sus ojos eran de un color amatista muy llamativo.
–Rica –dijo a
la vez que me regresaba la botella –, gracias.
–De nada. Soy
Darío.
–Matilde y,
como ya dije, este es Goliat.
El sabueso giró
la cabeza nuevamente y tras jadear un instante, volvió su atención al frente.
–Un gusto.
Como seguir.
Hacer un comentario obvio sobre el clima, decir algo sobre su perro, tirarle un
piropo o comienzo un interrogatorio. O, alternativa nunca usada, no digo nada y
espero a que ella me dé un indicio respecto de cómo quiero seguir,
arriesgándome a quedar como un boludo.
–Es un
Terranova, ¿no?
Ella se
sorprendió. –Sí, muy bien. Se ve que sabés de perros.
–Un poco. Soy
veterinario.
– ¿En serio?
–Sí, pero no
ejerzo, Al menos, no de la manera convencional. Si bien soy veterinario, me
especialicé en patología. Eso hago, soy patólogo.
– ¿Y qué hace
un patólogo?
–Básicamente
estudio las muestras de tejido que me envían otros veterinarios y las analizo
para ayudar a determinar que patología las afecta.
–Wow. Así que
sos un bicho de laboratorio.
–Más o menos.
Sí.
– ¿Y eso te
gusta?
–Sí, prefiero
eso a ser el médico de los animales. Poco antes de terminar la carrera se me
murió mi perro y no pude soportarlo. Pensé que tratar con perritos que se
pueden morir iba a ser demasiado doloroso, así que opté por mi especialización.
Las muestras de tejido no te hacen ojitos cuando se sienten mal.
–Este estuvo
enfermo hace unos meses. No puedo explicar cuánto me angustié.
Se hizo un
silencio. Entre nosotros, porque las dos mujeres seguían gritando y las aves
seguían trinando. Pero ese silencio fue lo que necesitaba para salirme del tema
y preguntar.
– ¿Y vos? ¿Qué
haces?
–Estudio. Y
trabajo.
– ¿Se puede
saber qué?
– ¿Qué estudio
o de qué trabajo?
–Qué estudias.
La otra pregunta la dejamos para después.
–Estudio diseño
gráfico y trabajo en una imprenta.
– ¿En una
imprenta? ¿De las que hacen papelería comercial, participaciones y todo eso?
–De las que
hacen cajas para tintura de cabello, cajas de arroz, cajas de cereales, de
sobrecitos para hacer jugos. Los sobrecitos de los jugos. De ese tipo de
imprenta.
–Mirá que bien.
¿Y etiquetas para botellas?
–No las de esa
marca.
–Pero sí otras.
–Sí, hacemos
para una embotelladora de México.
– ¿Te gusta el
cine?
Se sorprendió
con la pregunta. –Sí, claro, me gusta ir al cine.
–Me gustaría
invitarte a ver una película uno de estos días. Vos elegís el título, yo veo
cualquier cosa.
– ¿Cualquier
cosa?
–Sí, amo el
cine y veo todo lo que puedo. Comedias románticas, dramas, pelis de tiros, de
vampiros. Vi las cuatro de Crepúsculo y vi las cinco de Duro de Matar. Hasta
las películas iraníes he ido a ver.
–Un fanático.
–No, fanático
no.
–Sí, me
gustaría ir al cine con vos.
Entonces, se
hizo un silencio grave entre nosotros. Pero no éramos sólo nosotros. Las dos
mujeres no gritaban, los árboles no susurraban y las aves no trinaban. Todos en
el parque se quedaron inmóviles. Personas, perros, aves, insectos. Hasta el
aire se detuvo. Entonces, el cielo se encendió con un relámpago y todo volvió a
la normalidad. Fue como si alguien hubiera apretado el botón de pausa en nuestras
vidas.
Goliat se
levantó y comenzó a moverse inquieto. Matilde me miró a los ojos. Estaba
asustada. Se puso de pie y miró al cielo. Yo hice lo propio. Goliat comenzó a
ladrar. Entonces me encontré con los ojos de Matilde nuevamente y,
desconcertada, ella preguntó.
– ¿Qué pasó?
2.
¿Qué pasó? La
pregunta que Matilde escupió con miedo resonaba en mi cabeza. Ese silencio. Esa
inmovilidad involuntaria. Esa explosión de luz. Me hubiera gustado preguntar
primero, así no hubiera estado obligado a darle una respuesta.
–No sé. Fue
raro, ¿no?
–Sí…
Observamos a la
gente a nuestro alrededor. Allí estaban las dos mujeres con los tres críos. Sus
conversación a gritos parecía no haberse interesado en los eventos de hace unos
instantes. Los chicos parecían más interesados en correr y revolcarse sin
preocuparse por las amenazas de las dos mujeres que en el relámpago que había
vuelto día la noche por un segundo. Los perros corrían, los ciclistas rodaban
sobre sus bicicletas y las familias comían sus sándwiches bajo la luz de la
luna.
– ¿Somos los
únicos que nos dimos cuenta? –pregunté de pronto, apurado por no tener que
admitir mi ignorancia una vez más.
–No sé… Aunque
parece que nadie más…
–Sí…
–Mierda.
Volvimos a
sentarnos. Goliat se fue sobre su dueña, buscando refugio entre los brazos de
Matilde. Estaba nervioso, asustado. No me atreví a tocarlo, aunque estaba
seguro de que el perro no rechazaría mis caricias.
–Mejor me lo
llevo a casa –dijo Matilde.
–Te acompaño.
Si querés…
Me dedicó una
sonrisa tibia. –Sí, quiero.
–Lástima que no
estabas frente al altar.
Se rió. Chiste
arriesgado el mío. Todos saben que los chistes disfrazan una verdad escondida.
No era la primera vez que lo hacía, aunque sí era la primera vez que daba
resultado.
Caminamos hacia
el suroeste, hacia la esquina de Roque Pérez y García del Río, sin apuro, ya
que no queríamos llamar la atención. Aunque nada que hiciéramos podría alterar
las mentes de los que nos rodeaban. Todos parecían sumergidos en un estado de
indiferencia a lo que los rodeaba que a mí me resultaba inexplicable. Yo
siempre estoy atento a todo. Al hombre que va trotando por el borde del parque
y a la mujer que duerme sobre la reposera detrás de sus lentes oscuros. A los
adolescentes que comparten los auriculares de un mismo MP3 y a la señora que se
queja con su marido de que los calores de Buenos Aires ya no son como los de
antes.
Lo que nos
sorprendía más era que, en las conversaciones que escuchábamos al pasar, nadie
mencionaba ese silencio que nos había capturado ni ese resplandor que había
llenado el cielo por un instante.
Al detenernos
sobre el cordón de la vereda en la intersección de García del Río con Roque
Pérez pude ver a una pareja que abandonaba la mesa del café que funcionaba en
la esquina de enfrente. Al no venir autos por la calle, me apuré a cruzarla y
me coloqué junto a una de las sillas vacías para reclamarla como propia.
Entonces busqué la mirada de Matilde y la invité a sentarse.
–Es tarde…
–Mañana es
feriado.
–Es cierto.
–Necesito que
te sientes y tomes algo conmigo.
– ¿Necesito?
–Te juro que no
te voy a pedir que me limpies mi cabeza.
– ¿Ni que
cocine guisos de madre, postres de abuela y torres de caramelo?
–Lo juro.
–Porque no
puedo cocinar guisos, a lo sumo te hago un postre vigilante y si querés una
torre de caramelo, tendrás que conformarte con un montoncito de sugus.
–Si dejás
afuera los de menta, vamos con los sugus.
Con una sonrisa
hermosa en los labios, Matilde ocupó su silla con una elegancia que me dejó
incapacitado por unos segundos para ejercer cualquier función vital. Corazón
detenido, pulmones vacíos, solo la inercia hacía que mi sangre circulara por
los canales convencionales. Antes de perder el conocimiento, tanto pulmones
como corazón acataron la conciliación obligatoria dispuesta por el sistema nervioso
central, que a esas alturas estaba perdiendo la calma, y retornaron a sus
tareas habituales.
– ¿No te
sentás?
–Sí, sí. Sólo
estaba viendo dónde se ponía Goliat.
El Terranova me
lanzó una promesa de dolor con su mirada y se echó junto a los pies de su
dueña. Entonces ocupé la silla vacía a mi lado y comencé a pensar en cómo
manejar la situación.
Durante los
últimos nueve años había estado en pareja con una mujer que me había abandonado
por las promesas de amor y fortuna que su jefe, un alto directivo de la
aseguradora en la que trabajaban ambos, le había hecho. Ella era una secretaria
que soñaba con codearse con lo mejor de la sociedad. Algo que nunca queda
demasiado claro dónde está. Según el criterio aplicado, puede variar de manera
abismal el puesto que a uno le otorgan en el ranking social.
Nunca voy a ser
rico. Lo sé. Un patólogo veterinario no va a ganar el Premio Nobel, ni
desarrollará ningún producto revolucionario que lo convierta en un capitán de
la industria. Tampoco voy a ganarme la Lotería. No por mi mala suerte, sino
porque nunca juego. Tampoco quiero ser rico. Gano bien, vivo bien y no me
interesa tener más.
Yo creí que mi
ex era como yo, pero el desarrollo de los hechos me llevó a deducir que había
ciertas necesidades insatisfechas en ella que sólo alguien con mayores ingresos
–y cuando digo mayor, me refiero a la diferencia entre un neonato y un geronte
–podía satisfacer.
La cuestión es
que, durante los últimos nueve años, mis armas de seducción habían estado
guardadas en un viejo galpón que tenía goteras por todos lados. Cuando fui a
buscarlas, descubrí que estaban arruinadas por la humedad y el desuso. Por eso,
tenía miedo. Miedo a meter la pata, a decir algo inoportuno, a espantar a
Matilde para siempre.
Aunque en el
fondo, estaba seguro de que ella no era de las que se espantan con cualquier
cosa.
Sentados en un
bar después de menos de media hora de conocernos, no sabía bien cómo actuar. No
sabía nada de ella. Ni sus gustos –salvo que le gustaban los perros y el agua
mineral con sabor a mandarina –ni sus costumbres me eran familiares. Entonces,
lo mejor era dejar que ella me guiara por ese gran parque temático que era
ella. Su vida, sus gustos, sus sueños y anhelos. Un parque al que, en ese
momento, estaba dispuesto a entregar hasta mi vida para que me dejen entrar.
