1.

Me acosté después de volver a bajar la persiana y me quedé con los ojos
clavados sobre el techo de sombras hasta que la alarma me dijo que era hora de
levantarme. Ayer era dos de abril. Otro aniversario más de Malvinas. No sé por
qué festejamos. Será porque ellos no estuvieron allí. Ellos no perdieron
amigos. Ellos no tuvieron que matar a sus semejantes. Porque esos enemigos se
parecían bastante a nosotros.
Malvinas se quedó con Tomás y con Carlitos. Y con Enzo, que volvió a
casa, sin volver. Malvinas lo mató. No ese tiro que se pegó en la cabeza
mientras hablaba conmigo por teléfono. Nada de eso importa. Ayer fue feriado,
como lo fue también el lunes. Todo sea para que el turismo tenga su momento.
Después de desayunar encendí la compu. Al hacerlo, noté que algunas de
las luces de mi modem estaban apagadas. Entonces llamé al proveedor de cable
para quejarme y un contestador automático me informó que mi domicilio estaba en
área de corte de señal. Prendí el televisor y comprobé que tampoco tenía el
servicio de cable. Entonces encendí la radio. Puse una estación que pasaba
música, no tenía ganas de escuchar malas noticias. Pero no pude abstraerme del
mundo. La lluvia había sido tremenda. Trescientos milímetros en pocas horas.
Miles de evacuados, miles más sin luz. Me di cuenta que era afortunado. Apenas
estaba sin tele, algo que algunos pueden considerar saludable.
Quise viajar en subte a la radio, pero estaban interrumpidos. Entonces
me tomé un taxi. No me gustan los taxis, pero no podía llegar tarde en un día
feriado. No era justo para mis compañeros de radio. En el camino, la imagen de
Camila me acompañó todo el tiempo. Hacía tiempo que me había convencido de que
ella había desaparecido para siempre después de que nos separamos. San Bernardo
había sido el escenario de nuestro adiós. Ella se fue al sur y nunca más supe
de ella.
Hasta ayer.
2.
Desde mi regreso a Argentina en el 2002 pasaron muchas cosas. Después de
la renuncia de De La Rúa el 21 de diciembre de 2001 le sucedieron cuatro
presidentes en dos semanas. Ramón Puerta duró dos días en el cargo, Adolfo
Rodríguez Saa una semana y Eduardo Camaño tres días. El 2 de enero de 2002
asumió Eduardo Duhalde, quién finalmente tomó el timón del país para lograr
estabilizarlo. Dicen que él fue el que inició el problema, movilizando a su
gente para generar el clima de conmoción interior. Dicen que él controlaba la
droga que entraba al país y muchas cosas más. Yo nunca vi pruebas concretas de
nada. De hecho, nunca fue procesado por la Justicia. Eso no quita sospechas
sobre el hombre, porque en un país como el nuestro, la justicia es muy
relativa.
Durante un año y medio permaneció en el cargo presidencial. Asumió dos
compromisos, convocar a elecciones para que un presidente electo asumiera el
cargo el 25 de mayo de 2003 y no presentarse como candidato presidencial a las
mismas.
Candidatos no faltaron. Menem quiso resucitar y no le fue mal. En
primera vuelta salió primero, algo que muchos se olvidan. Pero el caudal de
votos que obtuvo no alcanzó para tener un tercer mandato. Tuvo que competir en
segunda vuelta con Néstor Kirchner, pero antes de realizarse los comicios entre
estos dos candidatos, Menem decidió renunciar a su candidatura, motivo por el
cual Kirchner resultó electo Presidente de la Nación con apenas un 22% de los
votos. Lo curioso es que entre los dos, en la primera vuelta, no llegaban al
50% de los sufragios emitidos.
Duhalde le entregó a su sucesor un país con problemas pero bastante más
ordenado. El país comenzó a crecer a partir de una economía que recibía
millones de dólares gracias a un mercado internacional favorable para la
producción agropecuaria. Kirchner retuvo a Roberto Lavagna, Ministro de
Economía de su antecesor, en su cargo y todo parecía que iba a mejorar.
Entonces, el 30 de diciembre de 2004 ocurrió una gran tragedia Nacional.
Esa noche me tocaba trabajar en la radio. Estaba haciendo mi programa cuando
llega la noticia. Un local llamado República de Cromagnón se había incendiado.
