5.
La
muerte de Léntulo causó gran alboroto en la ciudad. Un respetado hombre de
negocios, primo del sobrino de un primo de Sila, asesinado a pasos del foro,
mientras sus clientes y amigos comían su comida y bebían su vino.
–
¿Adónde irá a parar esta ciudad? –era la pregunta que más se escuchaba en los
diferentes círculos de Roma.
Las
consecuencias no se hicieron esperar. Esa misma tarde, el Senado se reunió a
discutir la inseguridad que se vivía en las calles de Roma. El Cónsul, un
títere de Sila, propuso escribirle una carta al Protector de la ciudad para que
él, con su elevado criterio, les aconsejara sobre cuál era el mejor camino para
combatir la delincuencia. Algún Senador, de los más despiertos en aquella
época, apuntó que Sila no podía ser molestado con semejantes temas que, si bien
tenían su importancia, no se asemejaban con la pesada tarea de mantener la
grandeza de la República.
El
debate se hizo encarnizado, ya que los adictos al Dictador proponían que las
tropas se hicieran cargo, y los moderados proponían la creación de un cuerpo de
seguridad. Flavio Antonino Gelba sabía lo que significaban los soldados dentro
de los muros, por lo que recorría los salones más notables de la ciudad y entre
copa y copa pregonaba:
–No
debemos permitir que las legiones pasen los muros de Roma. No podemos dejar que
Sila suelte a sus siervos dentro de la ciudad. Raptos, ejecuciones sumarias y confiscación
de bienes han sido sus métodos predilectos en el pasado. No podemos permitir
que ello vuelva a ocurrir.
Aunque
inspirado y avalado por numerosos senadores, nadie se atrevía a repetir ese discurso
en público. De hecho, bastante peligroso era susurrar esas palabras en privado
ya que el Dictador tenía ojos y oídos en todas partes y su mano era implacable.
En
la sesión, el cónsul miró a Gelba a los ojos y, sabiendo lo que pensaba, quiso
ponerlo en evidencia.
–Flavio
Antonino –dijo con singular prepotencia –, parece que no deseas la intervención
de nuestro Protector. ¿Acaso tienes una propuesta mejor?
Gelba
se puso de pie y accedió al centro del Senado. Recogió su toga para no pisarla
al andar y se la acomodó en el hombro. Sus ojos recorrieron el recinto y tomó
una buena bocanada de aire antes de comenzar.
–Máximo
Bruto Léntulo era un hombre notable, todos lo sabemos. Pero su muerte no ha
sido un atentado contra nuestra amada República. Ha sido un crimen común, la
muerte de un rico en manos de un bandido. ¿Por qué perturbar al gran Sila con
estas pequeñeces? Yo digo que nuestros magistrados deben usar las herramientas
que les da la ley para perseguir y enjuiciar a los responsables de estos
delitos comunes contra nuestros ciudadanos, ya sean comunes o notables.
El
aplauso resonó en el recinto. Gelba se sentó y vio la frustración del Cónsul al
no haber podido atraparlo. Se llamó a votación, y se decidió, por una
diferencia de dos votos, que se formaría una comisión que visitaría a Sila en
su villa de Campania para obtener su consejo divino.