La mesera se
acercó a nosotros con cara de cansancio y con una carpetita de plástico que
hacía las veces de carta. Amagó con dejarla e irse, algo que no debe permitirse
nunca, pero yo la atajé antes de que pudiera darse vuelta.
–Yo quiero una
cerveza –dije sin pensarlo –, ¿vos?
Matilde pensó
dos segundos y dijo. –Trae una grande y dos vasos.
– ¿Alguna en
especial?
Vi en una mesa
contigua una de las marcas que vendían y opté por ella. La moza se retiró y yo
me acomodé en la silla.
–Me estás
llevando por el mal camino –dijo Matilde con mucha seriedad.
–Primero el
alcohol, vaya a saber qué después.
–Tenemos
clarísimo qué. Los hombres sólo quieren una cosa.
–A veces
queremos dos.
Matilde se rió.
–Sí, a dos llegan, pero si vas por el tercero ya empiezan a poner reparos.
–Los años no
vienen solos.
– ¿Cuántos?
–Qué.
–Años.
–Como dirían en
tiempos pasados, llevo 36 inviernos en mi haber.
–No primaveras.
–La primavera
la sobrevive cualquiera. Lo complicado es el invierno.
–Así que no es
una cuestión de gusto.
–No, más bien
de supervivencia. ¿Y vos?
–Yo no
sobrevivo, vivo.
–Ah, que
profundo. ¿Y hace cuánto?
–A una dama no
se le pregunta.
–Perdóneme el
atrevimiento, Mi Señora.
–Pero como yo
no soy una dama, te lo puedo decir.
Ella hizo la
pausa. Estoy seguro que esperaba algún comentario de mi parte antes de que ella
soltara prenda, pero antes llegó la camarera con la botella de cerveza y dos
copas enfriadas. Esta apoyó las copas sobre la superficie de madera de la mesa,
destapó la botella y sirvió. Luego dejó la botella sobre la mesa y se fue.
–Podes decirlo,
pero no vas a decirlo –dije al fin.
–Démosle al
suspenso una oportunidad.
–De acuerdo –.
Alcé mi vaso e hice el inequívoco gesto del brindis. Ella hizo lo propio con el
suyo y los cristales chocaron por un segundo. La vibración en ambas copas nos
transportó al silencio que habíamos vivido hacía unos instantes. Mis ojos
quedaron nublados por el resplandor pasado.
–Darío –de
pronto escuché. Era Matilde. Se veía preocupada –. ¿Estás bien?
Es una pregunta
a la que se le suele dar una respuesta apurada. Yo no estaba preparado para
hacerlo. Me llevé mi copa a los labios y bebí la mitad de su contenido. Al
apoyarla sobre la mesa me metí dentro de los ojos de Matilde, tan bellos y
profundos, y pude serenarme.
– ¿Estás bien?
–insistió ella. Lo mejor era ser honesto.
–No lo sé.
3
Después de
pagar la cerveza acompañé a Matilde hasta su casa, un PH en la calle Jaramillo
entre Roque Pérez y Melián. Caminamos despacio, sin decir mucho, precedidos por
Goliat, que olisqueaba cada árbol, cada puerta, cada piedra levantada sobre la
vereda.
A medida que
nos acercábamos a destino, la tensión fue aumentando entre nosotros. A esa
altura, ya intuía que un poco le gustaba. Nunca fui demasiado avispado para las
cosas del corazón. Ni para las de la bragueta. La cautela que me caracterizaba
había sido una adquisición necesaria después de una cadena de rebotes
vergonzantes en mi juventud, cuando no había entendido que si una chica sólo me
pregunta por uno de mis amigos, iba a ser difícil que quisiera bailar conmigo.
Errores comunes de un adolescente caliente.
Esos errores te
marcan para toda la vida.
Al llegar a
pocos pasos de la puerta de la casa de Matilde, ella la señaló y, con timidez,
dijo,
–Ahí vivo.
–Linda cuadra.
–Una cuadra de
barrio. ¿Vos vivís cerca?
–No vivo lejos
de aquí, Núñez entre Zapiola y Cramer.
– ¿En la cuadra
del Colegio la Asunción?
–Justo
enfrente. Aunque ya no se llama así.
–Mi papá fue a
ese colegio, fue una pena que lo cerraran.
–Sí, siempre es
una pena cuando una escuela se cierra.
–No te invito a
pasar porque están mis viejos durmiendo. Tenemos un acuerdo…
–Me imagino.
Me acerqué a
besarla. Fue un acercamiento incierto, sin apuntar a ningún lugar específico.
Ella de inmediato decidió salir a buscarme con sus labios. Fue un beso pequeño,
pero promisorio. Ella me despidió con una sonrisa. Y cuando cerró la puerta, me
di cuenta que no le había pedido el teléfono. Sus padres dormían, no podía
tocar el timbre. Me quedé mirando la puerta durante medio minuto hasta decidir
que no había nada que hacer salvo devolverme a mi casa para pasar la noche. Di
la vuelta y comencé a bajar por Jaramillo.
No había dado tres pasos que escuché la puerta que se abría.
–Darío.
Tratar de no poner
cara de boludo en ciertas situaciones es imposible. Giré sobre mi eje y me
encontré con los ojos de amatista de Matilde asomándose a la vereda.
–Sí.
Me tendió un
papel. –Mi teléfono.
No terminó de
decir “mi” que ya estaba quitándole el papel de la mano. –Ah, sí, que boludo,
no te lo pedí.
–Mandame un
mensajito así agendo el tuyo. Mañana, ahora me voy a dormir.
No pude
reprimir el impulso y volví a besarla. Esta vez fue un beso sostenido, que
incluyó una caricia sobre su rostro. Cuando me separé de ella estaba sin aire.
–No iba a poder dormir sin eso.
–Yo no sé si
voy a poder dormir ahora –dijo ella con tanta dulzura que pensé que me iba a
convertir en la primera persona en morir por combustión espontanea –. No te
olvides del mensajito, mañana.
La puerta se
cerró y yo comencé a transpirar como una bestia. Prácticamente corrí hasta mi
casa. Al llegar, lo primero que hice fue quitarme la ropa y darme una ducha
fresca para quitarme el perfume que los litros de sudor vertido me habían
regalado. Después busqué una lata de cerveza de la heladera y me fui al balcón
a beberla. Allí estaba cuando pude ver, hacia el noreste, una nube que parecía
albergar su tormenta eléctrica privada. La actividad lumínica era
impresionante. Un poco asustado, me metí dentro del departamento y arrojé la
lata vacía al tacho de basura.
En esa nube
había algo más, pero en ese momento yo estaba demasiado cansado para tratar de
averiguarlo.
4.
Al día
siguiente me levanté tarde. No tenía que llegar al laboratorio hasta después
del mediodía y había pasado una mala noche. Después de salir a correr un rato
me duché, desayuné un café con leche con tostadas y una banana. Encendí la
computadora y revisé mi cuenta de correo. Seis correos que me ofrecían ofertas
turísticas, para comprar otro automóvil, para agrandar el tamaño de mi músculo
más preciado y para conocer a la mujer de mis sueños. Ninguno de ellos resultó
ser de interés. Había dos correos de clientes y otro de una universidad de Perú
que me invitaba a participar de un simposio en Lima.
Después de
borrar los correos no deseados y contestar los de mis clientes, escribí una
poco inspirada nota de agradecimiento a la universidad que declinaba con cierta
cortesía la invitación enviada. Poco satisfecho con mi capacidad literaria, me
levanté del escritorio y encendí el televisor para enterarme de la temperatura
y el pronóstico para el día. Al sintonizar el canal de noticias, pude ver a una
cronista en un móvil que se había instalado en las inmediaciones del centro
comercial DOT. Al pie de pantalla, con letras de considerable tamaño, el
titular de la nota rezaba: “Edificio desaparece en Saavedra.”
–Así es Débora.
Esta mañana, los trabajadores del edificio de la calle Arias al 3700 llegaron
como cada lunes a trabajar para encontrarse que el edificio donde lo hacen
había desaparecido. Como podés ver, la reja que lo rodea y las garitas están
intactas, sólo falta el edificio. No se derrumbó, no fue demolido. Sólo
desapareció.
– ¿Cómo por
arte de magia? –preguntó la presentadora desde el estudio.
–O como si se
hubiera abierto un portal entre dos mundos. Pude hablar con varios vecinos de
la zona que cuentan que anoche, después de la medianoche, pudieron ver que el
edificio quedó envuelto por una nube oscura en la cual se desarrollaba una
actividad eléctrica que alarmó a muchos. Muchos decidieron refugiarse en sus
casas, por miedo a que los fulminara un rayo. Otros decidieron alejarse. Lo
cierto es que después de varias horas, la nube se disipó y, con ella, el
edificio.
Cambié de
canal. Y luego otra vez. Puse la CNN y luego un canal de Chile. En todos
hablaban del edificio que se había esfumado. Apagué el televisor. Desde mi
balcón había sido testigo de esa extraña actividad eléctrica. Nadie hablaba del
silencio. Ni del resplandor que cruzó el cielo mientras estaba en la plaza.
Claro, frente a la desaparición de semejante mole de concreto, acero y cristal,
lo que habíamos experimentado con Matilde en Parque Saavedra no parecía algo
relevante.
Matilde. Decidí
llamarla. Ya pasaban las once, seguro que estaba despierta.
El teléfono
repicó tres veces. Entonces escuché su voz. –¿Hola?
–Hola, soy
Darío.
–Hola, pensé
que me ibas a mandar un mensajito.
–Sí, pero me
pareció que me resultaría más placentero escuchar tu voz.
–Siempre con un
poco de miel en los labios vos.
–Así soy.
¿Viste el noticiero?
–No, no veo
tele.
– ¿De verdad?
–De verdad, de
hecho, no tenemos tele en casa.
–Bueno, cómo
explicarte. Desapareció el edificio que está atrás del DOT.
–¿Cómo?
–Como lo oís.