Las escenas que recuerdo haber visto en un primer momento eran de corridas, de
gente cubierta de hollín, con la cara tapada con remeras para protegerse las
vías respiratorias. Sirenas de ambulancias aullando sin parar, médicos
desesperados por atender a todos los que se presentaban, los hospitales que
colapsaban.

– ¿Se van a portar bien? –preguntó el cantante de la banda antes de
empezar a tocar la primera canción. Lo preguntó dos veces y en ambas
oportunidades la multitud contestó que sí. A partir de ese último sí,
transcurrieron apenas dos minutos y medio antes de que se desate el infierno.
Desde el estudio de radio observaba el monitor sintonizado en un canal
de noticias sin poder decir palabra. No podía creer que algo así pudiera estar
ocurriendo. Se hablaba de un centenar de muertos. De cientos de heridos. Todo
fue poco. Ciento noventa y cuatro víctimas fatales y mil quinientos heridos,
muchos de ellos con secuelas que los acompañarán toda la vida. Mil quinientos
heridos en un local en el que debería haber mil habla de la corrupción de un sistema
que permitía a los empresarios hacer lo que quisieran.
Mucho ocurrió después de Cromagnon. Aníbal Ibarra fue destituido en su
cargo de Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Bomberos, empresarios
e, incluso, los directivos del servicio del Servicio de Asistencia Médica de
Emergencia de la Ciudad fueron procesados. Algunos obtuvieron condenas.
Lo que siguió fue una campaña de clausuras e intimaciones de mejoras que
alcanzó a escuelas, comercios de todo tipo. Pintura ignífuga, materiales
prohibidos y muchas medidas más tendientes a evitar nuevas tragedias. No es que
me queje por ello, el problema es que tuvieron que morir 194 personas para que
esto ocurriera.
Sin embargo, esta tragedia no fue la primera de su tipo. Diez años
antes, una disco llamada Kheyvis se incendió dejando un saldo de 17 muertos y
24 heridos. Se ve que la magnitud de este incendio no alcanzó para que se
activen las medidas del día después. Porque nunca se toman medidas antes en
este país, siempre son para que no se repita la desgracia.
Hoy, el foco está puesto en la ciudad de La Plata. Cincuenta muertos por
lluvia. Parece increíble, pero es así. Porque todo esto ocurrió porque llovió
demasiado.
Cuando volví a mi país lo hice con la esperanza de encontrar mi rumbo.
Lo busqué en España y en los Estados Unidos, sin embargo, en cada lugar que
viví fuera de Argentina no me hallaba a mí mismo. Aquí me siento en casa, con
mis recuerdos, con mi historia, con mi herencia espiritual.
Creo que esta en mí ser un disconforme. No puedo evitarlo. Pero tampoco
me la hacen fácil para que sea de otro modo. Cromagnon me dejó una marca
indeleble. Como me la dejó Malvinas y la muerte de Enzo. Como me la dejó mi
vieja, con su dolor por no saber qué había ocurrido con Gabriel, mi hermano,
después de que un día decidió irse a luchar con los montoneros. Cromagnon fue
un hito que cambió muchas cosas en esta ciudad, que cambió a mucha gente y
durante mucho tiempo no pude pensar en otra cosa que en la gente que había
muerto en lo que, para ellos, debía ser una fiesta. Jóvenes con sueños de amor,
familias con niños, padres, madres, hijos. Todos envueltos en un infierno de
humo y fuego.
Cada tanto paso por la calle Bartolomé Mitre, donde hoy un monumento
hecho por la gente recuerda a los caídos del Rock. Siempre leo los nombres
inscriptos en el muro. Es una forma de rendirles tributo, una forma de orar por
sus almas. Cada nombre es una plegaria. Y un deseo para que estas tragedias no
se repitan.
Ayer pasé por allí, a la salida de la radio. Recorrí el lugar, leí los
nombres en voz baja y enfilé hacia Rivadavia para tomarme el 151 que me
llevaría de vuelta a casa. Mientras me acercaba a la parada, vi una figura que
esperaba en el colectivo. La luz difusa de la noche no permitía verla con
detalle, pero al acercarme sus rasgos se me hicieron familiares. Ella se subió
a un colectivo antes de que pudiera llegar a ver su rostro con claridad. Yo me
subí al 151 que venía detrás. Me senté en el asiento del fondo y traté de
reconstruir su rostro. Pero no podía. Las imágenes del pasado se superponían
con aquella foto endeble que mis ojos habían registrado minutos antes.
