2.
Fidias
recibió de su amo una patada en las costillas y, de inmediato, se levantó de su
lecho. Lecho era la palabra presuntuosa que utilizaba para referirse a una pila
de heno viejo esparcida en el suelo que ocultaba bajo una manta para recostarse
de noche. No era de extrañar que utilizara palabras pretensiosas, porque Fidias
era un esclavo pretencioso.
Él
se consideraba afortunado, la formación que tenía le garantizaba que su amo no
lo utilizaría para trabajar en minas o como galeote. Sin embargo, reconocía que
podría haberle tocado un mejor amo que Máximo Bruto Léntulo. El hombre se había
vuelto rico muy joven haciéndole un favor al Dictador y, desde entonces, la Fortuna lo había
favorecido. Sus cosechas eran abundantes, nunca perdía un barco y sus
gladiadores vencían siempre. El oro parecía brotar de la tierra para él.
Fidias
siempre pensaba en cómo su suerte estaba enfrentada a la de otro hombre de mejor
fortuna y, por ello, su comida perdía sabor y todo le sabía soso.
–Fidias,
prepara todo para hacer negocios en el foro. Quizás pasemos allí todo el día.
Que Eunice te ayude –. Tras decir esto, Máximo Bruto salió apurado de la
barraca de Fidias en dirección desconocida.
Eunice.
Sólo escuchar su nombre lo ponía a caminar por las nubes. Ella había llegado a
la casa cuando tenía nueve años. Al verla por vez primera trasponer el umbral
de la casa sus miradas se cruzaron y él se enamoró perdidamente de ella. La
mantuvieron virgen hasta los catorce, por lo que durante cinco largos años tuvo
que contentarse con cortejarla con poemas que robaba a los clásicos y con
besarla sin penetrarla. Pero una vez que el amo se hubo saciado de ella,
secretamente se convirtieron en amantes.
Fidias
fue a buscar la alforja en la que llevaría las cosas que el amo podía llegar a
necesitar en el foro y luego se dirigió a la cocina. Eunice ya estaba
levantada. Había encendido el fuego y estaba colocando pedazos de carne sobre
la parrilla, previamente rociados con un poco de aceite de oliva. Las gotas de
aceite caían sobre los leños provocando pequeñas explosiones entre las llamas.
Fidias
se apoyó contra el trasero de Eunice y se frotó con fuerza. Ella le acarició el
rostro dulcemente. Él le levantó la túnica y pudo ver aquello que tanto
anhelaba. Se abrió camino hasta penetrarla delicadamente y pocos segundos más
tarde había eyaculado. Se alejó de ella. Una sonrisa burlona se dibujó en el
rostro de su amada, lo que lo llenó de vergüenza.
–Prepara
pan, vino, y algunas golosinas para el amo. Vamos a estar todo el día en el
foro –. Ella asintió sin dejar de sonreír, pero no dijo nada. Le entregó lo que
él le había pedido y siguió preparando las carnes, mientras que su amante
marchaba cabizbajo al encuentro del amo.

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