No está, se fue, se lo llevaron. No sé cómo pasó, pero ayer antes de irme a
dormir vi una nube con mucha actividad eléctrica para ese lado. Parece ser que
esa nube se tragó el edificio.
–Me estás
jodiendo.
– ¿Te parece
que es manera de conquistar a una dama? ¿Joderla con un tema así? Lo que seguro
me ganaría es una patada en el culo. ¿Internet tenés?
–Sí, claro. No
somos menonitas.
–Conectate y
vas a ver.
–Ahora te
llamo.
Me cortó. Diez
minutos más tarde, recibí su llamada.
–Es de no
creer.
–Sí, ¿viste?
Pero no dicen nada de lo que pasó antes.
–La verdad es
que la desaparición de un edificio entero le gana a lo que experimentamos en la
plaza.
–Sí, así son
las noticias, prevalece la más importante. Pero la pregunta subyace. ¿Qué
hacemos al respecto?
– ¿De todo
esto? No sé, el patólogo y la diseñadora no parecen el equipo adecuado para
hacer nada al respecto.
–En serio, ¿qué
hacemos?
– ¿Querés cenar
esta noche? Podríamos ir al DOT a comer algo.
– ¿Te paso a
buscar a las ocho y media?
–A las nueve,
así tengo tiempo para ponerme linda.
–A las nueve entonces.
Beso.
–Beso…
5.
El día no
pasaba más. Fue otro día veraniego pesado y caluroso, de esos a los que Buenos
Aires no nos termina de acostumbrar nunca. Fui a trabajar, hice una docena de
informes, leí un artículo que pensé que me podría interesar, traté de trabajar
en uno que hacía meses que había comenzado y nunca encontraba el tiempo para
terminar. Almorcé, me tomé dos tazas de café y miré la hora en el celular unas
setecientas cincuenta y tres veces.
A las 19 salí
del laboratorio, me subí a mi auto, bajé las ventanillas y me dirigí a mi casa.
Ducha, desodorante, perfume y a elegir el vestuario. A las 20.30 estaba listo
para salir. Volví a subir a mi auto, esta vez con las ventanillas cerradas y el
aire acondicionado puesto para generar un ambiente que nos aislara del calor
insoportable que hacía afuera, y me dirigí a la casa de Matilde por el camino
más corto, vía Crisólogo Larralde hasta Melián para luego doblar por Jaramillo.
Detuve el auto
frente a la puerta del PH dónde había despedido a Matilde la noche anterior y
miré la hora en el celular. Eran las 8.45. Podía esperar hasta las 9 y bajar a
tocar el timbre, lo que quizá me pondría en la posición de tener que saludar a
sus padres, o podía mandarle un mensaje de texto avisándole que podía salir cuando
quisiera, que yo estaba afuera esperándola.
El miedo
patológico a conocer a los padres de una chica era una parte de mí. No
necesitaba a un profesional que me lo dijera. Había estado de novio con muchas
mujeres y de ninguna manera había aceptado conocer a sus padres, incluso
después de varios meses de relación. La verdad es que nunca me analicé, al
menos no con un profesional, pero me doy cuenta de que no soy de aquellos que
tienen la necesidad de agradar a los demás. Sólo a las personas que me agradan.
Eso me lleva a
no conocer a mucha gente, porque si no me agradan, tengo la necesidad de
hacérselos saber de alguna manera.
Por eso, mi
ocupación es ideal. No trato con personas casi nunca, salvo por correo
electrónico. Tengo una secretaria que me ayudan en mi trabajo. Ella es mi
antítesis. Habla con cualquiera de cualquier cosa y es difícil encontrarla
callada en actitud reflexiva. Se ocupa de mis clientes, de la cobranza y de
atender al contador, a los inspectores del Ministerio y a cualquier otra persona
que quiera, por algún motivo, comunicarse conmigo.
La verdad es
que, ahora que lo pienso, no sé como hice para comunicarme con Matilde aquél
domingo en el parque. La única explicación que encuentro es que realmente me
gusta mucho.
Escribí en mi
teléfono. “Aquí me tienes, de guardia ante tu puerta, esperando a que salgas a
opacar al mundo con tu belleza.”
Lo leí antes de
mandarlo y pensé que era demasiado cursi.
Lo borré.
Entonces
escribí. “Estoy afuera, en un Honda Fit rojo.” Más impersonal. Quizá demasiado.
Lo borré.
“Hola mi amor…”
Lo borré.
Primera cita y ya le digo mi amor. No va.
“Hola. Cuando
quieras salí, que estoy estacionado frente a tu puerta. Beso.”
El perfecto
equilibrio entre lo cursi y lo impersonal. Lo envié después de leerlo dos veces.
Un minuto más tarde, ella respondió con un “OK”. Ni un “ya salgo”, ni un
“aguántame que me estoy poniendo linda para vos.” Sólo “OK”. Me sentí
decepcionado. Se notaba que no le había dado mucho pensamiento al mensaje. Sólo
lo escribió y lo envió. Mientras que yo había redactado cuatro veces. O tres y
media, ya que el “Hola mi amor” no podía considerarse un mensaje completo.
¿Qué importaba
eso? Le había informado que estaba allí y ella me hacía saber que la
información había llegado a destino. ¿Qué más necesitaba? A veces soy más
jodido.
La puerta se
abrió y ella se asomó al mundo. Lo primero que vi fueron sus ojos de amatista.
Y sus labios, cubiertos por un brillante rojo que destacaba sus facciones más
sensuales. Vestía un top negro y un short blanco que contrastaba con su piel
dorada. Se había calzado unas sandalias negras de tiritas que se entrecruzaban
por su pantorrilla para terminar en un nudo debajo de su rodilla.
Me bajé del
auto al instante y fui a su encuentro. La besé en los labios y fui a abrirle la
puerta del lado del acompañante. Cuando hubo subido, cerré la puerta y corrí a
ocupar mi lugar en el vehículo.
–Qué bien que
se está acá –dijo de inmediato.
–No suelo usar
mucho el aire, pero hoy lo amerita.
Puse el auto en
marcha, di la vuelta por Roque Pérez hasta Larralde para retomar Melián. Pocas
cuadras después, entrábamos al DOT. Nos sorprendió el vacío que el edificio
desaparecido había dejado en el lugar. Había muchas personas, incluyendo media
docena de equipos televisivos que estaban de guardia para ver si el edificio se
dignaba a regresar, como si fuera un marido que había abandonado el hogar.
Dejé el auto en
el segundo nivel del estacionamiento y nos fuimos por el ascensor al patio de
comidas. Fuimos a un lugar en el que vendían ensaladas y sushi y pedimos una
caja con doce piezas y un ceviche con hierbas para compartir. Nos ubicamos en
una de las mesas y comenzamos a charlas un poco de nuestras vidas.
Matilde me dijo
que había estado de novia siete años con un muchacho al que había conocido en
el secundario. Hacía seis meses él le confesó que era gay y se fue a vivir a
Miami con un señor treinta años mayor y con mucho dinero. Ella, desde que
rompió con su novio, estaba sola.
– ¿Siete años
con vos y era gay?
–Sí, yo lo
sabía, pero lo quería. De hecho, todavía lo quiero.
– ¿Lo supiste
siempre?
–No, siempre
no. Al principio ni él lo sabía. Pero ya hacía un par de años que yo lo sabía.
Al final éramos más amigos que novios.
– ¿Y no tenía
problemas para…? Ya sabes.
–A los 23 años
los pibes viven con una erección permanente. Gay o no gay, ese no era el
problema. El tema es que cuando estaba conmigo fantaseaba que en realidad
estaba con alguien del sexo opuesto. El tema fue cuando me propuso algo que no…
como decirlo… Que no me iba.
– ¿Qué?
Se ruborizó un
poco. –No, no te lo puedo decir ahora.
–Me vas a dejar
con la intriga.
–La cuestión es
que charlamos y decidimos que lo nuestro no iba más. Cortamos, el empezó a ir a
boliches gay y tres meses más tarde se fue a Miami.
– ¿Seguís en
contacto?
–Sí, claro.
Somos amigos.
–Qué bueno que
lo hayas tomado así.
–Lo que tiene
que ser, será. Y lo que no, no. No hay gran secreto en ello.
–El tema es
saber qué será y qué no.
–Todo un tema.
¿Vos?
–Yo nunca tuve
un noviazgo tan largo.
– ¿Por qué?
–Porque ninguna
era como vos.
–Zalamero.
–No, sincero,
Siempre salí con chicas muy estructuradas. Ordenadas, prolijas y con un plan de
vida al cual ceñirse.
– ¿Y qué te
dice que no soy así?
–Nada. Mi
corazón.
–Upa.
– ¿Qué?
–No sé. “Mi corazón”.
Es fuerte.
– ¿”Mi
instinto” te gusta más?
–No, me gusta
más “mi corazón”. No deja de ser fuerte. Pero desde ayer que nada deja de ser
fuerte.
–Upa.
Ella rió. –No
me robes frases.
–Lejos de mí
robarte frases. Si quisiera robarte algo, sería un beso, o una sonrisa. Pero
estas me las estás regalando tan seguido que creo que ya no necesito robarlas.
Suspiró. –
¿Vamos al cine? Tengo ganas de estar encerrada en un lugar oscuro con vos.
– ¿No sería
mejor un hotel?
–Sí, pero no
estoy lista para eso.
–Una película
entonces. ¿Importa cuál?
–En realidad,
no.
Nos levantamos
de la mesa, dejando cuatro piezas de sushi y medio ceviche sin comer. No nos
habíamos alejado dos pasos cuando las luces del centro comercial se apagaron y
el cielo se iluminó con un resplandor tan violento que nos dejó ciegos por unos
instantes. Pese a lo sucedido, nadie gritó. O, al menos, no escuché que nadie
gritara. De hecho, no escuché nada.
Ese silencio
intenso se había apoderado de todo. No escuché la bandeja que cayó a seis pasos
delante de mí, ni a la nena que lloraba a los gritos. Las voces del silencio
ahogaron todo sonido. Y en ese silencio, pude escucharlas.
6.
Para cuando
regresó la luz, el patio de comidas del centro comercial era un desastre. Mesas
volteadas, sillas tiradas, bandejas desparramadas. Había gente tirada en el
suelo, había chicos que lloraban porque no veían a sus padres. Nosotros tuvimos
la suerte de estar junto a una columna en el momento de que todo sucedió y nos
acurrucamos junto a ella para evitar que la estampida nos aplastara.