Quizá mi deseo me haga ver visiones. Quizá ella haya sido ese fantasma
que me ha perseguido durante tanto tiempo. Quizá sea ella. Mi Camila. Mi
Rosaura. Aquella que me robó el corazón una noche de verano. Quizá sea hora de
que me lo devuelva.
3.
Si naciste un 29 de marzo, como yo, seguramente tu cumpleaños caerá en
Pascuas cada tres o cuatro años. Este año, mi cumpleaños cayó en Viernes Santo.
Nunca tuvimos una fuerte tradición religiosa en nuestra familia, pero
las Pascuas son fechas en las cuales nos acordamos que alguna vez fuimos
bautizados en la fe católica. Lo cierto es que esto es más fuerte en el caso de
mis tías Lidia y Susana, las que, quizá porque ya están entradas en años –Lidia
tiene 74 y Susana 68 –, se han acostumbrado a cumplir con los ritos religiosos
con mayor puntualidad. Van a la misa de las 10 todos los domingos en la
parroquia de Jesús en el Huerto de los Olivos y se confiesan puntualmente cada
dos viernes. Incluso han tratado de convencerme de que las acompañe cada
domingo. Gabriel pone la excusa de que tiene que atender el negocio, pero
Nancy, su mujer, las acompaña junto con mis sobrinos.
Gabriel se casó en el 2005. Cuando me lo dijo, un año antes, no podía
creerlo. En ese momento él tenía 47 años y me presentó a Nancy, una joven
contadora de 29 años que trabajaba en el estudio contable que llevaba los
libros de los negocios. Primero pensé mal, que Nancy era una viva que había
visto la billetera gorda de mi hermano y que había decidido hacerla suya. Pero
apenas la conocí me di cuenta de que no era así. Gabriel había tenido la suerte
de que una bella mujer se había enamorado de él vaya a saber por qué. No tuve
duda de que su amor por mi hermano era sincero y de que iban a ser felices.
No pasaron seis meses desde la gran boda antes de que la noticia del
primer embarazo llegara y al cabo de un año del parto de mi sobrino Elías quedó
nuevamente embarazada, esta vez de una niña a la pusieron Marcia.
La presencia de mis sobrinos hizo que me habituara a ir a almorzar todos
los domingos a comer a la casa de mi hermano con mi familia. Nancy cedía el
control de su cocina a mis tías, las que se encargaban de preparar abundantes
platos de pastas mientras ella se ocupaba de atendernos, lo que significaba
abrir una botella de vino, cortar queso Mar del Plata en dados, salamín picado
fino en rodajas y aceitunas endiabladas. A veces, Gabriel tomaba el toro por
las astas y prendía el fuego en la parrilla para preparar unas tiras de asado,
vacío o matambrito de cerdo. Pese a que teníamos el restaurante junto a la
panadería, nunca comíamos allí los domingos, porque la casa de mi hermano nos
daba una intimidad que en un lugar público era imposible tener.
El Viernes Santo del año 2013 fue mi cumpleaños cincuenta. Medio siglo
sobre esta tierra no eran, según mis tías, motivo para desdeñar las prácticas
de ayuno y abstinencia que la fiesta religiosa mandaba, pero mi hermano y su
mujer las convencieron de que, al menos, nos juntáramos a tomar un té y
compartir una torta en mi honor.
Entre los temas de conversación no pudo faltar la homilía dada por el
Papa Francisco más temprano ese día. La noticia de que un Cardenal argentino
había sido electo Papa había sacudido a la Argentina. Reacciones de todo tipo
aparecieron de inmediato en las redes sociales. Desde una fría carta de la
Presidente de la Nación a muestras de alegría que, en un punto, parecían
exageradas. Tampoco faltaron las acusaciones de los grupos más extremos que
obligaron a personalidades como Adolfo Pérez Esquivel a salir en su defensa. Yo
era muy chico cuando todo eso pasó y no puedo dar testimonio de lo que sucedió.
Sin embargo, sé muy bien que de la misma manera que había sacerdotes que tuvieron
una cuota de complicidad con los militares que nos gobernaron entre 1976 y
1983, también sé que hubo muchos que arriesgaron el cuello por aquellos que
fueron objeto de persecución por la dictadura militar, lo que a muchos les
costó la vida. En Argentina siempre se tiende a parcializar las cosas para
peor. Un sacerdote comete abuso sexual de menores y la Iglesia es un club de
pedófilos. Yo no tengo simpatía por los curas en general, como tampoco la tengo
por los políticos. Tengo simpatía por personas concretas a las que conozco y de
la que puedo dar testimonio de su obra. Como aquél sacerdote que vive en las
villas y lucha contra el narcotráfico o el otro que trabaja en el Hospital
Tornú dando alivio a los enfermos que están solos, ayudando a conseguir
alojamiento a sus familiares de pocos recursos para que puedan acompañarlos en
su dolor.
Volviendo al tema, el viernes finalmente nos reunimos en la casa de mi
hermano a las cinco de la tarde. Tomamos té con facturas y soplé las velitas
que ardían sobre una torta de chocolate con crema. En realidad lo hizo Marcia
con ayuda de Elías, ya que a ellos les entusiasma más la idea del cumpleaños
que a mí. Mi hermano me regaló algo que nunca quise tener, un teléfono celular
y cargado en él estaba el número de una amiga de Nancy a la que debía llamar.
Nancy fue muy insistente en este punto.
Elías se apoderó del aparato apenas lo encendí y comenzó a darme clases
sobre cómo utilizarlo mientras que Marcia, colgada de mi espalda, no dejaba de
preguntarme qué jueguitos tenía el teléfono. Me sorprende la habilidad de los
pequeños para aprender cosas a las que uno parece rehusarse. A mis ocho años,
allá por 1971, apenas si sabía encender el televisor y darle vuelta al dial
para cambiar de canal. Sólo había cinco canales en aquella época, pero se veían
tres. El dos, hoy Amércia, se emitía desde La Plata, así que a Olivos no
llegaba, y el nueve tenía señal si no soplaba mucho el viento. Así que
estábamos relegados a ver canal siete, que luego fue ATC para volver a convertirse
años más tarde en canal siete, canal once, hoy TELEFE, y el trece. Tampoco era
que había mucho para ver. Prefería más salir con mis amigos a andar en bici por
el barrio o a patear la pelota en algún potrero. Elías jamás ha estado solo con
sus amigos en la calle. Si quiere andar en bicicleta, va con su familia a la
costanera de Olivos, a la cual llegan en auto. Juega al fútbol en la escuelita
en la que lo inscriben cada año. O en la consola de videojuegos que le regaló
Papá Noel en las últimas Navidades.
A las siete y media de la tarde mis tías le pidieron a Gabriel que las
acerque a la parroquia porque a las ocho era el Vía Crucis, y no querían llegar
tarde. Pese a que Susana se la pasa todo el día en la panadería y Lidia en el
restaurante controlando que todo funcione bien, no pueden caminar las siete
cuadras que separan a la parroquia de la casa de Gabriel. Yo aproveché para
despedirme también y me fui caminando despacio por Pelliza hasta Maipú, donde
pensaba tomarme el 152 hacia la Capital.
Mientras viajaba a casa, saqué el regalo del bolsillo de mi saco y lo
examiné. Había una docena de números cargados. Los celulares de Gabriel y de
Nancy, el de su casa, el de la casa de mis tías, dos de la panadería y uno del restaurante.
Bomberos, policía, emergencias médicas y correo de voz y un número más.
El de Diana Falco.
Me quedé contemplando la combinación numérica que mostraba la pantalla.
La suma de ellos daba un número par. Pareja es una palabra que tiene como raíz la
palabra par. Igual o semejante. Liso y llano. Compañero o compañera en los
bailes. Conjunto de dos personas o animales que tienen entre sí alguna
correlación o semejanza. Cada una de estas personas o animales en relación a la
otra. El diccionario puede ser muy útil para confundirlo a uno.
¿Qué correlación o semejanza podía tener con una mujer que no había
visto jamás? Imposible saberlo. Al menos, mientras no la conociera.
Miraba el número mientras pensaba en una excusa para no llamarla. Pero
sabía que iba a ser algo inevitable. Nancy tuvo la gentileza de mostrarme una
foto suya en el Facebook y no podía argumentar que no era lo suficientemente
bella. Abogada, 31 años, nacida en el mes de julio de 1981 en Rosario. Hincha
de Rosario Central, le gustan los perros y sale a correr todas las mañanas. Lo
cierto es que yo sabía que si no la llamaba, Nancy me iba a castigar con su
cháchara hasta que lo hiciera. Esto es como ir al dentista, va a ser una
tortura, ¿para qué entonces aguantarse el dolor de muelas durante un mes? Así
que apreté el botón llamar y me puse el artefacto en la oreja izquierda.
– ¿Hola? –dijo una voz dulce después de tres repiques.
– ¿Hablo con Diana?
–Sí, ¿quién habla?