Una mujer,
junto al balcón del tercer piso, comenzó a gritar el nombre de un hombre.
Leandro, Leandro, gritaba como loca mientras miraba hacia abajo. No quise
acercarme a ver, ya que imaginaba la escena y me ya repugnaba. Pero mientras
miraba hacia la mujer enloquecida por el dolor, pude ver en segundo plano un
cielo azul en plena noche. Había estrellas, una luna luminosa como nunca y
nubes blancas que reflejaban una luz fantasmal. Y sobre ellas, flotando sobre
la nada, estaba el edificio que días atrás se levantaba en la calle Arias al
3700.
–Matilde…
–alcancé a decir. Sólo pude señalar las nubes y esperar que ella percibiera lo
que mis ojos no podían dejar de mirar.
El edificio
parecía vivo, aunque era transparente. Luces destellaban detrás de diferentes
ventanas de manera aleatoria, primero una abajo a la derecha, seguida por otra
arriba y luego por otra en el centro. Detrás de su transparencia, nubes negras
se aglutinaban amenazadoras, con el inquietante brillo de mil relámpagos que se
aprestaban para desencadenar la próxima tormenta.
–Mierda… –dijo
Matilde. Nos pusimos de pie y corrimos hacia la parte de atrás del patio de
comidas, donde un par de escaleras mecánicas movían sus escalones en bucles
infinitos que unían el segundo nivel con el tercero. Descendimos por la de la
derecha y escuchamos una explosión detrás de nosotros. Al instante, nos metimos
en el primer local a nuestra derecha para evitar la lluvia de cristales que
llegaba desde el frente.
El local era
una casa de ropa juvenil atendido por jóvenes de aspecto poco convencional. No
tenía vidriera. Uno podía acceder por todo el frente del local y había muebles
con ropa, patinetas, trajes de neopreno para usar en el mar, tablas de surf,
patinetas y accesorios deportivos. Fuimos rápido hasta el fondo y buscamos
refugio en la zona de probadores mientras los sorprendidos vendedores
observaban lo que sucedía afuera con el maxilar inferior colgando del superior.
– ¿Qué está
pasando? –preguntó Matilde apenas estuvimos en un lugar que considerábamos
seguro. Sacudí mi cabeza sin saber que decir cuando una nueva explosión sacudió
al centro comercial. Los vidrios de los laterales explotaron esta vez,
propagando una lluvia de metralla cristalina de derecha a izquierda y de
izquierda a derecha. Escuchamos los gritos de los vendedores dentro del local
mientras eran lacerados por los vidrios. Luego los escuchamos retorcerse de
dolor.
Entonces no
pudimos escuchar nada más, sólo el silencio. Y el silencio hablaba.
“La hora está
cerca” dijo antes de que todo se volviera oscuro.
7
La oscuridad
era de una densidad tal que se hacía difícil respirar. Ni hablar de intentar
pronunciar palabra. Me sentía sumergido en una ciénaga de alquitrán, ya que
hasta el más mínimo movimiento denotaba un esfuerzo sobrehumano.
El silencio era
dolorosamente violento. Era como si mis oídos hubieran sido llenados con cera
caliente y ésta se hubiera enfriado de golpe, dejándome aislado del mundo
sonoro. Ni siquiera las voces del silencio me resultaban audibles.
Sabía que
Matilde estaba allí, muy cerca de mí, pero no podía percibirla. Estaba seguro
que, al igual que yo, estaba angustiada, con miedo. Quizá estaba deseando no
haberme conocido. De otro modo, jamás hubiera estado en el Dot conmigo cuando
todo comenzó. Aunque no había garantía de que esto no estuviera sucediendo en
todo el barrio, o en todo el planeta.
Traté de calmar
mi mente. Podía respirar, pero con dificultad. La misma dificultad que tenía
para mover un dedo o para parpadear. Entonces llegué a la conclusión que mis
dificultades respiratorias no se debían a la falta de aire sino al esfuerzo de
mover mi pecho y mi abdomen para inhalar y respirar.
Con los ojos
cerrados, comencé a aletargar mis inspiraciones y espiraciones, con lo que
logré cierta regularidad en el trabajo de mantener los pulmones activos. Mi
corazón comenzó a aquietarse y, de a poco, sentí que comenzaba a retomar el
control de mi existencia.
–No lo fuerces –dijo
una voz desconocida –, dejate llevar y será más fácil.
El silencio
comenzó a disolverse con la primera gota de luz que se filtró entre la negrura
que me rodeaba. Era apenas un punto que brillaba con un fulgor apenas perceptible,
pero dotado de una tibieza que traspasaba todo hasta llegar a mi corazón.
–Matilde… –llamé.
Mi voz parecía no querer escapar de mis labios. Lo hizo con timidez,
recorriendo el espacio que ya dejaba de ser tan negro para revelar las formas
que antes habíamos conocido.
De a poco la
gota de luz se volvía mar, cubriendo todo con su calidez. Allí, a medio metro
de donde estaba yo pude ver a Matilde recostada sobre el suelo. Su rostro, con
los ojos cerrados y los labios apenas abiertos, transmitía paz. Junto a ella,
una silueta brillante la contemplaba. Resultaba difícil definir la forma de
esta silueta, ya que no parecía tener límites definidos. En su centro, lo que
podría llamarse su corazón latía a una velocidad de miles de pulsaciones por
segundo y la fuerza de esos latidos se expandía hacia el exterior en ondas de
colores que iban desde un rosa pálido al índigo para regresar al centro a su
color original. Todo en milésimas de segundos cada vez.
La silueta
cambio de forma para transformarse en una suerte de sirena que acariciaba la
cabeza dormida de Matilde con suavidad. No tenía rostro, al menos no uno que yo
pudiera distinguir. Pero podía escuchar como arrullaba a Matilde con una
melodía dulce.
–Aquí hay amor –escuché
decir a una voz. Entonces cientos de figuras luminosas se hicieron visibles.
Algunas brillaban en gamas de verdes y amarillos, otras en gamas de rojos y
naranjas, de violetas y azules, de verdes y azules, de amarillos y naranjas.
Algunos pasaban de una gama de color a otra indistintamente, sin un patrón
determinada.
–Sí, ella lo
ama –dijo otra voz. Mis oídos estaban cerrados a todo otro sonido.
–Si hay amor,
hay esperanza –dijo una tercera voz.
Entonces, las
figuras se fundieron en una sola y una luz blanca muy intensa comenzó a brillar
con fuerza cegadora. Mi corazón pareció detenerse mientras que frente a mis
ojos una película comenzó a correr en reversa a toda velocidad. Allí estaba el
rostro de Matilde, lleno de miedo mientras escuchábamos los vidrios que
estallaban. Y estábamos corriendo hacia atrás por las escaleras mecánicas, volvíamos
a la mesa y devolvíamos la comida que habíamos comprado. Bajábamos a mi
vehículo y viajábamos en reversa hasta la casa de los padres de Matilde. Y la
película se hizo tan veloz que no pude más que distinguir alguna imagen
perdida. Hasta que, de pronto, la luz se apagó y me encontré sentado en el
parque con una botella de agua saborizada de mandarina en la mano y las
estrellas contemplándome desde lo alto. Sobre los árboles, los gorriones
discutían con las cotorras sobre algún tema que no me incumbía. A un costado,
dos mujeres charlaban a los gritos mientras amonestaban a los críos que tenían
a su cuidado. Del otro lado, una joven hermosa con un gigantesco perro
terranova me miraba. Me levanté y me acerqué.
–Hola –le dije.
–Hola –respondió
ella con una sonrisa.
– ¿Puedo?
–Si no te
asusta el perro…
–En general no
me asustan los perros.
–A tu riesgo,
entonces, no respondo por Goliat.
Me llené de la
belleza de sus ojos amatista y sonreí, seguro de que había encontrado al amor
de mi vida.
FIN.
jueves, 14 de noviembre de 2013
LA VIDA GRIS
Cada tanto ocurre, no es nada por lo cual alarmarse. Cada tanto, un mal libro captura la fascinación del público y lo convierte en un éxito editorial. "50 Sombras de Grey", que en realidad debería haber sido traducido "50 Matices de Grey", es un fenómeno mundial. Como lo fue "El Código Da Vinci". Y como ocurrió cuando el libro del Sr, Brown se convirtió en sensación, miles de autores se han lanzado a escribir novelas cuasipornográficas en las que nada sucede. Como en los filmes del género.
Al menos el Sr. Brown nos brindaba algo de entretenimiento. La historia del Sr. Gris es vacía de contenido y, por qué no decirlo, aburrida. No entiendo la fascinación del público femenino que llega a afirmar que un señor que dedica sus esfuerzos en aplicar todo su sadismo a una mujer puede convertirse en modelo de hombre. En verdad es algo retorcido.
El gran problema es el contagio. Si con la historia del Sr. Gris alguien se convirtió en millonario, ¿por qué no intentarlo nosotros? Yo, ni pienso. Prefiero emular a Tolkien, que nos regaló el universo de la Tierra Media, o a Martin, de cuya imaginación febril nació Westeros. O a mi mismo, por qué no.
Porque la vida debe tener color, no me conformo con lo que el Sr. Gris nos ofrece. Por eso, cuando paso por una librería y veo la pila de libros de la saga, elijo seguir de largo.
Desde Buenos Aires, los abrazo.
lunes, 21 de octubre de 2013
AMANTES DE LA CIENCIA FICCIÓN, DE PARABIENES.
Ayer vi la película Elysium, la última película del director Neill Blomkamp, protagonizada por Matt Damon, Jodie Foster, el mexicano Diego Luna y el sudafricano Sharito Copley, el protagonista de Sector 9, de la cual Blomkamp también fue director y guionista. La verdad que quedé complacido por lo que vi.
Una historia que es una metáfora de hoy. Los ricos viven en un mundo ideal en órbita sobre el planeta Tierra y los pobres, la gran mayoría de la humanidad, sobrevive como puede en el planeta. Los de arriba tienen todo para tener una buena vida, los de abajo se contentan con vivir el día.