–Soy Matías Robledo…
–El cuñado de Nancy.
–Sí, soy yo.
–Nancy me dijo que podías llamar.
–Sí, seguro te dijo que te iba a llamar, porque ya sabemos cómo es
Nancy.
–No sé muy bien a qué te referís.
–Nada, no suelo hacer esto.
– ¿Hablar por teléfono?
–Llamar a mujeres que no conozco.
–Ah, ¿entonces?
–Si querés, mañana podemos tomar un café.
–Podríamos.
– ¿Por qué barrio vivís?
–Por Palermo, cerca de Plaza Serrano.
–Cerca de ahí está Sullivan’s, en Borges y El Salvador.
–Sí, lo conozco. Después te mando un texto con mi dirección y me pasás a
buscar. ¿Te parece a las seis?
–A las seis me parece bien.
–Bueno, te mando un beso. Nos vemos.
–Chau –dije antes de cortar. Levanté los ojos y vi que el colectivo
estaba en Congreso y Cabildo. Guardé el teléfono y me levanté del asiento para
tocar el timbre y bajar en la siguiente parada. De pronto, me di cuenta de que
estaba nervioso por tener una cita.
Qué boludo.
4.

Cuando terminé miré la hora en mi viejo reloj de pulsera y
comprobé que eran las dos de la tarde. Revisé el celular otra vez para ver si
estaba encendido y si había llegado el mensaje de Diana, pero nada. Entonces
decidí que lo mejor que podía hacer era salir a dar una vuelta. El clima era
agradable, el cielo estaba despejado y una caminata me iba a ayudar a calmar
mis ansiedades.
Salí de casa y enfilé mis pasos hacia Avenida Cabildo.
Caminé hacia el sur por la Avenida hasta llegar a Juramento y decidí meterme en
la librería que estaba en la esquina. Allí me puse a revisar los volúmenes que
había a disposición del público. La última de Pérez Reverte, una antología de
Asimov, las 50 sombras de Gris. Nada parecía atraerme lo suficiente. Entonces,
entre las pilas de libros inmensos, encontré un ejemplar perdido de “El lápiz
del Carpintero”, un libro que me habían prestado hace menos de una década y más
que un lustro. Pequeño y compacto, pero bien jugoso, como esas uvas rojas que
se comen al final del verano. Era un libro que tenía varios años de
circulación, pero que yo nunca había visto. Fue un amigo Gastón Terrero, que
había regresado de Roma con una deliciosa botella de Chianti que me trajo de
contrabando en su equipaje de mano, quién me lo prestó. Lo leí en una tarde de
domingo lluvioso en la que simplemente no tenía ganas de mojarme para tomar el
colectivo hacia Olivos. Lo leí sentado en mi sillón de lectura, con la botella
de Chianti abierta sobre la mesa y la copa siempre llena. Al menos, mientras
hubo cómo reponer lo que me tomaba. Al terminarlo, estaba más ebrio por la
lectura que por la bebida y me dije que tenía que comprarme un ejemplar para
mí. Fui a la librería el lunes, pero no lo tenían en existencia. Entonces,
intenté quedarme con la copia de Gastón, pero él es muy quisquilloso respecto
de sus libros. Dicen que sólo los boludos prestan libros, pero los más boludos
los que los devuelven. No tengo dudas de que yo soy un gran boludo. La vida me
compensó un poco por mi boludez ese Sábado de Gloria. Tenía una cita con una
mujer hermosa y un ejemplar nuevo de “El Lápiz del Carpintero” para nutrir mi
biblioteca.
Al salir de la librería, mi celular sonó. Lo saqué de mi
bolsillo y vi que tenía un mensaje de texto de Diana.
“No pases por casa, te
encuentro directo en el bar. Pasame tu face, así te puedo reconocer.”
Con gran torpeza por mi inexperiencia, le escribí un mensaje
declarándome culpable de un gran pecado.
“Perdón, pero no tengo
cuenta en facebook. Me vas a reconocer porque estoy con un jean celeste, una
camisa fondo blanco cuadriculada con rayas finitas verdes y en mis manos tengo
un ejemplar de el lápiz del carpintero.”
Antes de enviarlo, me di cuenta que el mensaje era demasiado
largo. Además, si bien era difícil, no era imposible que en ese bar hubiera
otro hombre vestido como yo. Al fin y al cabo, era un pub irlandés y ellos
tienen fascinación por el verde. Así que lo borré y redacté otro más breve.
“Yo voy a llegar
temprano. Llamame en cuanto entres al pub.”