Mucha acción, buenos efectos especiales y una buena historia hacen de la película un entretenimiento garantizado.
Desde hace un tiempo que los amantes de la ciencia ficción, que nos sentíamos ignorados por el cine, podemos estar un poco más felices. Películas como Sector 9 -o Distrito 9 en algunos lugares -, Upside Down, Another Earth, Elysium, Los Agentes del Destino y otras han llegado para crear un espacio que no parece que se cierre pronto.
Claro, eso significa que tendremos que aguantarnos más películas como Thor, Linterna Verde, Iron Man y otras franquicias que no llegan a cumplir con la expectativa de un fanático de la Ciencia Ficción.
Por suerte, Lucas no hizo más series de la Guerra de las Galaxias. Ya fue suficiente con eso. Lo que no está nada mal es el nuevo curso que le está dando Hollywood a una franquicia con tanto peso como Star Treck.
Yo estoy feliz con lo que está sucediendo. No me canso de comer pochoclos.
Desde Buenos Aires, los abrazo
Una historia que es una metáfora de hoy. Los ricos viven en un mundo ideal en órbita sobre el planeta Tierra y los pobres, la gran mayoría de la humanidad, sobrevive como puede en el planeta. Los de arriba tienen todo para tener una buena vida, los de abajo se contentan con vivir el día.
Mucha acción, buenos efectos especiales y una buena historia hacen de la película un entretenimiento garantizado.
Desde hace un tiempo que los amantes de la ciencia ficción, que nos sentíamos ignorados por el cine, podemos estar un poco más felices. Películas como Sector 9 -o Distrito 9 en algunos lugares -, Upside Down, Another Earth, Elysium, Los Agentes del Destino y otras han llegado para crear un espacio que no parece que se cierre pronto.
Claro, eso significa que tendremos que aguantarnos más películas como Thor, Linterna Verde, Iron Man y otras franquicias que no llegan a cumplir con la expectativa de un fanático de la Ciencia Ficción.
Por suerte, Lucas no hizo más series de la Guerra de las Galaxias. Ya fue suficiente con eso. Lo que no está nada mal es el nuevo curso que le está dando Hollywood a una franquicia con tanto peso como Star Treck.
Yo estoy feliz con lo que está sucediendo. No me canso de comer pochoclos.
Desde Buenos Aires, los abrazo
jueves, 19 de septiembre de 2013
ORGULLO DE PADRE.
A menudo los hijos, se nos parecen y así nos dan la primera satisfacción...
Así arranca la canción de Serrat, esos locos bajitos. Y aunque no se nos parezcan, las satisfacciones llegan de todos modos.
Ayer fue un día especial en mi vida. Tan especial como el día en el que tuve en mis manos el primer ejemplar de Rubber Soul, tan especial como el día en el que me llamaron para decirme que había ganado el Concurso de Cuentos del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal o cuando vi por internet que "La Trampa del Diablo" había sido elegida para ser finalista del LX Premio Planeta de Novela.
Miento. Ayer fue más especial. Fue como cuando sostuve a mi hija por primera vez.
Quince años pasaron desde esa fecha. Hace menos de un mes bailé con ella el vals de los quince y ayer, a las dos de la tarde en la Sala 1 del Centro Cultural General San Martín, se apagaron las luces y pude ver a mi hija en la pantalla grande por primera vez.
Desde que comenzó a hablar que quiso ser actriz. Desde que comenzó a caminar quiso expresarse con todo su ser. Desde que tuvo conciencia de quién era ella, supo lo que quería para su futuro.
Actuar.
Ayer vi el estreno universal del documental "EQUIPO VERDE, ENTRENAMIENTO ADOLESCENTE PARA UN DOCUMENTAL" dirigido por la cineasta argentina Alejandra Almirón. El documental aborda el tema de la identidad, de ser parte de una generación complicada, una generación de chicos que convivieron con el golpe de estado, la guerrilla, la guerra y el retorno a la democracia. Y la visión de tres mujeres que relatan desde sus vivencias lo que era la educación en la argentina en los años 70.
Pero para mí fue mucho más. Fue ver como el sueño de mi hija comenzó a hacerse realidad. Y fue poder hinchar mi pecho con orgullo mientras se me piantaba un lagrimón.
El documental, encima, es muy bueno.
Desde Buenos Aires, los abrazo.
sábado, 3 de agosto de 2013
BUSCANDO EL FANTASMA DE UN AMOR. Episodios 1 a 4.
1.
Ayer me desperté muy
temprano. Llovía con fuerza. Podía escuchar el agua que golpeaba contra la
persiana de la ventana de mi dormitorio. Miré el reloj despertador, marcaba las
3.15. Salí de la cama, levanté la persiana y me acerqué al vidrio para ver la calle. Desde mi cuarto piso me era
imposible verla, perdida debajo de las copas de los árboles. Pero podía
escuchar el rumor del agua que se había juntado. No sé por qué, en ese momento,
pensé en Camila. Mi Rosaura, ese amor de verano que me dejó una herida que aún
no cierra. Qué será de ella.
Me acosté después de volver a bajar la persiana y me quedé con los ojos
clavados sobre el techo de sombras hasta que la alarma me dijo que era hora de
levantarme. Ayer era dos de abril. Otro aniversario más de Malvinas. No sé por
qué festejamos. Será porque ellos no estuvieron allí. Ellos no perdieron
amigos. Ellos no tuvieron que matar a sus semejantes. Porque esos enemigos se
parecían bastante a nosotros.
Malvinas se quedó con Tomás y con Carlitos. Y con Enzo, que volvió a
casa, sin volver. Malvinas lo mató. No ese tiro que se pegó en la cabeza
mientras hablaba conmigo por teléfono. Nada de eso importa. Ayer fue feriado,
como lo fue también el lunes. Todo sea para que el turismo tenga su momento.
Después de desayunar encendí la compu. Al hacerlo, noté que algunas de
las luces de mi modem estaban apagadas. Entonces llamé al proveedor de cable
para quejarme y un contestador automático me informó que mi domicilio estaba en
área de corte de señal. Prendí el televisor y comprobé que tampoco tenía el
servicio de cable. Entonces encendí la radio. Puse una estación que pasaba
música, no tenía ganas de escuchar malas noticias. Pero no pude abstraerme del
mundo. La lluvia había sido tremenda. Trescientos milímetros en pocas horas.
Miles de evacuados, miles más sin luz. Me di cuenta que era afortunado. Apenas
estaba sin tele, algo que algunos pueden considerar saludable.
Quise viajar en subte a la radio, pero estaban interrumpidos. Entonces
me tomé un taxi. No me gustan los taxis, pero no podía llegar tarde en un día
feriado. No era justo para mis compañeros de radio. En el camino, la imagen de
Camila me acompañó todo el tiempo. Hacía tiempo que me había convencido de que
ella había desaparecido para siempre después de que nos separamos. San Bernardo
había sido el escenario de nuestro adiós. Ella se fue al sur y nunca más supe
de ella.
Hasta ayer.
2.
Desde mi regreso a Argentina en el 2002 pasaron muchas cosas. Después de
la renuncia de De La Rúa el 21 de diciembre de 2001 le sucedieron cuatro
presidentes en dos semanas. Ramón Puerta duró dos días en el cargo, Adolfo
Rodríguez Saa una semana y Eduardo Camaño tres días. El 2 de enero de 2002
asumió Eduardo Duhalde, quién finalmente tomó el timón del país para lograr
estabilizarlo. Dicen que él fue el que inició el problema, movilizando a su
gente para generar el clima de conmoción interior. Dicen que él controlaba la
droga que entraba al país y muchas cosas más. Yo nunca vi pruebas concretas de
nada. De hecho, nunca fue procesado por la Justicia. Eso no quita sospechas
sobre el hombre, porque en un país como el nuestro, la justicia es muy
relativa.
Durante un año y medio permaneció en el cargo presidencial. Asumió dos
compromisos, convocar a elecciones para que un presidente electo asumiera el
cargo el 25 de mayo de 2003 y no presentarse como candidato presidencial a las
mismas.
Candidatos no faltaron. Menem quiso resucitar y no le fue mal. En
primera vuelta salió primero, algo que muchos se olvidan. Pero el caudal de
votos que obtuvo no alcanzó para tener un tercer mandato. Tuvo que competir en
segunda vuelta con Néstor Kirchner, pero antes de realizarse los comicios entre
estos dos candidatos, Menem decidió renunciar a su candidatura, motivo por el
cual Kirchner resultó electo Presidente de la Nación con apenas un 22% de los
votos. Lo curioso es que entre los dos, en la primera vuelta, no llegaban al
50% de los sufragios emitidos.
Duhalde le entregó a su sucesor un país con problemas pero bastante más
ordenado. El país comenzó a crecer a partir de una economía que recibía
millones de dólares gracias a un mercado internacional favorable para la
producción agropecuaria. Kirchner retuvo a Roberto Lavagna, Ministro de
Economía de su antecesor, en su cargo y todo parecía que iba a mejorar.
Entonces, el 30 de diciembre de 2004 ocurrió una gran tragedia Nacional.
Esa noche me tocaba trabajar en la radio. Estaba haciendo mi programa cuando
llega la noticia. Un local llamado República de Cromagnón se había incendiado.
Las escenas que recuerdo haber visto en un primer momento eran de corridas, de
gente cubierta de hollín, con la cara tapada con remeras para protegerse las
vías respiratorias. Sirenas de ambulancias aullando sin parar, médicos
desesperados por atender a todos los que se presentaban, los hospitales que
colapsaban.
–Rescátense un poco porque se prende fuego el lugar –dijo el presentador
antes de anunciar a Callejeros, la banda que iba a tocar esa noche. El local
estaba habilitado para poco más de mil personas, pero se habían vendido tres
mil quinientas entradas. Dicen que otras mil, la capacidad del local, habían
ingresado sin entradas.
– ¿Se van a portar bien? –preguntó el cantante de la banda antes de
empezar a tocar la primera canción. Lo preguntó dos veces y en ambas
oportunidades la multitud contestó que sí. A partir de ese último sí,
transcurrieron apenas dos minutos y medio antes de que se desate el infierno.
Desde el estudio de radio observaba el monitor sintonizado en un canal
de noticias sin poder decir palabra. No podía creer que algo así pudiera estar
ocurriendo. Se hablaba de un centenar de muertos. De cientos de heridos. Todo
fue poco. Ciento noventa y cuatro víctimas fatales y mil quinientos heridos,
muchos de ellos con secuelas que los acompañarán toda la vida. Mil quinientos
heridos en un local en el que debería haber mil habla de la corrupción de un sistema
que permitía a los empresarios hacer lo que quisieran.
Mucho ocurrió después de Cromagnon. Aníbal Ibarra fue destituido en su
cargo de Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Bomberos, empresarios
e, incluso, los directivos del servicio del Servicio de Asistencia Médica de
Emergencia de la Ciudad fueron procesados. Algunos obtuvieron condenas.
Lo que siguió fue una campaña de clausuras e intimaciones de mejoras que
alcanzó a escuelas, comercios de todo tipo. Pintura ignífuga, materiales
prohibidos y muchas medidas más tendientes a evitar nuevas tragedias. No es que
me queje por ello, el problema es que tuvieron que morir 194 personas para que
esto ocurriera.
Sin embargo, esta tragedia no fue la primera de su tipo. Diez años
antes, una disco llamada Kheyvis se incendió dejando un saldo de 17 muertos y
24 heridos. Se ve que la magnitud de este incendio no alcanzó para que se
activen las medidas del día después. Porque nunca se toman medidas antes en
este país, siempre son para que no se repita la desgracia.
Hoy, el foco está puesto en la ciudad de La Plata. Cincuenta muertos por
lluvia. Parece increíble, pero es así. Porque todo esto ocurrió porque llovió
demasiado.
Cuando volví a mi país lo hice con la esperanza de encontrar mi rumbo.
Lo busqué en España y en los Estados Unidos, sin embargo, en cada lugar que
viví fuera de Argentina no me hallaba a mí mismo. Aquí me siento en casa, con
mis recuerdos, con mi historia, con mi herencia espiritual.
Creo que esta en mí ser un disconforme. No puedo evitarlo. Pero tampoco
me la hacen fácil para que sea de otro modo. Cromagnon me dejó una marca
indeleble. Como me la dejó Malvinas y la muerte de Enzo. Como me la dejó mi
vieja, con su dolor por no saber qué había ocurrido con Gabriel, mi hermano,
después de que un día decidió irse a luchar con los montoneros. Cromagnon fue
un hito que cambió muchas cosas en esta ciudad, que cambió a mucha gente y
durante mucho tiempo no pude pensar en otra cosa que en la gente que había
muerto en lo que, para ellos, debía ser una fiesta. Jóvenes con sueños de amor,
familias con niños, padres, madres, hijos. Todos envueltos en un infierno de
humo y fuego.
Cada tanto paso por la calle Bartolomé Mitre, donde hoy un monumento
hecho por la gente recuerda a los caídos del Rock. Siempre leo los nombres
inscriptos en el muro. Es una forma de rendirles tributo, una forma de orar por
sus almas. Cada nombre es una plegaria. Y un deseo para que estas tragedias no
se repitan.
Ayer pasé por allí, a la salida de la radio. Recorrí el lugar, leí los
nombres en voz baja y enfilé hacia Rivadavia para tomarme el 151 que me
llevaría de vuelta a casa. Mientras me acercaba a la parada, vi una figura que
esperaba en el colectivo. La luz difusa de la noche no permitía verla con
detalle, pero al acercarme sus rasgos se me hicieron familiares. Ella se subió
a un colectivo antes de que pudiera llegar a ver su rostro con claridad. Yo me
subí al 151 que venía detrás. Me senté en el asiento del fondo y traté de
reconstruir su rostro. Pero no podía. Las imágenes del pasado se superponían
con aquella foto endeble que mis ojos habían registrado minutos antes.
Quizá mi deseo me haga ver visiones. Quizá ella haya sido ese fantasma
que me ha perseguido durante tanto tiempo. Quizá sea ella. Mi Camila. Mi
Rosaura. Aquella que me robó el corazón una noche de verano. Quizá sea hora de
que me lo devuelva.
3.
Si naciste un 29 de marzo, como yo, seguramente tu cumpleaños caerá en
Pascuas cada tres o cuatro años. Este año, mi cumpleaños cayó en Viernes Santo.
Nunca tuvimos una fuerte tradición religiosa en nuestra familia, pero
las Pascuas son fechas en las cuales nos acordamos que alguna vez fuimos
bautizados en la fe católica. Lo cierto es que esto es más fuerte en el caso de
mis tías Lidia y Susana, las que, quizá porque ya están entradas en años –Lidia
tiene 74 y Susana 68 –, se han acostumbrado a cumplir con los ritos religiosos
con mayor puntualidad. Van a la misa de las 10 todos los domingos en la
parroquia de Jesús en el Huerto de los Olivos y se confiesan puntualmente cada
dos viernes. Incluso han tratado de convencerme de que las acompañe cada
domingo. Gabriel pone la excusa de que tiene que atender el negocio, pero
Nancy, su mujer, las acompaña junto con mis sobrinos.
Gabriel se casó en el 2005. Cuando me lo dijo, un año antes, no podía
creerlo. En ese momento él tenía 47 años y me presentó a Nancy, una joven
contadora de 29 años que trabajaba en el estudio contable que llevaba los
libros de los negocios. Primero pensé mal, que Nancy era una viva que había
visto la billetera gorda de mi hermano y que había decidido hacerla suya. Pero
apenas la conocí me di cuenta de que no era así. Gabriel había tenido la suerte
de que una bella mujer se había enamorado de él vaya a saber por qué. No tuve
duda de que su amor por mi hermano era sincero y de que iban a ser felices.
No pasaron seis meses desde la gran boda antes de que la noticia del
primer embarazo llegara y al cabo de un año del parto de mi sobrino Elías quedó
nuevamente embarazada, esta vez de una niña a la pusieron Marcia.
La presencia de mis sobrinos hizo que me habituara a ir a almorzar todos
los domingos a comer a la casa de mi hermano con mi familia. Nancy cedía el
control de su cocina a mis tías, las que se encargaban de preparar abundantes
platos de pastas mientras ella se ocupaba de atendernos, lo que significaba
abrir una botella de vino, cortar queso Mar del Plata en dados, salamín picado
fino en rodajas y aceitunas endiabladas. A veces, Gabriel tomaba el toro por
las astas y prendía el fuego en la parrilla para preparar unas tiras de asado,
vacío o matambrito de cerdo. Pese a que teníamos el restaurante junto a la
panadería, nunca comíamos allí los domingos, porque la casa de mi hermano nos
daba una intimidad que en un lugar público era imposible tener.
El Viernes Santo del año 2013 fue mi cumpleaños cincuenta. Medio siglo
sobre esta tierra no eran, según mis tías, motivo para desdeñar las prácticas
de ayuno y abstinencia que la fiesta religiosa mandaba, pero mi hermano y su
mujer las convencieron de que, al menos, nos juntáramos a tomar un té y
compartir una torta en mi honor.
Entre los temas de conversación no pudo faltar la homilía dada por el
Papa Francisco más temprano ese día. La noticia de que un Cardenal argentino
había sido electo Papa había sacudido a la Argentina. Reacciones de todo tipo
aparecieron de inmediato en las redes sociales. Desde una fría carta de la
Presidente de la Nación a muestras de alegría que, en un punto, parecían
exageradas. Tampoco faltaron las acusaciones de los grupos más extremos que
obligaron a personalidades como Adolfo Pérez Esquivel a salir en su defensa. Yo
era muy chico cuando todo eso pasó y no puedo dar testimonio de lo que sucedió.
Sin embargo, sé muy bien que de la misma manera que había sacerdotes que tuvieron
una cuota de complicidad con los militares que nos gobernaron entre 1976 y
1983, también sé que hubo muchos que arriesgaron el cuello por aquellos que
fueron objeto de persecución por la dictadura militar, lo que a muchos les
costó la vida. En Argentina siempre se tiende a parcializar las cosas para
peor. Un sacerdote comete abuso sexual de menores y la Iglesia es un club de
pedófilos. Yo no tengo simpatía por los curas en general, como tampoco la tengo
por los políticos. Tengo simpatía por personas concretas a las que conozco y de
la que puedo dar testimonio de su obra. Como aquél sacerdote que vive en las
villas y lucha contra el narcotráfico o el otro que trabaja en el Hospital
Tornú dando alivio a los enfermos que están solos, ayudando a conseguir
alojamiento a sus familiares de pocos recursos para que puedan acompañarlos en
su dolor.
Volviendo al tema, el viernes finalmente nos reunimos en la casa de mi
hermano a las cinco de la tarde. Tomamos té con facturas y soplé las velitas
que ardían sobre una torta de chocolate con crema. En realidad lo hizo Marcia
con ayuda de Elías, ya que a ellos les entusiasma más la idea del cumpleaños
que a mí. Mi hermano me regaló algo que nunca quise tener, un teléfono celular
y cargado en él estaba el número de una amiga de Nancy a la que debía llamar.
Nancy fue muy insistente en este punto.
Elías se apoderó del aparato apenas lo encendí y comenzó a darme clases
sobre cómo utilizarlo mientras que Marcia, colgada de mi espalda, no dejaba de
preguntarme qué jueguitos tenía el teléfono. Me sorprende la habilidad de los
pequeños para aprender cosas a las que uno parece rehusarse. A mis ocho años,
allá por 1971, apenas si sabía encender el televisor y darle vuelta al dial
para cambiar de canal. Sólo había cinco canales en aquella época, pero se veían
tres. El dos, hoy Amércia, se emitía desde La Plata, así que a Olivos no
llegaba, y el nueve tenía señal si no soplaba mucho el viento. Así que
estábamos relegados a ver canal siete, que luego fue ATC para volver a convertirse
años más tarde en canal siete, canal once, hoy TELEFE, y el trece. Tampoco era
que había mucho para ver. Prefería más salir con mis amigos a andar en bici por
el barrio o a patear la pelota en algún potrero. Elías jamás ha estado solo con
sus amigos en la calle. Si quiere andar en bicicleta, va con su familia a la
costanera de Olivos, a la cual llegan en auto. Juega al fútbol en la escuelita
en la que lo inscriben cada año. O en la consola de videojuegos que le regaló
Papá Noel en las últimas Navidades.