El teléfono me decía que eran las tres y media de la tarde.
Con el apuro por estar presentable, me había olvidado de almorzar y el estómago
me estaba pasando factura. Me sumergí en las fauces de la red subterránea de la
ciudad y abordé una formación que transitaba hacia el centro. Cinco estaciones
más tarde, bajé del tren y subí por las escaleras mecánicas hasta la calle
donde escruté la situación bajo la atenta mirada de Giuseppe Garibaldi, que
sobre su caballo de bronce controla todo lo que ocurre en Plaza Italia. Doblé
por Borges hacia abajo y caminé derecho hasta Sullivan’s, donde ocupé una mesa
del interior junto a una ventana.
Nunca elijo las mesas de la vereda. Palermo está lleno de
boliches que tienen más mesas en la vereda que dentro del local mismo. Es
curioso, al menos para mí, ver como no hay espacio libre en las mesas de afuera
mientras que el interior está desierto. Ello pese a que las de afuera están
separadas por un cabello de ángel con anorexia y, muchas veces, en desnivel por
el estado calamitoso de las baldosas sobre las que se apoyan las mesas. Y pese
a que la superficie útil de las mesas exteriores pierde por robo contra la de
las interiores.
Pero la gente, en general, no es como yo. Yo me rijo por la
comodidad. La gente, por lo que es cool. Es mucho más cool tener una
conversación sentado en una mesa a la vista –y a los oídos –de cualquiera que
pase por la calle que hacerlo con la reserva que da el vidrio de por medio. Es
mucho más cool fumarse los vahídos de los escapes de los coches que pasan por
la calle que estar en un salón bien ventilado y con aire acondicionado. Es
mucho más cool comer bajo el rayo del sol, con la triste protección de una
sombrilla que se ha declarado incapacitada para cumplir con su labor que
disfrutar de la sombra que un techo ofrece. Sin hablar del riesgo que se corre
de que la lluvia convierta tu ensalada en sopa de verduras.
Yo no soy un tipo cool. Lo confieso. Y a mis años, soy
bastante hinchapelotas. No pierdo el decoro en afirmarlo, ni me avergüenzo por
expresar mis opiniones, como cualquiera que haya escuchado mi programa de radio
puede atestiguar.
“El Ocaso de los Dioses” nació al poco tiempo que regresé a
Buenos Aires. Yo hacía un programa para Barcelona por internet, el mismo que
hice durante el tiempo que estuve viviendo en Estados Unidos. Al regresar a
Argentina en el 2002, seguí trabajando para la emisora española, pero la
distancia me hizo perder un poco la conexión con el público catlán. Por ese
entonces, Sergio Zelaya, el propietario de una radio de Palermo, me contactó y
me ofreció un espacio en la FM que manejaba. Me dio el horario de 22 a 24 de
lunes a viernes y como era el final del día y los días les deben sus nombres a
los dioses romanos, decidí que el nombre era apropiado. Sergio me dio el visto
bueno y salimos al aire por primera vez en diciembre de 2002.
El programa es un poco un tributo al Rock. Hago entrevistas,
paso la música que me gusta y doy mi opinión sobre lo que sea. Tengo una
locutora que me asiste y que, con el tiempo, se ha convertido en una segunda
conductora del programa. Por mi estudio, ya sea en persona o por teléfono, ha
pasado casi todo aquél que ha sido parte del Rock nacional y que aún sigue con
vida. Charly, Nito Mestre, Lito Nebbia, Raúl Porcheto, Baglietto, Marilina
Ross, Calamaro, León Gieco, David Lebón, Pedro Aznar. El flaco Spinetta, que en
paz descanse. Todos pasaron por mi micrófono y de todos me llevé recuerdos
increíbles. Recuerdo cuando, entrevistando a David Lebón, le confesé que el
disco Serú Girán había sido el primer disco de rock que había escuchado en mi
vida. Le propuse que escucháramos Seminare, pero David hizo lo inesperado.
Pidió una guitarra y la tocó en vivo.
Pero el rock no es el único que ha estado presente en mi
programa. He tenido largas charlas con personajes a los que, por respeto, les
converso desde mi silencio. Como ha sido el caso de la vez en que Enrique Pinti
aceptó mi invitación al programa. No hablamos de política. Ni de actualidad.
Hablamos de lo que era hacer teatro en una época donde te cagaban a palos o
desaparecías por dar la opinión que nadie quería escuchar. Que nadie no, que
los poderosos no querían escuchar. Había muchos oídos ávidos de opiniones
libres. Muchas mentes deseosas de ideas nuevas. Mucha sangre que hervía por
hacer del mundo un mundo mejor.
Ese día era sábado y no iba a hacer mi programa. Me iba a
encontrar, sándwich tostado de jamón y queso en pan de centeno bajado con un
café con leche de por medio, con una hermosa mujer que tenía voz dulce y un
futuro incierto en mi vida.
Mientras esperaba, Manuel Rivas y su lápiz rojo me hizo
compañía. La mesera se acercó a mí en dos ocasiones, la primera le dije que no
necesitaba nada y en la segunda le dije que me trajera una cerveza. Miré mi
reloj y noté que las seis estaban a la vuelta de un cuarto de giro, con lo cual
la lectura se hizo imposible.
Cómo parecer calmo cuando la ansiedad te corroe es algo para
lo cual deben haber escrito varios libros. Lo cierto es que yo no he leído
ninguno de ellos. Llamé a la mesera, le pedí que retirara la botella de cerveza
vacía y que me trajera una botella de agua mineral. Pero enseguida reculé y
cambié mi pedido por otra cerveza y unas bandejitas para picar. Quería ir al
baño, pero no quería dejar la mesa vacía ni quería arriesgar a que alguien se
llevara mi libro. Iluso de mí. Quién iba a llevarse mi libro.
Me levanté, hice una visita relámpago a los sanitarios y
salí con las manos oliendo al jabón líquido que había a disposición de la
clientela. Entonces, el teléfono comenzó a vibrar en mi bolsillo. Lo saqué de
camino a mi mesa y atendí sin mirar la pantalla.
– ¿Hola?
–Hola, estoy casi ahí.
– ¿Diana?
–Sí, ¿mi número te aparece como número privado?
Entonces miré la pantalla y vi su nombre escrito en ella.
–No, perdoná, no estoy acostumbrado a usar estos aparatos.
–¿En serio?
–Ayer me regalaron mi primer celular –. Escuché su risa. Era
cristalina. Qué lindo es escuchar una risa cristalina –. Me senté junto a uno
de los ventanales del lado de El Salvador.
–Ok. Ya entro.
Entonces ella entró. Parecía más alta en persona que en
fotos, aunque tenía unos tacos que la levantaban varios centímetros del piso.
Llevaba el cabello en una melena corta partida al medio de la frente y con una
onda suave. Era oscuro y se veía abundante. Su físico era el ideal para mí, sin
la delgadez extrema de una modelo y con la dosis adecuada de curvas en los
puntos significativos. Vestía una camisa corta verde manzana con una musculosa amarilla
y un pantalón blanco. Sus ojos se escondían detrás de lentes oscuros, pero
apenas dio dos pasos dentro del bar se los quitó y reveló un ámbar brillante.
Su rostro era bello y armónico, quizá con una cuota de maquillaje innecesario,
en el que resaltaban unos labios delgados y una sonrisa que nacía en los ojos y
se plasmaba en los dientes impecables. Adivinó de inmediato quién era yo y se dirigió
hacia mí. Yo la esperé junto a la mesa, atento a las señales de su cuerpo para
saber cómo saludarla. Ella se inclinó para darme un beso y yo me encontré con
ella a mitad de camino.
–Hola –dijo –, otra vez.
–Hola –respondí –, dejame ayudarte con…
Acomodé su silla mientras ella se sentaba y luego volví a
ocupar mi lugar. La mesera hizo su aparición con mi cerveza y los platitos con
queso, jamón, maní y palitos salados.
– ¿Qué querés tomar? –le pregunté.
–Traeme un agua tónica –le dijo directamente a la mesera, la
que se retiró sin decir nada.
–Bueno –dije por la mera necesidad de impedir que el
silencio formara parte del encuentro –, acá estamos.
Ella sonrió –. Qué dulce, estás nervioso.
–El problema son las expectativas.
– ¿Cuáles?
–Las que otros han puesto sobre mí. Tu amiga Nancy, mi
hermano, mis tías.
– ¿Nancy ya no es más tu cuñada?
–Algo me dice que el título de amiga, en este caso, pesa más
que el parentesco.
–No, no creo. Lo que me sorprende es que te afecte tanto.
–Mi familia es muy pequeña. Siempre lo ha sido. Y la hemos
pasado difícil. Yo viví muchos años afuera y lo que más necesité en mi exilio
fueron ellos.
– ¿Exilio?