A las siete y media de la tarde mis tías le pidieron a Gabriel que las
acerque a la parroquia porque a las ocho era el Vía Crucis, y no querían llegar
tarde. Pese a que Susana se la pasa todo el día en la panadería y Lidia en el
restaurante controlando que todo funcione bien, no pueden caminar las siete
cuadras que separan a la parroquia de la casa de Gabriel. Yo aproveché para
despedirme también y me fui caminando despacio por Pelliza hasta Maipú, donde
pensaba tomarme el 152 hacia la Capital.
Mientras viajaba a casa, saqué el regalo del bolsillo de mi saco y lo
examiné. Había una docena de números cargados. Los celulares de Gabriel y de
Nancy, el de su casa, el de la casa de mis tías, dos de la panadería y uno del restaurante.
Bomberos, policía, emergencias médicas y correo de voz y un número más.
El de Diana Falco.
Me quedé contemplando la combinación numérica que mostraba la pantalla.
La suma de ellos daba un número par. Pareja es una palabra que tiene como raíz la
palabra par. Igual o semejante. Liso y llano. Compañero o compañera en los
bailes. Conjunto de dos personas o animales que tienen entre sí alguna
correlación o semejanza. Cada una de estas personas o animales en relación a la
otra. El diccionario puede ser muy útil para confundirlo a uno.
¿Qué correlación o semejanza podía tener con una mujer que no había
visto jamás? Imposible saberlo. Al menos, mientras no la conociera.
Miraba el número mientras pensaba en una excusa para no llamarla. Pero
sabía que iba a ser algo inevitable. Nancy tuvo la gentileza de mostrarme una
foto suya en el Facebook y no podía argumentar que no era lo suficientemente
bella. Abogada, 31 años, nacida en el mes de julio de 1981 en Rosario. Hincha
de Rosario Central, le gustan los perros y sale a correr todas las mañanas. Lo
cierto es que yo sabía que si no la llamaba, Nancy me iba a castigar con su
cháchara hasta que lo hiciera. Esto es como ir al dentista, va a ser una
tortura, ¿para qué entonces aguantarse el dolor de muelas durante un mes? Así
que apreté el botón llamar y me puse el artefacto en la oreja izquierda.
– ¿Hola? –dijo una voz dulce después de tres repiques.
– ¿Hablo con Diana?
–Sí, ¿quién habla?
–Soy Matías Robledo…
–El cuñado de Nancy.
–Sí, soy yo.
–Nancy me dijo que podías llamar.
–Sí, seguro te dijo que te iba a llamar, porque ya sabemos cómo es
Nancy.
–No sé muy bien a qué te referís.
–Nada, no suelo hacer esto.
– ¿Hablar por teléfono?
–Llamar a mujeres que no conozco.
–Ah, ¿entonces?
–Si querés, mañana podemos tomar un café.
–Podríamos.
– ¿Por qué barrio vivís?
–Por Palermo, cerca de Plaza Serrano.
–Cerca de ahí está Sullivan’s, en Borges y El Salvador.
–Sí, lo conozco. Después te mando un texto con mi dirección y me pasás a
buscar. ¿Te parece a las seis?
–A las seis me parece bien.
–Bueno, te mando un beso. Nos vemos.
–Chau –dije antes de cortar. Levanté los ojos y vi que el colectivo
estaba en Congreso y Cabildo. Guardé el teléfono y me levanté del asiento para
tocar el timbre y bajar en la siguiente parada. De pronto, me di cuenta de que
estaba nervioso por tener una cita.
Qué boludo.
4.
Las expectativas que una cita generan pueden ser
insospechadas. Uno debería aprender a preocuparse por lo importante y no hacer
un mundo de aquello que por naturaleza es insignificante. ¿Qué importa si a la
camisa que elegí le falta uno de los botones del puño? Arremángala y nadie
notará la ausencia. ¿Qué importa que el jean no esté planchado? Te queda justo,
con lo que nadie notará la arruga. Pero no. Busco aguja e hilo y coso el botón,
enchufo la plancha y dejo el jean prolijo y sin raya.
Cuando terminé miré la hora en mi viejo reloj de pulsera y
comprobé que eran las dos de la tarde. Revisé el celular otra vez para ver si
estaba encendido y si había llegado el mensaje de Diana, pero nada. Entonces
decidí que lo mejor que podía hacer era salir a dar una vuelta. El clima era
agradable, el cielo estaba despejado y una caminata me iba a ayudar a calmar
mis ansiedades.
Salí de casa y enfilé mis pasos hacia Avenida Cabildo.
Caminé hacia el sur por la Avenida hasta llegar a Juramento y decidí meterme en
la librería que estaba en la esquina. Allí me puse a revisar los volúmenes que
había a disposición del público. La última de Pérez Reverte, una antología de
Asimov, las 50 sombras de Gris. Nada parecía atraerme lo suficiente. Entonces,
entre las pilas de libros inmensos, encontré un ejemplar perdido de “El lápiz
del Carpintero”, un libro que me habían prestado hace menos de una década y más
que un lustro. Pequeño y compacto, pero bien jugoso, como esas uvas rojas que
se comen al final del verano. Era un libro que tenía varios años de
circulación, pero que yo nunca había visto. Fue un amigo Gastón Terrero, que
había regresado de Roma con una deliciosa botella de Chianti que me trajo de
contrabando en su equipaje de mano, quién me lo prestó. Lo leí en una tarde de
domingo lluvioso en la que simplemente no tenía ganas de mojarme para tomar el
colectivo hacia Olivos. Lo leí sentado en mi sillón de lectura, con la botella
de Chianti abierta sobre la mesa y la copa siempre llena. Al menos, mientras
hubo cómo reponer lo que me tomaba. Al terminarlo, estaba más ebrio por la
lectura que por la bebida y me dije que tenía que comprarme un ejemplar para
mí. Fui a la librería el lunes, pero no lo tenían en existencia. Entonces,
intenté quedarme con la copia de Gastón, pero él es muy quisquilloso respecto
de sus libros. Dicen que sólo los boludos prestan libros, pero los más boludos
los que los devuelven. No tengo dudas de que yo soy un gran boludo. La vida me
compensó un poco por mi boludez ese Sábado de Gloria. Tenía una cita con una
mujer hermosa y un ejemplar nuevo de “El Lápiz del Carpintero” para nutrir mi
biblioteca.
Al salir de la librería, mi celular sonó. Lo saqué de mi
bolsillo y vi que tenía un mensaje de texto de Diana.
“No pases por casa, te
encuentro directo en el bar. Pasame tu face, así te puedo reconocer.”
Con gran torpeza por mi inexperiencia, le escribí un mensaje
declarándome culpable de un gran pecado.
“Perdón, pero no tengo
cuenta en facebook. Me vas a reconocer porque estoy con un jean celeste, una
camisa fondo blanco cuadriculada con rayas finitas verdes y en mis manos tengo
un ejemplar de el lápiz del carpintero.”
Antes de enviarlo, me di cuenta que el mensaje era demasiado
largo. Además, si bien era difícil, no era imposible que en ese bar hubiera
otro hombre vestido como yo. Al fin y al cabo, era un pub irlandés y ellos
tienen fascinación por el verde. Así que lo borré y redacté otro más breve.
“Yo voy a llegar
temprano. Llamame en cuanto entres al pub.”
El teléfono me decía que eran las tres y media de la tarde.
Con el apuro por estar presentable, me había olvidado de almorzar y el estómago
me estaba pasando factura. Me sumergí en las fauces de la red subterránea de la
ciudad y abordé una formación que transitaba hacia el centro. Cinco estaciones
más tarde, bajé del tren y subí por las escaleras mecánicas hasta la calle
donde escruté la situación bajo la atenta mirada de Giuseppe Garibaldi, que
sobre su caballo de bronce controla todo lo que ocurre en Plaza Italia. Doblé
por Borges hacia abajo y caminé derecho hasta Sullivan’s, donde ocupé una mesa
del interior junto a una ventana.
Nunca elijo las mesas de la vereda. Palermo está lleno de
boliches que tienen más mesas en la vereda que dentro del local mismo. Es
curioso, al menos para mí, ver como no hay espacio libre en las mesas de afuera
mientras que el interior está desierto. Ello pese a que las de afuera están
separadas por un cabello de ángel con anorexia y, muchas veces, en desnivel por
el estado calamitoso de las baldosas sobre las que se apoyan las mesas. Y pese
a que la superficie útil de las mesas exteriores pierde por robo contra la de
las interiores.
Pero la gente, en general, no es como yo. Yo me rijo por la
comodidad. La gente, por lo que es cool. Es mucho más cool tener una
conversación sentado en una mesa a la vista –y a los oídos –de cualquiera que
pase por la calle que hacerlo con la reserva que da el vidrio de por medio. Es
mucho más cool fumarse los vahídos de los escapes de los coches que pasan por
la calle que estar en un salón bien ventilado y con aire acondicionado. Es
mucho más cool comer bajo el rayo del sol, con la triste protección de una
sombrilla que se ha declarado incapacitada para cumplir con su labor que
disfrutar de la sombra que un techo ofrece. Sin hablar del riesgo que se corre
de que la lluvia convierta tu ensalada en sopa de verduras.
Yo no soy un tipo cool. Lo confieso. Y a mis años, soy
bastante hinchapelotas. No pierdo el decoro en afirmarlo, ni me avergüenzo por
expresar mis opiniones, como cualquiera que haya escuchado mi programa de radio
puede atestiguar.
“El Ocaso de los Dioses” nació al poco tiempo que regresé a
Buenos Aires. Yo hacía un programa para Barcelona por internet, el mismo que
hice durante el tiempo que estuve viviendo en Estados Unidos. Al regresar a
Argentina en el 2002, seguí trabajando para la emisora española, pero la
distancia me hizo perder un poco la conexión con el público catlán. Por ese
entonces, Sergio Zelaya, el propietario de una radio de Palermo, me contactó y
me ofreció un espacio en la FM que manejaba. Me dio el horario de 22 a 24 de
lunes a viernes y como era el final del día y los días les deben sus nombres a
los dioses romanos, decidí que el nombre era apropiado. Sergio me dio el visto
bueno y salimos al aire por primera vez en diciembre de 2002.
El programa es un poco un tributo al Rock. Hago entrevistas,
paso la música que me gusta y doy mi opinión sobre lo que sea. Tengo una
locutora que me asiste y que, con el tiempo, se ha convertido en una segunda
conductora del programa. Por mi estudio, ya sea en persona o por teléfono, ha
pasado casi todo aquél que ha sido parte del Rock nacional y que aún sigue con
vida. Charly, Nito Mestre, Lito Nebbia, Raúl Porcheto, Baglietto, Marilina
Ross, Calamaro, León Gieco, David Lebón, Pedro Aznar. El flaco Spinetta, que en
paz descanse. Todos pasaron por mi micrófono y de todos me llevé recuerdos
increíbles. Recuerdo cuando, entrevistando a David Lebón, le confesé que el
disco Serú Girán había sido el primer disco de rock que había escuchado en mi
vida. Le propuse que escucháramos Seminare, pero David hizo lo inesperado.
Pidió una guitarra y la tocó en vivo.
Pero el rock no es el único que ha estado presente en mi
programa. He tenido largas charlas con personajes a los que, por respeto, les
converso desde mi silencio. Como ha sido el caso de la vez en que Enrique Pinti
aceptó mi invitación al programa. No hablamos de política. Ni de actualidad.
Hablamos de lo que era hacer teatro en una época donde te cagaban a palos o
desaparecías por dar la opinión que nadie quería escuchar. Que nadie no, que
los poderosos no querían escuchar. Había muchos oídos ávidos de opiniones
libres. Muchas mentes deseosas de ideas nuevas. Mucha sangre que hervía por
hacer del mundo un mundo mejor.
Ese día era sábado y no iba a hacer mi programa. Me iba a
encontrar, sándwich tostado de jamón y queso en pan de centeno bajado con un
café con leche de por medio, con una hermosa mujer que tenía voz dulce y un
futuro incierto en mi vida.
Mientras esperaba, Manuel Rivas y su lápiz rojo me hizo
compañía. La mesera se acercó a mí en dos ocasiones, la primera le dije que no
necesitaba nada y en la segunda le dije que me trajera una cerveza. Miré mi
reloj y noté que las seis estaban a la vuelta de un cuarto de giro, con lo cual
la lectura se hizo imposible.
Cómo parecer calmo cuando la ansiedad te corroe es algo para
lo cual deben haber escrito varios libros. Lo cierto es que yo no he leído
ninguno de ellos. Llamé a la mesera, le pedí que retirara la botella de cerveza
vacía y que me trajera una botella de agua mineral. Pero enseguida reculé y
cambié mi pedido por otra cerveza y unas bandejitas para picar. Quería ir al
baño, pero no quería dejar la mesa vacía ni quería arriesgar a que alguien se
llevara mi libro. Iluso de mí. Quién iba a llevarse mi libro.
Me levanté, hice una visita relámpago a los sanitarios y
salí con las manos oliendo al jabón líquido que había a disposición de la
clientela. Entonces, el teléfono comenzó a vibrar en mi bolsillo. Lo saqué de
camino a mi mesa y atendí sin mirar la pantalla.
– ¿Hola?
–Hola, estoy casi ahí.
– ¿Diana?
–Sí, ¿mi número te aparece como número privado?
Entonces miré la pantalla y vi su nombre escrito en ella.
–No, perdoná, no estoy acostumbrado a usar estos aparatos.
–¿En serio?
–Ayer me regalaron mi primer celular –. Escuché su risa. Era
cristalina. Qué lindo es escuchar una risa cristalina –. Me senté junto a uno
de los ventanales del lado de El Salvador.
–Ok. Ya entro.
Entonces ella entró. Parecía más alta en persona que en
fotos, aunque tenía unos tacos que la levantaban varios centímetros del piso.
Llevaba el cabello en una melena corta partida al medio de la frente y con una
onda suave. Era oscuro y se veía abundante. Su físico era el ideal para mí, sin
la delgadez extrema de una modelo y con la dosis adecuada de curvas en los
puntos significativos. Vestía una camisa corta verde manzana con una musculosa amarilla
y un pantalón blanco. Sus ojos se escondían detrás de lentes oscuros, pero
apenas dio dos pasos dentro del bar se los quitó y reveló un ámbar brillante.
Su rostro era bello y armónico, quizá con una cuota de maquillaje innecesario,
en el que resaltaban unos labios delgados y una sonrisa que nacía en los ojos y
se plasmaba en los dientes impecables. Adivinó de inmediato quién era yo y se dirigió
hacia mí. Yo la esperé junto a la mesa, atento a las señales de su cuerpo para
saber cómo saludarla. Ella se inclinó para darme un beso y yo me encontré con
ella a mitad de camino.
–Hola –dijo –, otra vez.
–Hola –respondí –, dejame ayudarte con…
Acomodé su silla mientras ella se sentaba y luego volví a
ocupar mi lugar. La mesera hizo su aparición con mi cerveza y los platitos con
queso, jamón, maní y palitos salados.
– ¿Qué querés tomar? –le pregunté.
–Traeme un agua tónica –le dijo directamente a la mesera, la
que se retiró sin decir nada.
–Bueno –dije por la mera necesidad de impedir que el
silencio formara parte del encuentro –, acá estamos.
Ella sonrió –. Qué dulce, estás nervioso.
–El problema son las expectativas.
– ¿Cuáles?
–Las que otros han puesto sobre mí. Tu amiga Nancy, mi
hermano, mis tías.
– ¿Nancy ya no es más tu cuñada?
–Algo me dice que el título de amiga, en este caso, pesa más
que el parentesco.
–No, no creo. Lo que me sorprende es que te afecte tanto.
–Mi familia es muy pequeña. Siempre lo ha sido. Y la hemos
pasado difícil. Yo viví muchos años afuera y lo que más necesité en mi exilio
fueron ellos.
– ¿Exilio?
–Voluntario. Me fui porque quise irme, pero no me sentí
inmigrante mientras estuve afuera, siempre me sentí un exiliado.
– ¿Y ahora? ¿No extrañás el afuera?
–Extraño a algunos amigos que han quedado allá, pero no
extraño el lugar. No como extrañé a Buenos Aires.
–Yo viví dos años en Nueva York y fue heavy.
– ¿Por qué te fuiste?
–Fui a estudiar. Hice una maestría en Derecho Internacional
Privado. La verdad es que no me arrepiento, porque me ha abierto muchas
puertas, pero lo sufrí horrores.
–Yo viví en Boston, Madrid y Barcelona. En Boston estuve con
un amigo, en Barcelona, solo.
– ¿Fuiste a Harvard?
–No, yo no. Yo estudié letras acá. Estuve allá haciéndole el
aguante a un amigo que tenía el sueño de graduarse antes de morir.
El silencio hizo su primera aparición.
– ¿Lo logró?
–Sí, por suerte lo hizo. Después lo traje a Buenos Aires –No
pude evitar la sonrisa al recordar sus últimas palabras.
– ¿Qué? –preguntó ella.
–Nada, me acabo de acordar de lo último que me dijo.
Moribundo y todo, tenía un sentido del humor increíble.
– ¿Qué te dijo?
–No lo entenderías. Como dicen los ingleses, es un chiste
privado. Así que sos abogada.
–Sí, trabajo en un estudio de Puerto Madero.
–Estudio paquete. ¿Te explotan mucho?
–Sí, entro todos los días a las 8 y no sé cuando salgo
–dijo, y luego, como justificándose, agregó –, pero me gusta lo que hago.
–Si no fuera así, supongo que no lo harías.
–Sí –dijo –, supongo que sí.
– ¿Y qué haces cuando no estás en la oficina?
–Como, duermo, a veces me encuentro con alguien a tomar
algo. Y otras cosas que no vienen al caso.
La moza llegó con la botella de agua tónica y un vaso largo,
el que llenó a la mitad. O dejó medio vacío. Le agradecimos y se marchó con
tanto sigilo como se había aproximado. Diana tomó un sorbo y yo hice lo mismo
con mi cerveza. Luego agarré un dado de queso y me lo llevé a la boca.
–No me dejes comiendo sólo.
–Está bien, paso.
– ¿A dieta?
–Un poco.
–Yo debería ponerme a dieta, no para bajar de peso, más bien
para ordenar un poco mis hábitos alimentarios.
–Se te ve bien.
–A vos muy bien y eso no te impide estar a dieta.
El piropo entró con tanta sutileza que ni se dio cuenta de
que se había ruborizado. –Bueno –dijo –, es un poco de mantenimiento.
–Como los autos, un service cada 1500 kilómetros.
–Depende de qué tipo de service hablamos.
Ahí fui yo el que sintió el calor en sus mejillas. Ella se
rió. La charla siguió por otras dos cervezas y una pizza que compartimos cuando
dieron las ocho y ya estábamos con la mandíbula dolorida de tanto reírnos. A
eso de las nueve y media pedí la cuenta y ella quiso compartir el gasto. Le
dije que no había problema y, cuando la camarera llegó con el ticket le
entregue mi tarjeta de crédito antes de que Diana tuviera tiempo de abrir su
bolso. Ella quiso discutir y yo me disculpé.
–Lo que ocurre es que es un acto reflejo de tanto comer solo
–le respondí. Firmé el cupón de la tarjeta y se lo entregué a la mesera con un
billete adosado a modo de propina –. Otro acto reflejo –dije antes de que sus
protestas se formalizaran.
Salimos de Sullivan’s y la acompañé a su casa. Era un
coqueto edificio sobre la calle Serrano, nombre de Borges del otro lado de la
plaza con forma de diamante que está en la intersección de estas dos con
Honduras, dos cuadras antes de llegar a Avenida Córdoba. Entonces se produjo el
momento de la definición. O me daba el besito de las buenas noches, o me
invitaba a subir.
–Me gustó conocerte –dijo ella –, pero no soy de las que
invitan a un hombre a su casa en una primera cita.
–Me parece justo –le respondí. Entonces, me apoyó una mano
sobre el pecho mientras se ponía a distancia de un suspiro. Era media cabeza
más baja que yo con esos tacos altísimos. De pronto, me pareció que crecía.
Entonces, sus labios se encontraron con los míos para darle vida a nuestro
primer beso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