–Voluntario. Me fui porque quise irme, pero no me sentí
inmigrante mientras estuve afuera, siempre me sentí un exiliado.
– ¿Y ahora? ¿No extrañás el afuera?
–Extraño a algunos amigos que han quedado allá, pero no
extraño el lugar. No como extrañé a Buenos Aires.
–Yo viví dos años en Nueva York y fue heavy.
– ¿Por qué te fuiste?
–Fui a estudiar. Hice una maestría en Derecho Internacional
Privado. La verdad es que no me arrepiento, porque me ha abierto muchas
puertas, pero lo sufrí horrores.
–Yo viví en Boston, Madrid y Barcelona. En Boston estuve con
un amigo, en Barcelona, solo.
– ¿Fuiste a Harvard?
–No, yo no. Yo estudié letras acá. Estuve allá haciéndole el
aguante a un amigo que tenía el sueño de graduarse antes de morir.
El silencio hizo su primera aparición.
– ¿Lo logró?
–Sí, por suerte lo hizo. Después lo traje a Buenos Aires –No
pude evitar la sonrisa al recordar sus últimas palabras.
– ¿Qué? –preguntó ella.
–Nada, me acabo de acordar de lo último que me dijo.
Moribundo y todo, tenía un sentido del humor increíble.
– ¿Qué te dijo?
–No lo entenderías. Como dicen los ingleses, es un chiste
privado. Así que sos abogada.
–Sí, trabajo en un estudio de Puerto Madero.
–Estudio paquete. ¿Te explotan mucho?
–Sí, entro todos los días a las 8 y no sé cuando salgo
–dijo, y luego, como justificándose, agregó –, pero me gusta lo que hago.
–Si no fuera así, supongo que no lo harías.
–Sí –dijo –, supongo que sí.
– ¿Y qué haces cuando no estás en la oficina?
–Como, duermo, a veces me encuentro con alguien a tomar
algo. Y otras cosas que no vienen al caso.
La moza llegó con la botella de agua tónica y un vaso largo,
el que llenó a la mitad. O dejó medio vacío. Le agradecimos y se marchó con
tanto sigilo como se había aproximado. Diana tomó un sorbo y yo hice lo mismo
con mi cerveza. Luego agarré un dado de queso y me lo llevé a la boca.
–No me dejes comiendo sólo.
–Está bien, paso.
– ¿A dieta?
–Un poco.
–Yo debería ponerme a dieta, no para bajar de peso, más bien
para ordenar un poco mis hábitos alimentarios.
–Se te ve bien.
–A vos muy bien y eso no te impide estar a dieta.
El piropo entró con tanta sutileza que ni se dio cuenta de
que se había ruborizado. –Bueno –dijo –, es un poco de mantenimiento.
–Como los autos, un service cada 1500 kilómetros.
–Depende de qué tipo de service hablamos.
Ahí fui yo el que sintió el calor en sus mejillas. Ella se
rió. La charla siguió por otras dos cervezas y una pizza que compartimos cuando
dieron las ocho y ya estábamos con la mandíbula dolorida de tanto reírnos. A
eso de las nueve y media pedí la cuenta y ella quiso compartir el gasto. Le
dije que no había problema y, cuando la camarera llegó con el ticket le
entregue mi tarjeta de crédito antes de que Diana tuviera tiempo de abrir su
bolso. Ella quiso discutir y yo me disculpé.
–Lo que ocurre es que es un acto reflejo de tanto comer solo
–le respondí. Firmé el cupón de la tarjeta y se lo entregué a la mesera con un
billete adosado a modo de propina –. Otro acto reflejo –dije antes de que sus
protestas se formalizaran.
Salimos de Sullivan’s y la acompañé a su casa. Era un
coqueto edificio sobre la calle Serrano, nombre de Borges del otro lado de la
plaza con forma de diamante que está en la intersección de estas dos con
Honduras, dos cuadras antes de llegar a Avenida Córdoba. Entonces se produjo el
momento de la definición. O me daba el besito de las buenas noches, o me
invitaba a subir.
–Me gustó conocerte –dijo ella –, pero no soy de las que
invitan a un hombre a su casa en una primera cita.
–Me parece justo –le respondí. Entonces, me apoyó una mano
sobre el pecho mientras se ponía a distancia de un suspiro. Era media cabeza
más baja que yo con esos tacos altísimos. De pronto, me pareció que crecía.
Entonces, sus labios se encontraron con los míos para darle vida a nuestro
primer beso.